sábado, 20 de junio de 2009

El paro en España bate records



La crisis está siendo desde luego más larga e intensa de lo que hubiéramos esperado cualquiera de nosotros. Ni siquiera los analistas más ecuánimes lo esperaban con tanta celeridad: la cifra de parados en España, según el cálculo que refleja la encuesta que hace el Instituto Nacional de Estadística entre cientos de miles de familias españolas, la EPA (Encuesta de Población Activa), arroja cifras alarmantes.





España cuenta ya con 4.978.300 desempleados al finalizar septiembre, 403.600 más que un año atrás (aumento del 8,8% interanual), según la Encuesta de Población Activa (EPA) del tercer trimestre. De este modo, la tasa de paro escala hasta el 21,52%, y amenaza con superar el umbral de los 5 millones de parados en los próximos meses.




Cuando comparamos los datos del paro de España respecto a nuestros vecinos europeos con similar renta per cápita nos encontramos con la desagradable sorpresa de que prácticamente les duplicamos en las cifras del paro, mientras en España un 20% de personas en edad de trabajar no tiene trabajo, en países como Portugal, Italia, Francia, Brasil, Argentina, Grecia esa cifra ni siquiera supera el 11%, ¿qué sucede en España para ser el país industrializado y supuestamente rico con mayor paro del mundo y que más empleo está destruyendo?




Datos (Noviembre 2010)

Noruega 3.5
Corea del Sur 3.7
Austria 3.9
Suiza 4.0
Holanda 4.5
Australia 5.1
Japon 5.2
Alemania 6.7
Dinamarca 6.9
Argentina 7.0
Brasil 7.3
Reino Unido 7.8
Suecia 7.8
Finlandia 7.9
Canada 7.9
Italia 8.4
Chile 8.6
Bélgica 8.9
Rusia 9.2
Polonia 9.4
Estados Unidos 9.6 (1)
Francia 10.0
Turquía 10.5
Portugal 11.0
Colombia 12.2
Irlanda 13.6
Serbia 16.1
Grecia 17.6
ESPAÑA 20.1
Sudáfrica 25.3

(1) Si se contabilizan los trabajadores de medio tiempo que quieren trabajar tiempo completo, más las personas que han dejado de buscar empleo, sería un 16,2%

¿Cómo ha sido posible? Por la conjunción de tres calamidades. Una, largamente anunciada: la rotunda caída de la promoción inmobiliaria y sus dos efectos asociados, el empleo en la construcción y la reducción del turismo residencial (sectores que usan mano de obra de poco valor añadido y poca formación tan intensivamente cuando las cosas van bien, como la destruyen cuando todo se tuerce). Segunda, los efectos demoledores para la industria española de la recesión por la que pasan los principales países que son los clientes a los que exporta. Desde multinacionales a pymes, y no pocos autónomos dependientes de su antigua empresa, han convertido en despido la caída de los pedidos. Tercera, y cada vez más determinante, la desconfianza, cuyo principal reflejo es la resistencia de las entidades financieras a prestar a las empresas para que mantengan su actividad y a las familias para que consuman.

Aunque el proceso ha tenido lugar en un periodo de tiempo relativamente corto, los motivos de este descalabro vienen de lejos. La crisis financiera internacional y el estallido de la burbuja inmobiliaria no hicieron más que dejar al descubierto las limitaciones de un sistema productivo oxidado y mucho empleo con los pies de barro. Había trabajo para todo el que quisiera trabajar, cierto, pero excesivamente temporal y de poca calidad.



Para construir unas quince viviendas comunes se necesita medio centenar de personas entre obreros, maquinistas y técnicos varios, según datos del Colegio de Aparejadores. En los años dorados del ladrillo, los que van de 2003 a 2007, en España se construían en torno a un millón de casas anualmente, lo que supone mucha gente trabajando. En concreto, según los datos de la EPA, en el segundo trimestre de 2007 se llegó a un máximo de 2,7 millones de empleados en la construcción. Ahora, con la resaca de una crisis a cuestas, en el sector ya no resisten ni 1,5 millones de personas. Y no se trata sólo de que el ajuste en el sector de la construcción no haya finalizado, sino que seguimos perdiendo empleo en todos los grandes sectores de actividad.

