jueves, 18 de junio de 2009

¿Existe una moral innata?, ¿somos buenos por naturaleza?

Hagan la prueba: pongan las noticias. Se suceden informaciones de violencia, pero también habrá alguna de personas que ayudan a otras. ¿Nacemos buenos y altruistas o aprendemos a serlo? Es el eterno debate filosófico en el que ahora entra la ciencia. Sólo dos ejemplos, Rousseau en el siglo XVIII, había afirmado que el "hombre nace bueno y es la sociedad quién lo corrompe", otro filósofo Thomas Hobbes apuntaba en cambio que "el hombre es un lobo para el hombre". ¿Cómo es en realidad la naturaleza humana?, ¿somos buenos por naturaleza?

Póngase en situación: Segunda Guerra Mundial. Un grupo de judíos huye de la persecución de las SS. Tratan de buscar un escondrijo entre las ruinas de una casa semiderruida y esquivar a sus perseguidores, pero uno de los niños del grupo no deja de llorar. Si los nazis lo oyen, los matarán a todos. ¿Qué hacen? ¿Abandonan al niño? ¿Le tapan la boca hasta asfixiarlo para que no los delate con sus lloros? Piense que está en juego la vida de varias personas. ¿Qué? ¿Ninguna de las dos opciones le parece aceptable?


No se preocupe. La situación anterior es real, se produjo durante la II GuerraMundial, y es un buen ejemplo de dilema moral clásico. Usted, como la mayoría, se quedaría de brazos cruzados, paralizado por el miedo y la angustia que le causaría tener que tomar una decisión. Y, desengáñese, no sería capaz de hacerlo, a pesar de que, desde un punto de vista lógico o útil, sabe que tiene más sentido sacrificar la vida de una persona para salvar muchas. Sin embargo, infligir daño a un semejante es tan reprobable que anula nuestro pensamiento racional y nos produce una especie de repulsión natural, de rechazo. ¿Y eso por qué? Si nos habían dicho que el ser humano es un lobo para el ser humano, que somos criaturas egoístas, crueles y capaces de barbaridades. Entonces, ¿por qué incluso en situaciones que pueden ponernos en peligro seríamos incapaces de tomar esas decisiones? ¿Será porque, quizás, en el fondo, somos seres altruistas y cooperadores –buenas personas, vamos– por naturaleza? ¿O puede que sea porque nos han enseñado que matar a otra persona es horrendo e inaceptable? Quizás esta última ha sido la idea que ha imperado cientos de años, que la moral o la ética era una forma de control que desarrollamos en función de nuestra experiencia, de la educación, y que está sometida a variaciones de una sociedad a otra.





Marc D. Hauser, profesor de psicología de la Universidad de Harvard y autor del libro La mente moral, y quizás uno de los expertos más importantes en el estudio del comportamiento es el principal exponente de una nueva corriente científica que se ha aventurado en un territorio hasta ahora reservado a los filósofos: las cuestiones sobre el bien y el mal, la bondad o la maldad intrínseca del ser humano.

Este científico ha realizado experimentos con voluntarios de diferente edad, sexo, condición social, cultura y religión, a los que les preguntaba si estaría bien, por ejemplo, extraer a una persona viva sus órganos para salvar a otras cinco que necesitan un trasplante. El resultado de esos estudios era fascinante, ya que demostraba que todos compartimos una especie de principios universales, de lógica innata, que subyacen en nuestros juicios morales sobre lo correcto o incorrecto. El 97% de los entrevistados fue incapaz de matar para extirpar los órganos y de arrojar al herido al mar. ¿Sorprendido?

"Es como si nos viniera montado el hardware, que nos permite darnos cuenta de las reglas morales, y de la familia y del resto de la sociedad fuéramos recibiendo el software". Por tanto, los sentimientos de justicia o moral, o de empatía, no serían del todo culturales o aprendidos y tendrían base biológica. Hauser argumenta que las personas también nacemos con un patrón moral universal y que la cultura lo modifica y ajusta. Así, es universal que matar está mal, pero en algunas culturas la pena de muerte está aceptada.



Señala que somos humanos porque nuestros antepasados aprendieron a compartir su comida y sus habilidades en una red de compromisos que se cumplían. Si podían compadecerse ante el sufrimiento ajeno y prestar ayuda a sus congéneres, parece lógico pensar que nuestros más antiguos predecesores tenían una capacidad moral innata. La moral habría surgido para beneficiar a la especie. Otorgaba ventaja a quienes la poseían respecto de sus competidores y era una garantía para quienes formaban parte de esas comunidades. También aparece el concepto de la capacidad de correspondencia: "Yo te doy algo a ti hoy y dentro de un tiempo tú me lo darás a mí".

