jueves, 1 de julio de 2010

La hipótesis de la abuela

En el reino animal la mayoría de las hembras permanecen fértiles hasta el momento de su muerte. En cambio, la hembra humana experimenta la menopausia, quedando estéril bastantes años antes de su muerte. Este proceso natural, que hasta ahora se creía característico y exclusivo de nuestra especie, resulta bastante paradójico y hasta incomprensible, dado que se supone que la selección natural promueve genes responsables de caracteres que aumentan el número de descendientes y no de genes que promuevan la esterilidad temprana. ¿Qué ventajas reproductivas pueden derivarse de un sistema que interrumpe tempranamente la posibilidad de reproducción?

La mayoría de animales tiene una esperanza de vida muy relacionada con su capacidad de reproducirse y es poco habitual que los cachorros lleguen a conocer a sus abuelos. En los humanos no es así.

Desde un punto de vista utilitarista, esto es poco práctico. Hay que pensar en el bien comunitario: tener individuos que consumen recursos pero no producen nada es un contratiempo que la evolución tendría que haberse encargado de eliminar para favorecer nuestra supervivencia. Pero la evolución no es tonta: si no lo ha hecho es que para algo importante sirven los viejos. ¿Cómo encajan pues en el gran esquema de la Humanidad?


En términos generales, la respuesta a este dilema se resume en que a medida que una mujer envejece el costo de producir y sacar adelante otro hijo es muy alto, y por lo tanto, le es mas económico y eficiente optar por la estrategia de incrementar el número de individuos que llevan sus genes dedicándose a cuidar a los hijos que ya tiene, a sus nietos y a sus otros parientes, en vez de producir otro hijo más. El que la selección natural haya privilegiado esta estrategia en nuestra especie se puede explicar por varios factores: uno es el largo período de dependencia parental de la cría humana, más largo que en cualquier otra especie animal, por lo que a medida que una mujer se hace mayor, es muy probable que vaya acumulando más niños, como muy pronto, y con suerte, se independizarán después de la adolescencia, por lo que cada sucesivo embarazo supone una gran inversión incrementando su desgaste, esfuerzo y riesgo por sacar adelante un hijo más.

Una investigación llevada a cabo sobre la conducta de las mujeres de diferentes edades entre los cazadores-recolectores hadza de Tanzania dejo muy claro este hecho. El estudio ponía de manifiesto que las mujeres de esta tribu que dedicaban la mayoría de su tiempo a recolectar alimento eran justamente las posmenopáusicas, además eran las que compartían el excedente de su cosecha de alimento con sus parientes cercanos, como sus nietos e hijos crecidos, favoreciendo finalmente un porcentaje de sus propios genes (“altruismo por parentesco”). Así, la supervivencia de la mujer en esta tribu, generalizable a toda nuestra especie, es importante no sólo para la supervivencia de sus propios hijos sino también para la de todos sus nietos.

El investigador Daryl Shanley de la Universidad de Newcastle analizó datos sobre los nacimientos y muertes de 5500 personas en Gambia entre 1950 y 1975 (período anterior a la llegada de la medicina moderna y, por tanto, en una situación que se aproximaba bastante a las condiciones experimentadas por las mujeres durante la evolución humana). Los datos revelan que un niño tenía una probabilidad de sobrevivir 10 veces menor si la madre moría antes de que aquel cumpliese los dos años de edad, y que un niño de entre uno y dos años de edad tenía el doble de probabilidad de sobrevivir si su abuela vivía en ese tiempo. Los otros familiares, en cambio, no parecían tener ningún efecto significativo.

Pero también existe otro factor clave en la importancia de la menopausia y del rol de nuestras abuelas. En la revista Nature se publicó un estudio de la Universidad de Turku, en Finlandia, en el que se examinaron las partidas de bautismo y defunción de Canadá y Finlandia durante los siglos XVIII y XIX. Los resultados mostraron claramente que en estas sociedades las mujeres ‘ganaron’ una media de dos nietos por cada década que sobrevivieron por encima de los cincuenta. De hecho, la presencia física de la ‘matriarca’ resultaba crucial; cuando vivía a más de 20 km de sus hijas, éstas producían un número de nietos significativamente menor que cuando la abuela vivía en el mismo pueblo. Así, no es solamente un efecto genético, que pudiera relacionar la longevidad de la abuela con la fertilidad de las hijas, sino más bien al efecto beneficioso que ejerce ella misma sobre la crianza de los nietos.