El empleo creado en la época de bonanza se concentró de forma más intensa que en el resto de la UE en sectores con una intensiva mano de obra, lo que permite la entrada en el mercado laboral de muchos desempleados; pero en puestos con poco valor añadido, lo que viene a significar que podían ser desempeñados por uno u otro indistintamente ya que no requieren excesiva formación. Son buenos ejemplos de ello la construcción y el turismo. Las carencias del modelo productivo español equivalían a seguir expuestos ante cualquier cambio en el ciclo económico internacional. Algo que, por cierto, llegó tal y como siempre acaba por suceder.




Resulta alarmante, cuando el país se va acercando a la crítica cifra de los cinco millones de parados y la destrucción de empresas avanza imparable, la escasa capacidad crítica de nuestros líderes políticos y económicos. Culpar de todos los males de la economía española a la crisis global es echar balones fuera y una forma poca realista de afrontar una coyuntura absolutamente desfavorable que tiene causas exógenas y endógenas. Es una forma simplista, infantil, casi pueril, de querer explicar las realidades más profundas que se esconden tras el comienzo de la agonía del agotado modelo español de crecimiento económico; más especulativo que productivo, todo hay que decirlo.

Es cierto que la mayor parte de los Estados del mundo, incluyendo a los Estados Unidos, han intervenido abiertamente en sus bancos y grandes empresas para salvarlas de una segura quiebra, pero no es menos cierto que la crisis económica de España tiene unas características bien distintas, ya que nuestro crecimiento de los últimos años estaba basado en el monocultivo del ladrillo y que, en general, nuestro sistema bancario goza de buena salud. Los problemas de la economía española atañen más a la competitividad, a su escasa proyección exterior si la comparamos con otras economías de nuestro entorno, a la rigidez de su mercado laboral y a sus altos costes laborales. El diagnóstico es distinto y las recetas, por tanto, también deben serlo.

Norte - Sur

El drama del desempleo, aunque muy grave en términos generales, varía en función de las distintas regiones españolas. Así, los territorios del sur del país presentan una tasa media del 26,5%, mientras que las del norte rondan el 16%. 



 La ciudad autónoma de Ceuta lidera la clasificación en este ámbito, con un desempleo medio del 33,2%, seguida de la comunidad autónoma de Andalucía (30,93%) y Canarias (29,5%). Todos los territorios del sur superan ampliamente el umbral del 20%. La situación mejora de forma sustancial, aunque dentro de la gravedad, en las regiones del norte de España: Navarra registra la tasa de paro más baja del país con un 11,7%, seguida del País Vasco (12,2%) y Cantabria (14,1%).








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Generado por: Actibva

Población desocupada

Y aunque el porcentaje más famoso de España ahora mismo es el 21%, el volumen de parados sobre el total de nuestra población activa. Tampoco debemos olvidar que el 41% de los españoles, estando en edad de trabajar, no trabajan. Esta ha sido la evolución de nuestros desocupados desde 2005:



Es difícil poner cara y ojos a estas cifras sin compararlas con nuestro entorno. Y al hacerlo, nos encontramos con esto:





El aumento del paro de larga duración sigue imparable, cerca de la mitad de los desempleados (un 49.3% en este último trimestre) lleva buscando empleo desde hace un año o más y una cuarta parte (un 25.6%) lo hacen desde hace dos años o más años, con la depreciación de capital humano acumulada y los problemas de empleabilidad que supone tal aumento de la duración del paro.


La cantidad de recursos inmovilizados (que son personas, lo que significa salario, bienestar, empresas no creadas) da vértigo. Así es como estamos. Lo cual da una idea aproximada de cómo podemos estar en un tiempo. Y no es bonita.

Fuente: Elaboración propia, ensilicio.com, politikon, libremercado

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