Resulta paradójico que el ser humano, capaz de conductas solidarias y altruistas, también pueda ser el artífice de crueldades inimaginables. Este biólogo considera que "¡Lo normal es lo que ocurre entre hutus y tutsis! Que es lo que ha pasado siempre en la historia de la humanidad. Basta ir a un museo de historia y contemplar algunos de los intrumentos de tortura para darse cuenta. Tenemos que ser muy conscientes de que hemos sido entrenados por nuestra sociedad de forma extraordinaria para que esto no ocurra". Apunta que "sólo somos morales con quienes creemos que forman parte de nuestro grupo. Que la esclavitud o el canibalismo, por ejemplo, vayan contra la naturaleza es totalmente falso. Durante 200.000 años han existido, eran algo corriente para el ser humano. Si miramos las escrituras sagradas de cualquier cultura, te dicen que seas bueno con los de tu grupo".

¿Y qué dice la neurociencia?

La neurociencia cada vez está más cerca de estimar cuantitativamente la bondad humana. Parece ser que a grandes rasgos hay un pequeño porcentaje (en torno a un 20%) de personas que siempre actúa de un modo compasivo y respetuoso con las normas. En el otro extremo, otra porción más pequeña (un 4%) que, sistemáticamente, actúa de modo antisocial y desleal, incluyendo un 1% de indivuos peligrosos. Pero lo más interesante sucede en tierra de nadie, donde nos movemos la mayoría de los mortales, ese 60-80% de personas que actúa bien o mal en función de como sople el viento. Esto es, del comportamiento del resto, de quien esté mirando o de las normas punitivas que imperen en el espacio-tiempo en el que se hallen.

La criminalidad en Nueva York se redujo de forma espectacular entre la década de los 80 (cuando los Warriors dominaban las calles) y el final de siglo XX, cuando se convirtió en una de las megaurbes más seguras del continente americano. Uno de los motivos aducidos para explicar el cambio de tendencia es la llamada ‘teoría de las ventanas rotas’, aplicada por el alcalde Rudolph Giuliani durante los 90 (amén de una política de ‘tolerancia cero’ con los delincuentes).

Según esta teoría, la gente es más propensa a comportarse de un modo incívico cuando el entorno está degradado: edificios sucios, cristales rotos, paredes repletas de pintadas… Giuliani decidió luchar con fiereza en ese frente: ordenó que cada vagón que entrara en cocheras lleno de grafitis fuera limpiado instantáneamente y devuelto a la red. Tras meses de duro pulso, los grafiteros acabaron desmoralizados y los trenes volvieron a circular impolutos por el Subway, tal y como relata Malcolm Gladwell en su libro The Tipping point.

El sociólogo holandés Kees Keizer realizó varios experimentos más de la misma índole y en todos obtuvo resultados parejos: dejó un sobre con un billete a la vista en la boca de un buzón y, dependiendo de si éste estaba limpio o sucio, o rodeado de basura, el comportamiento de la gente variaba…, salvo el del 20% ‘intachable’ y el del otro 20, siempre dispuesto a subvertir la norma.

¿Qué conclusión podemos sacar de estos experimentos? ¿Somos buenos o malos? No podemos hablar de porcentajes precisos, pero sí clarificadores. En torno a un 20% de las personas demuestra desde muy pequeñitos una tendencia a la compasión y la ayuda, mientras que, en el otro extremo, se encuentran los sinvergüenzas, desleales e incluso predadores peligrosos, los cuales no suelen pasar del 4%, porcentaje que se eleva hasta el 20 % cuando se trata de conductas más suaves.

El 60% que está en medio se mueve en función del marco normativo predominante. En otras palabras, la mayoría silenciosa actúa según sople el viento: si el entorno tiende a la colaboración, será más cooperativo; si impera la represión, moderará su tendencia a delinquir, a ensuciar o a mentir.

Si algo estamos aprendiendo hoy es que los humanos no somos como pensábamos. No somos ni especialmente buenos ni esencialmente egoístas. Saber esto es nuevo y sorprendente, y puede abrirnos caminos de investigación. En realidad, no nos conocemos.

Fuente: Yorokobu, Redes

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