viernes, 23 de julio de 2010

Aquella vez en qué no fuimos muchos más de mil...


En el corazón de cada una de nuestras células, de lo que somos, acecha un misterio inquietante. El estudio del ADN mitocondrial –que se transfiere de madres a hijas desde el principio de la reproducción sexuada– ha establecido repetidamente que todos nosotros, tú y yo, estamos emparentados con una misma hembra homo sapiens que vivió en África hace entre 140.000 y 200.000 años: la llamada Eva mitocondrial. Esto se pudo determinar gracias a que el ADN mitocondrial acumula mutaciones capaces de transferirse a la siguiente generación una vez cada 3.264 años aproximadamente. Contando el número de mutaciones que separan a los humanos más distantes genéticamente entre sí, fue posible establecer esta datación.

No sólo eso. El estudio del cromosoma Y –que se transfiere de padres a hijos– ha permitido descubrir también que hace entre 60.000 y 90.000 años vivió también en África un cierto Adán cromosómico-Y, con el que todos estamos igualmente emparentados. La técnica del reloj molecular es determinante para conocer estas fechas.

Hay mucha gente que ha oído campanas sobre este asunto, pero con frecuencia de forma distorsionada. Por ejemplo: en contra de lo que muchos creen, esto no significa que Eva mitocondrial fuera la única hembra que vivió en su momento, como tampoco Adán cromosómico-Y fue el único macho de su tiempo; ni se puede afirmar que ambos coincidieran en el tiempo: les separan de 60.000 a 140.000 años . Lo que sí significa es que todos estamos emparentados al menos a través de ellos, y para que pudiera darse un caso así, tuvimos que ser muy pocos en esos momentos. Muy, muy pocos. Menos de quince mil.

Según algunos autores, poco más de mil, de los cuales la mayor parte serían niños. Eso quiere decir que al menos en dos ocasiones habríamos debido estar en la lista roja como especie en peligro de extinción. Si hubiera habido algún observador externo en esos momentos, es muy posible que la enorme dificultad de encontrar alguna pareja humana sobre la faz de este mundo le hubiese conducido a pensar que estábamos en peligro crítico o, simplemente, extinguidos.

Este fenómeno de coalescencia genética se puede observar muy bien en la actualidad gracias al estudio de especies que estuvieron recientemente en peligro de desaparecer, como el bisonte europeo, el elefante marino del norte, el guepardo o el hámster dorado. Incluso se puede estudiar en los animales domésticos de pura raza, a quienes los criadores inducen un cuello de botella genético artificial por el método de cruzarlos únicamente con otras parejas de similar pedigrí.

Quedan ahora unos 25.000 gorilas con capacidad reproductora y unos 21.000 chimpancés en la misma situación. A estos otros primates ya los consideramos en peligro de extinción, por tanto, nuestros antepasados de hace 1,2 millones de años también lo estarían.

Los humanos actuales se parecen muchísimo entre sí, al menos a nivel genético, en comparación con otros primates. Si se comparan dos personas cualesquiera de rincones opuestos del planeta sus genomas serán mucho más similares que los de cualquier par de chimpancés, gorilas u otro simio de poblaciones diferentes. Nuestros antepasados perdieron mucha de su diversidad genética en dos cuellos de botella dramáticos que diezmaron terriblemente la población de humanos en el momento en el que salía de África, hace entre 50.000 y 60.000 años.

Se sabe desde los años 90 del siglo pasado que los africanos son el grupo más diverso genéticamente del mundo. Los humanos no africanos carecen de muchas variantes genéticas que se encuentran sólo en africanos y, llamativamente, cuanto más lejos de África vive un grupo, menos diversidad tiene en sus genes y en sus rasgos morfológicos, incluyendo la forma del cráneo.

En resumen: que, según estos indicios y otros más, hubo dos veces en que fuimos muy poquitos: un grupo o algunos minúsculos grupos interconectados vagando por los bosques africanos en un intento desesperado de sobrevivir. Quien hubiera observado entonces a aquellas lamentables criaturas difícilmente habría podido imaginar que, unos milenios después, sus descendientes tendrían problemas de sobrepoblación en un mundo plagado de ellas por todas partes.

Eva mitocondrial nos es de utilidad –entre otras muchas cosas, bastantes de ellas con interesantes aplicaciones en medicina genética– para ubicar y poner fecha al momento y lugar aproximados en que el homo sapiens sapiens surgió en el planeta Tierra. Adán cromosómico-Y nos cuenta un relato distinto: el de aquella otra vez en que casi nos fuimos de aquí. Pero, ¿por qué?

La hipótesis Toba.


Hace entre 700 y 750 siglos, la Caldera de Toba (que actualmente se halla en la Isla de Sumatra, Indonesia) estalló en la erupción volcánica más poderosa de los últimos dos millones de años. Liberó un gigatón de energía (aproximadamente la mitad que todas las armas nucleares existentes en la actualidad, juntas) y propulsó a los cielos materia suficiente para cubrir toda Indonesia y partes de Malasia con seis metros de cenizas o más y el subcontinente indio entero, con quince centímetros. Entre otras cosas, emitió a la atmósfera cien millones de toneladas de ácido sulfúrico, provocando una lluvia ácida masiva.