Seguramente ésta es la característica de la menopausia más interesante para nuestra especie: la hembra de mayor edad también es generalmente el individuo de mayor importancia entre los mayores para toda la tribu en las sociedades prealfabetizadas, dado su gran acumulación de conocimientos. En estas mismas tribus prealfabetizadas este conocimiento tiene muchas veces que ver, sobre todo, con las estrategias a seguir en la crianza de los niños y en caso de catástrofes y cambios ambientales inusuales.

Pero los humanos no somos la única especie que vive en grupos de animales genéticamente emparentados y cuya supervivencia depende de la sabiduría adquirida transmitida socialmente (es decir, no genéticamente) de un individuo a otro. Por ejemplo, el individuo dominante en los elefantes también es la hembra de mayor edad, quién, a su vez, también es la que posee, entre otras cosas, el mayor conocimiento en las rutas y estrategias a seguir en el caso de catástrofes y cambios ambientales inusuales. Lo interesante, y que apoya todas estas teorías, es que recientemente se ha descubierto que las hembras elefantes también tienen la menopausia, al igual que unas pocas otras especies tales como los gorilas, algunos cetáceos como las ballenas y algunos delfines (no hay información disponible para afirmar si todos los cetáceos la poseen pero, en términos generales, se asume que este podría ser el caso). Curiosamente, en los gorilas la menopausia se presenta alrededor de los 44 años, una edad bastante parecida a la humana.

Un ejemplo bien documentado dentro de los delfines es el caso de los calderones, quienes viven en escuelas de 50 a 250 individuos, de una manera muy parecida y análoga a las tribus de las sociedades tradicionales humanas de cazadores-recolectores. Estudios genéticos han mostrado que una escuela de calderones constituye una enorme familia de individuos emparentados unos con otros y, lo mas importante, que un gran porcentaje de las hembras adultas de calderones son post-menopáusicas. Las ballenas son otros de los pocos animales en los que también existe la menopausia, y se piensa que por la misma razón evolutiva que la humana, es decir, permitir que las hembras mas viejas asistan y cuiden a sus parientes. No es extraño que la ballena sea menopáusica, ya que son el mamífero más longevo. Se creía que su esperanza de vida era de unos 60 a 70 años, pero recientemente se ha descubierto una ballena de Groenlandia viva que en su cuerpo aún tenía clavadas antiguas puntas de arpones que, dada su fecha de fabricación, estimaban su edad en unos 115 y 130 años.



Hay un hecho claro: todas las especies de cetáceos en las que se conoce la menopausia, o que podrían tenerla, tienen sistemas sociales matrilineales o matriarcales en el sentido de que todas las hijas permanecen junto a sus madres mientras éstas estén vivas. De forma similar a las abuelas humanas, las abuelas ballenas poseen experiencias que seguro benefician a sus hijas y a los demás miembros de sus líneas matrilineales (rutas de migración, disponibilidad de alimento, tipos de alimento que vale la pena consumir, peligros y enemigos naturales, etc). La importancia y el valor de esta información pueden explicar por qué las hembras de estas especies viven más de un tercio de sus vidas como miembros post reproductivos dentro de su grupo social. El beneficio que aporta para los animales emparentados, hijas o nietas directas, hermanas sobrinas y primas, el hecho de tener una hembra vieja ayudando al grupo, termina siendo mayor que el que tendría continuar pariendo y criando más hijos, dado el peligro que para la madre ballena conlleva parir y criar sus hijos, sobre todo al aumentar su edad.

Y es que en todo sentido le debemos gran parte de nuestra vida biológica y socio-cultural a nuestras abuelas, al igual que los elefantes, los gorilas, los delfines y las ballenas se la deben a las suyas.

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