sábado, 26 de junio de 2010

Derribando mitos: Sólo usamos el 10% de nuestro cerebro

Hay mitos que, a pesar de que violan principios fundamentales de conocimientos ampliamente aceptados, se repiten sin cesar. Uno de los más difíciles de erradicar es el de que el ser humano sólo utiliza el 10 % de su capacidad mental.

Tal afirmación no sólo es común entre amantes de lo esotérico sino incluso entre personas cultas. Y claro, si usamos tan poco nuestro cerebro sin duda habrá personas que lo usan en mayor grado, quizá los que pueden adivinar el futuro, o los que tienen alguna clase de poder sobrenatural.


En definitiva, la inercia de cualquier persona por conceder una parte de misterio o laguna de conocimiento para así tener una parcela en la que mantener sus anhelos trascendentes en un lugar seguro y exento de críticas.

Por ejemplo, la secta de la Cienciología usa para su publicidad un retrato de Albert Einstein, en cuya boca ponen esa afirmación sobre lo desaprovechada que tenemos nuestra herramienta de pensar. Una atribución, por cierto, que probablemente es otro mito.

Con todo, para ser justos, hay tres tipos de afirmaciones sobre nuestra capacidad cerebral limitada:

-En cualquier momento dado, sólo una de cada diez neuronas está en funcionamiento.

-El 90 % de las células cerebrales yacen inútilmente en el cráneo, donde no sirven sino de lastre.

-Sólo utilizamos un 10 % de la capacidad memorística del cerebro para almacenar nuestros recuerdos.

Sea cual sea la afirmación, se pasa olímpicamente por encima de los conocimientos de la moderna investigación del cerebro. El origen de este mito quizá haya que buscarlo en el norteamericano y padre de la psicología moderna William James, que tiene una cita original que se parece bastante a lo hoy se repite:

El hombre normal sólo utiliza un 10 % de sus facultades psíquicas latentes.

Porque algo realmente asombroso de este mito es que, excepto la mencionada de William James, no existe más bibliografía al respecto. Nadie podría encontrar jamás en un libro de psicología o de fisiología del cerebro tal afirmación. Así que si el mito sigue gozando de tan buena salud (¡lo repiten hasta los intelectuales que escriben columnas o salen por la tele!) ello obedece probablemente al fenómeno psicológico llamado source amnesia, olvido de la fuente, por el cual los humanos recordamos con facilidad los datos científicos nuevos, pero vamos olvidando poco a poco de dónde los hemos sacado.

Lo verdaderamente preocupante es que incluso entre estudiantes de los últimos cursos de psicología, como han comprobado los psicólogos norteamericanos Kenneth L. Highbee y Samuel L. Clay en una encuesta, la mayoría sostenía el mito.

Basta con acudir al simple razonamiento evolutivo para descubrir que tal mito no tiene ningún sentido: atendiendo a los enormes recursos que consume un cerebro humano, ¿cómo es posible que la selección natural haya permitido que los seres humanos vayan por ahí con un órgano tan grande y tan esencialmente inútil?

Cualquier antepasado con un cerebro un 90 % menos voluminoso habría tenido muchas más posibilidades para sobrevivir, no sólo porque necesitaría un canal para el parto mucho más estrecho sino también porque no necesitaría emplear tanta energía para mantenerlo. Y no haría falta arrastrar su peso muerto cuando un depredador quisiera darle caza.

El cerebro humano es un voraz fagocitador de energía: consume el 14% del total del cuerpo aunque su volumen sólo representa el 3% del cuerpo. Aunque ese 3% parezca poco los humanos somos bastante cabezones, como han aprendido con dolor las madres en el parto. Y la macrocefalia de los humanos podría ser aún mayor si no fuera porque la evolución ideó un ingenioso truco para multiplicar la superficie de la corteza cerebral: plegarse una y otra vez en infinidad de circunvoluciones, resultando su característica forma de nuez.

¿Tiene sentido evolutivo todo este esfuerzo para que luego sólo utilicemos un 10% de nuestro cerebro? No, utilizamos el 100%, eso sí, pero no de forma simultánea. (De hecho, sólo en grandes ataques epilépticos es cuando se puede llegar a utilizar el 100% del cerebro al unísono). Al igual que pasa con nuestros músculos, utilizamos las regiones del cerebro según la actividad que estemos realizando. A mayor complejidad, mayor uso del cerebro. Los incontables TACs y resonancias magnéticas que se han hecho para estudiar la actividad eléctrica a lo largo de décadas así lo demuestran. Quizás una de las razones por las que surgió el mito fue que algunas personas tergiversaron la afirmación de que utilizamos el 10% de nuestro cerebro de forma consciente, mientras que el 90% restante es inconsciente (se encarga de tareas como controlar las pulsaciones del corazón, el peristaltismo intestinal, la dilatación o contracción de las pupilas, etc). Al final se trastocó todo eso y quedó como el mito de ahora.