Para que nos hagamos una idea, la erupción volcánica más potente de los tiempos históricos –la del Tambora, no muy lejos de allí, en 1815– fue unas diez veces más pequeña, y aún así provocó graves efectos climatológicos. Este fue el año sin verano debido a que los gases y cenizas taparon la radiación solar por todo el mundo, provocando pésimas cosechas y la muerte de mucho ganado por la pérdida de los pastos, lo que causó la peor hambruna del siglo XIX en Europa, Norteamérica, China y otros muchos lugares.

La hipótesis Toba vincula la explosión de este volcán con una gran mortandad de aquellos humanos primitivos que pudo empujarnos al borde de la extinción hace de 70.000 a 75.000 años, precisamente en los tiempos del Adán cromosómico-Y. Según este análisis, aquella erupción volcánica pudo dejarnos durante varios años compitiendo por unos escasos restos de comida con el resto de animales, con los corredores ecológicos dislocados, ateridos de frío entre la bruma y las tinieblas; una situación análoga a la que produciría una guerra termonuclear total a pequeña escala, aunque sin radiactividad. Cualquiera diría que, realmente, se pareció mucho a un evento ligado a la extinción.

El largo cuello de botella.

Otros autores, en cambio, opinan que el suceso de Toba no fue más que la puntilla en un largo proceso de alta presión evolutiva que afectó al homo sapiens sapiens y sus inmediatos ancestros durante una buena parte de su existencia. El número de fósiles humanos durante los primeros 100.000 años que pasamos aquí es francamente reducido, muy distinto de lo que cabría esperar en una especie que ha demostrado sobradamente su capacidad de reproducirse más allá de la sensatez. Los rápidos cambios que condujeron desde los primeros homo erectus al humano moderno nos hablan también de una evolución acelerada, lo que sería compatible con un entorno muy hostil que exigía constantes adaptaciones al medio.

Los estudios paleoclimáticos apuntan a que África sufrió una serie de sequías mayores durante un larguísimo periodo, desde hace 135.000 años hasta hace 90.000. Recientemente se ha apuntado que estos u otros fenómenos mantuvieron a las poblaciones humanas muy reducidas y aisladas entre sí, llegando incluso a estar a punto de dividirse en dos especies distintas. En todo caso, parece claro que hasta la Edad de Piedra Tardía, durante el Paleolítico Superior, no comenzamos a multiplicarnos y extendernos significativamente. O, dicho de otra manera, sólo comenzamos a abandonar el borde de la extinción cuando fuimos capaces de desarrollar las tecnologías de la revolución paleolítica.

Provistos de estas herramientas que nos facilitaban la supervivencia, pudimos abandonar África por segunda vez, como nuestros antepasados homínidos lo habían hecho algún millón de años antes. Así terminaríamos llegando a Eurasia, donde desplazamos al Neandertal.

Según casi todo lo que sabemos en la actualidad, somos por dos veces africanos. La primera vez, cuando el homo habilis, el primer constructor de herramientas, evolucionó en la Cuenca de Olduvai (actualmente, Tanzania) a partir de los australopitecos precedentes. Estos homos y sus sucesores permanecieron en África, aunque algunos de ellos fueron saliendo lentamente hacia otras latitudes para ir transformándose en otras especies como, por ejemplo, el Neandertal. La segunda vez fue cuando homo sapiens sapiens evolucionó a su vez en algún punto del África subsahariana y, tras sobrevivir a estos cuellos de botella, se dotó de nuevas herramientas y conquistó el mundo.

La fila de nuestros antepasados

Imagina una fila detrás de ti. A tu espalda estaría tu padre, detrás de él tu abuelo y así sucesivamente. Generación tras generación, la fila se introduciría hacia el pasado formando una gigantesca hilera de seres humanos.


Si caminaras a lo largo de la fila, podrías apreciar grandes cambios en los primeros metros: gentes cuyas vestimentas irían variando rápidamente hasta quedar en apenas unas pieles. Después, el cambio sería mucho más lento. Tendríamos que caminar durante más de 5 kilómetros hasta encontrarnos con el primer individuo de nuestra especie, el primer homo sapiens, que vivió hace alrededor de 200.000 años. (Seguir leyendo)

Durante muchos kilómetros seguiríamos caminado sin apreciar grandes cambios entre los individuos. Dejaríamos atrás al Homo antecessor y tardaríamos algunas horas en llegar hasta el Homo ergaster. Para cuando nos topáramos con el primer Homo habilis, que vivió hace más de 2 millones de años, habríamos caminado durante 96 kilómetros.

Mucho tiempo después, suponiendo que nos aguantaran las piernas tras recorrer alrededor de 160 kilómetros, llegaríamos al principio de la fila. Allí, solitaria y curiosa, nos observaría la pequeña Lucy, la primera de una gigantesca familia que se extiende durante 3,2 millones de años.


