viernes, 30 de julio de 2010

Enfermos de estatus

La administración pública británica es, sin duda, uno de los ambientes más sosegados que se puedan imaginar. Sin embargo, en los años 60, una serie de estudios reveló que ese entono no difería, en algunos aspectos, de la estructura social de una manada de primates.

La sorprendente conclusión era la siguiente; para los funcionarios del escalafón más bajo de la jerarquía administrativa, el riesgo de muerte era cuatro veces mayor que el de los de arriba del todo. Michael Marmot, el profesor de Salud Pública de la Universidad de Londres que condujo los estudios, no podía creer a sus ojos cuando vio estos resultados. El sueldo del más ínfimo de los funcionarios era más que suficiente para garantizar una espléndida cobertura médica y unas comodidades de lujo. ¿Por qué tenía mas probabilidades de caer enfermo y morir? Además, ¿no se suponía que eran los altos cargos los más vulnerables a la enfermedad, debido a sus estresantes responsabilidades?


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Marmott comprobó que el efecto se extrapolaba a toda la jerarquía administrativa, distribuyéndose de forma escalonada. No sólo las categorías inferiores tenían peor salud que las superiores, sino que los funcionarios de la segunda posición tenían peor salud que los de tercera, y así sucesivamente. Se descubrió que existía un verdadero “síndrome del estatus”, que vinculaba estrechamente salud y posición de poder.

Esta sorprendente correlación entre estatus y salud podría ser interpretada de dos maneras antagónicas, en principio. ¿Es el estatus el que determina la salud? ¿O sucede más bien lo contrario, es decir, que quien tiene de entrada los mejores genes y la mejor salud tiende a subir por los peldaños de la escalera social, mientras que quien tiene una tendencia innata a enfermar, se queda abajo, en los puestos inferiores?

No hace falta que le demos muchas vueltas a esta cuestión. Los científicos ya saben la respuesta. La segunda interpretación fue descartada hace tiempo gracias a una serie de experimentos con primates, muchos de ellos inspirados por el prestigioso investigador Robert Sapolsky, profesor de neurociencias de la Universidad de Stanfor. Esta conclusión se puede extrapolar a cualquier animal social. Entre ellos, naturalmente, los humanos.

¿Pero qué es o que hace que el estatus social influencie tanto en la salud? ¿Por qué los que están por encima son, en principio, más sanos? La respuesta más inmediata que nos viene a la cabeza, al menos en el caso de los humanos, es que “estatus” quiere decir “dinero”. Es decir, que sería la mayor o menor pobreza la que determinaría el bienestar. Pero esto es cierto sólo en parte. En los países más pobres, por ejemplo los de Africa Subsahariana, se ha comprobado que cualquier incremento de riqueza – por ejemplo, la subida del PIB per cápita- se refleja directamente en una mejora en las condiciones de salud del ciudadano promedio. Sin embargo, esta correlación desaparece en los países que están por encima del umbral de la miseria . Por ejemplo, en los últimos 50 años ha aumentado el PIB de la mayoría de los países occidentales, pero esto no siempre se ha convertido en una mejora de salud. Al contrario, hay países más ricos con condiciones de salud peores.



Es más, si se comparan países como Portugal o Grecia con EE. UU. Que tienen el doble de su renta nacional per cápita, resulta que , aunque parezca un hecho contradictorio, la esperanza de vida es superior en los primeros. Un afroamericano de EE.UU. tiene, en promedio, una renta superior a un español. Sin embargo , su esperanza de vida es casi de diez años menos. Y esto no afecta sólo a los pobres. Una persona de clase alta en EE. UU. Tiene condiciones de salud parecidas o incluso peores a las de una persona de clase baja de Suecia. Estos hechos se explican si el estado de salud y la esperanza de vida se ponen en relación no con la renta promedio de un país, sino con su desigualdad de renta. En este caso, la correlación es clarísima. Cuanto más desigual es un país, peores son sus indicadores de salud. Estamos a vueltas con el estatus: no cuenta lo que tienes, sino tu posición en la sociedad. En un país más igualitario, las diferencias de posición se acusan menos que en uno de mayor desigualdad social.

Por tanto, según las investigaciones más recientes, el estatus no está relacionado con la renta, sino con el estrés. Lo que verdaderamente mide el nivel social es cuánto control ejerce una persona sobre su vida, su grado de autonomía su capacidad de vida, su grado de autonomía, su capacidad de vivir una vida que sea satisfactoria. Para alguien que vivía hace cien años en una sociedad en la que nadie tenía un automóvil no tener uno no era importante. En cambio, en una sociedad que depende del automóvil para el transporte, carecer de uno te coloca en una situación desfavorecida. Y eso puede tener implicaciones en términos de salud, tal y como se indicaba anteriormente.

Esto explica también la longevidad de los ejecutivos respecto a los obreros. Una persona que trabaja en una cadena de montaje apenas tiene control sobre su trabajo, mientras que un alto directivo tiene la conducción de su vida mayoritariamente en sus manos. En otras palabras, no se trata de ser pobre sino de “sentirse pobre”. Sea lo que sea lo que tengo hoy, incluso si tengo dinero y recursos, ¿me lo pueden arrebatar mañana? ¿Acaso no tengo control sobre lo que sucede?. La pobreza no sólo tiene que ver con el dinero, sino con el estado psicológico de impotencia.

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