Si la afirmación del 10% fuera cierta, ante la más mínima lesión cerebral se produciría la muerte, y eso no es así. Cuando hay una lesión, y si ésta es pequeña, las zonas colindantes de la región alterada intentan compensar la pérdida de función mediante un procedimiento lento de plasticidad neuronal. Además si sólo utilizáramos el 10% seríamos vegetales o estaríamos muertos. Nadie puede vivir con ese porcentaje de actividad cerebral.

De hecho, lo lógico es que usemos todo el cerebro. Hasta la última neurona.

Lo que sí que es cierto es que nunca usamos todas nuestras neuronas a la vez. Claro, dirán algunos, eso es lo que ocurre: como no las usamos a la vez, no podemos, por ejemplo, desarrollar poderes telepáticos. Pues tampoco. La actividad simultánea de todas las neuronas nos arrojaría al suelo víctimas de convulsiones como las de un ataque epiléptico.


Cuando las neuronas se disparan al mismo tiempo, el cerebro queda inundado de actividad eléctrica y se anula toda capacidad para pensar y actuar de manera coordinada. Para impedir ese infierno, al menos la mitad de las neuronas funcionan como un filtro atenuador o moderador de flujo. De modo que la próxima vez que alguien os diga que no usáis todo el cerebro, contestadle que menos mal.

Al igual que el ser humano nunca tensa al mismo tiempo todos los músculos del cuerpo, tampoco el cerebro pone a funcionar todas las sinapsis a la vez. Hoy en día, los científicos tienen cartografiadas todas las regiones de nuestro órgano pensante (mediante electrodos implantados y otros sistemas de detección).

En todas las actividades, por ejemplo comer, mirar la televisión, hacer el amor o leer este blog, se pone en marcha una u otra región del cerebro. Al cabo de una jornada normal, todos los rincones y recovecos habrán tenido su ejercicio, tarde o temprano.

Del cerebro, pues, se aprovecha todo. Y una prueba final de ello es que lesiones muy localizadas en el cerebro, por muy minúsculas que sean, pueden producir disminuciones muy severas de sus facultades. Tenéis ejemplos de todo tipo en los libros del neurólogo Oliver Sacks El hombre que confundió a su mujer con un sombrero o Un antropólogo en Marte.

¿Entonces alguien podría aún usar su mito de alguna manera, retorciéndolo para encajarlo en lo que sabemos sobre el cerebro? Quizá podría afirmar que el potencial del cerebro en realidad se desaprovecha porque las neuronas tienen escasa moral de trabajo. Si hubiera mayor actividad cerebral, entonces pensaríamos mejor.

Pues resulta que es al revés.

Desde que existen nuevos procedimientos de síntesis de imágenes, como la tomografía por emisión de positrones (PET), se sabe con más precisión qué cantidades de energía consume cada región del cerebro, lo cual ha permitido prescindir del anticuado modelo de este órgano como una máquina de tren. Todas las investigaciones recientes corroboran que las cabezas más claras, las que resuelven determinados acertijos de los tests en menos tiempo, consumen menos energía en el cerebro.

O dicho de otro modo: los que tuvieron más dificultades con los problemas se estrujaron más las neuronas y gastaron más electricidad.

El cerebro universal de 1.400 gramos, que vienen a ser un 2 % del peso corporal, consume cerca del 20 % de la energía total y, además, la pide exclusivamente en forma de azúcar (glucosa). Ahora bien, las operaciones de la razón pueden interpretarse como trasladar unidades de información (bits), o “manipular en el espacio de la representación”, como dijo Konrad Lorenz.

Si no cojea la comparación intuitiva con una actividad física, pensar más implicaría, desde luego, un mayor consumo de energía. Pero también podríamos volver sobre la metáfora del ordenador personal moderno, que tiene mucha más capacidad de proceso y memoria que los antiguos cerebros electrónicos y un consumo corriente infinitamente menor.

Los científicos sospechan que los individuos de escasas luces, pues, padecen la desventaja de unos circuitos cerebrales menos eficientes. Esto lo podemos ver en personas que sufren síndrome de Down, cuyos cerebros consumen grandes cantidades de glucosa, superiores a lo normal.

Y también lo observamos en los adolescentes. Sin embargo, luego, cuando el cerebro alcanza la máxima capacidad para procesar informaciones, disminuye rápidamente el consumo energético.

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