Es bueno recordar de dónde venimos, entre otros motivos para hacernos una idea de a dónde vamos. Somos una especie delicada, que depende enormemente de la estabilidad medioambiental y de su ciencia y su tecnología para sobrevivir en la inmensa mayoría de los lugares que ocupamos, y no digamos ya para intentar vivir en otros. Hubo al menos una vez en que, siendo ya como somos tú y yo, estuvimos muy cerquita de extinguirnos. Y todos nosotros, todos los que sobrevivimos, somos mucho más parientes de lo que algunos quisieran saber. De todo esto no hace millones de años. Por aquel entonces, ya estábamos tallando diseños geométricos en las piedras de África del Sur, que treinta mil años después se convertirían en el en arte rupestre de Namibia, Francia y otros lugares; y, sesenta y pico mil después, en las pirámides de Egipto y los ziggurats de Mesopotamia. Quienes vivieron aquello ya eran como nosotros y vivían de manera muy parecida a la de algunas de las comunidades más primitivas del presente. Ya eran nosotros.

¿Cuántas personas han vivido en la Tierra hasta la actualidad?

No nos engañemos, realizar un cálculo de este tipo es del todo especulativo, aunque se puede aproximar empleando bases semi-científicas. Y es que, no existen datos ni información demográfica disponible para el 99 por ciento de la estancia del hombre en la Tierra.

Cualquier estimación del número total de personas que han nacido en nuestro planeta, depende básicamente de dos factores: el tiempo que se piensa que los humanos han estado poblando la Tierra y el promedio de la población humana en diferentes periodos.

En el nacimiento de la agricultura, sobre el año 8.000 a.C, la población mundial se aproximaba a los 5 millones de personas. El lento crecimiento de la población cerca del año 8.000 a.C. con unos 5 millones de personas, hasta los 300 millones en el año 1 d.C, nos da una cifra muy baja en el crecimiento de la población mundial, con un 0,0512 por ciento anual. Es realmente difícil estimar la población mundial que habitó en este periodo, ya que creció o se extinguió en consecuencia a varios factores, como hambrunas, la ganadería, conflictos, guerras, cambios en el tiempo meteorológico o condiciones climáticas.

En cualquier caso, la vida ha sido muy corta para nuestra especie. La expectativa de vida tras el nacimiento fue de sólo 10 años en la mayor parte de la historia humana. Por ejemplo, la esperanza de vida en la Edad de Hierro y el terreno que ahora es Francia, se estima que era de unos 10 ó 12 años. Bajo estas condiciones, el ritmo de nacimientos debería ser de 80 por cada 1.000 personas para que la especie sobreviviera. Hoy, un crecimiento alto sería de 45 a 50 personas por cada 1.000 personas, sólo observado en algunos países africanos y en ciertos países de Oriente Medio con poblaciones jóvenes.

La mortalidad infantil en los primeros días de nuestra especie se estima que fue muy alta, probablemente con 500 muertes de niños por cada 1.000 nacimientos, o incluso más. Los hijos eran seguramente una responsabilidad económica entre las sociedades de cazadores, un hecho que podría haber llevado a la práctica del infanticidio. Bajo estas circunstancias, se necesitaría un número desproporcionado de nacimientos para mantener el crecimiento de la población, y eso aumentaría el número de personas que nacieron en nuestro mundo a lo largo de la historia.

Sobre el año 1 d.C., se estima que en el mundo habían 300 millones de personas. Se cree que en el año 14 d.C., la población del Imperio Romano, desde España a Asía Menor, era de 45 millones. Aun así, ciertos historiadores fijan esta cifra en el doble, revelando lo imprecisas que pueden ser estas cantidades estimadas en los primeros periodos históricos.

En 1650, la población mundial rondaba los 500 millones, que no se puede considerar un gran incremento desde el año 1 d.C. La cantidad anual de nacimientos fue menor desde el año 1 d.C. al 1650, que la que podemos comprobar desde el 8.000 a.C al 1 d.C. Una razón para este crecimiento anormalmente más lento fue la peste negra. Dicha devastadora pandemia no se limitó a la Europa del siglo XIV, ya que se cree que pudo comenzar en el año 542 en la India o algún punto de Asia Occidental, causando la extinción de la mitad del Imperio Bizantino en el siglo VI, con un total de 100 millones de muertos. Estas grandes fluctuaciones en la población durante grandes periodos suponen un escollo en la estimación de personas que han poblado nuestro planeta.

Aun así, en 1800 la población mundial sobrepasó los mil millones de personas, y continuó creciendo hasta los actuales seis mil millones, o los siete mil millones esperados para el 2011.



Número de personas que han poblado la Tierra hasta el año 2002: 106,456,367,669
Número de personas que han poblado la Tierra hasta el año 2010 (aproximado): 107,890,000,000
Porcentaje de toda la gente que vivió en la Tierra, pero seguían viviendo en el año 2002: 5.8 %
Porcentaje de toda la gente que vivió en la Tierra, pero sigue viviendo en el año 2010 (aprox.): 6.3 %

En definitiva, aproximadamente ahora vivimos el 6.3 por ciento de toda la humanidad que ha pisado la Tierra.

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