domingo, 27 de marzo de 2011

¿Existe una única inteligencia general o varios tipos de inteligencia diferentes?

Es uno de los grandes enigmas de la psicología y el origen de un controvertido debate sin solución concluyente hasta la fecha. ¿Dónde reside la inteligencia?, ¿cuántos tipos existen?, ¿cómo se debe medir?, ¿qué determina nuestro coeficiente intelectual? Preguntas que continúan sin respuesta pero que están más cerca de hallar una solución gracias a un trabajo, con colaboración española (Roberto Colom), publicado en 'Proceedings of the National Academy of Sciences' que sugiere que la inteligencia general está basada en la comunicación eficaz entre una serie regiones específicas de ambos hemisferios cerebrales.

Desde hace tiempo existen dos teorías principales acerca de la naturaleza de la inteligencia. Una defiende la existencia de una inteligencia general o 'factor g', que está apoyada en el hecho de que una persona suele tener resultados parecidos en las distintas habilidades aceptadas como parte de este intelecto (memoria, visión espacial, aritmética, etc.). Y otra ampliamente popularizada por especialistas como Howard Gardner o Daniel Goleman que creen en la existencia de varias inteligencias (aunque sin consenso acerca de cuántas). Argumentan que esta visión sólo mide una parte de lo que comúnmente se entiende por inteligencia sin que en ningún caso puedan medir la creatividad, ni los haberes prácticos esenciales para resolver los problemas cotidianos. En este mismo blog por si a alguien le resulta de interés he dedicado un post tanto a la teoría de las inteligencias múltiples de Gardner como al concepto de inteligencia emocional, ampliamente difundido por Goleman.

Al hilo de la teoría de la existencia de varias inteligencias diferentes hay un extracto tomado de la autobiografía de Isaac Asimov (uno de los escritores de ciencia ficción más importantes que ha dado la literatura) que además de inducir a la reflexión ilustra a la perfección la idea. Es el siguiente...


"Cuando estaba en el ejército realice una de esas pruebas de aptitud intelectual, esas que todos los soldados realizan. Mi puntuación fue de 160, es decir, 60 puntos por encima del normal. Nunca antes alguien había obtenido un resultado así, y por esta razón durante dos horas hicieron un gran alboroto festejando mi logro.


Toda mi vida he registrado puntuaciones similares, así que tengo la sensación interna de que soy muy inteligente. Sin embargo estos índices lo único que significan en realidad, es que soy muy bueno en contestar el tipo de preguntas académicas que se consideran dignas, y que fueron realizadas por las personas que "inventan" las pruebas de inteligencia (¿personas con inclinaciones intelectuales similares a las mías?)



Una vez conocí a un mecánico de automóviles que de acuerdo a mi estimación no podría superar los 80 puntos en esas pruebas de inteligencia. Siempre di por sentado que era mucho más inteligente que él. Sin embargo, cuando algo funcionaba mal, lo miraba con ansiedad mientras exploraba las entrañas de mi automóvil y escuchaba sus declaraciones como si fueran oráculos divinos.



Pues bien, supongamos que mi mecánico de automóviles hubiese diseñado las preguntas para una prueba de inteligencia. O supongamos que un carpintero las formule, o un agricultor, o, de hecho, cualquiera que no fuese un académico. Seguramente no podría superarlas. Si en este mundo yo no pudiese utilizar mi formación académica, mi talento verbal, y tuviese que realizar tareas complicadas con mis manos, seguramente lo haría mal. Mi inteligencia, entonces, no es absoluta, sino que es una función de la sociedad en que vivimos y el hecho de que una pequeña porción de la sociedad ha logrado imponer a los demás, cuales son las "normas" como un árbitro de esos asuntos"


Pero... ¿la ciencia avala a Asimov, Gardner, Goleman o a Sternberg?. En primer lugar es importante evitar confundir conceptos básicos, por una parte está la "inteligencia pura" (factor G) y por otra las "aplicaciones" o subdivisiones de este factor. El factor G sería la inteligencia pura, sin intermediar cuestiones culturales. Es el potencial con que cuenta una persona y se mide con test libres de cargas culturales; por tanto, debería dar igual que la persona sea doctor o analfabeto.


Las divisiones de este factor (inteligencia verbal, manipulativa, etc.) se miden con test que ya no están libres de esta influencia cultural. Es imposible medir inteligencia verbal si la persona no habla nuestro idioma, por ejemplo (la educación formal aumenta la potencialidad con la que nacemos en esta área). De esta forma si el mecánico que menciona Asimov nunca hubiera trabajado en un taller ni visto un coche, tampoco tendría la misma puntuación en inteligencia analítica y manipulativa como tiene después de la experiencia práctica. Los test actuales cuentan con medidas puras del factor G y medidas específicas para cada subinteligencia.


La inteligencia es solo una

Aunque ya se había encontrado una relación entre el grosor de la corteza cerebral y la medida de la inteligencia general ahora un nuevo estudio como destacábamos en el inicio del post, efectuado en niños y adolescentes y realizado por Roberto Colom, catedrático de Psicología en la Universidad Autónoma de Madrid, junto con otros investigadores de Canadá, Reino Unido y Estados Unidos, se ha centrado en ver si este parámetro se relaciona también con el rendimiento cerebral en aspectos específicos. La respuesta es que no parece que exista una colección de capacidades separadas, sino que una poderosa capacidad general (factor g) que condiciona el rendimiento en las variadas situaciones que requieren el uso de la inteligencia.

Autores como Gardner, recuerda Colom, han mantenido que no existe nada parecido a una capacidad intelectual general sino que, por el contrario, algunas personas destacan en el manejo del lenguaje, mientras que otras destacan con los números o en actividades que requieren procesamiento viso-espacial. Alguien podría ser perfectamente torpe con el lenguaje y excepcional con los números, según ellos.


El estudio analizó cómo las diferencias de grosor cortical de más de 200 participantes (niños entre 6 y 18 años) se relacionaban con su rendimiento intelectual en una variada serie de pruebas de naturaleza verbal, viso-espacial y numérica. Se obtuvo una puntuación para cada una de esas clases de tareas, pero también un índice de capacidad general (g) para cada participante. La conclusión, sorprendente, fue que cuando se consideran las puntuaciones verbales, viso-espaciales o numéricas anulando la influencia de g las relaciones con el grosor cortical desaparecen.

"Lo que queda cuando se descuenta la capacidad general (g) es ruido sin valor para el cerebro" concluye Colom. "Si alguien es muy bueno con el lenguaje es mucho más probable que improbable que también lo sea con los números y en el procesamiento viso-espacial", añade. "El hecho de que se usen pruebas verbales, numéricas o viso-espaciales no es realmente importante para comprender las relaciones de nuestra inteligencia con la biología, sino el hecho de que capturen esa capacidad general o g con mayor o menor intensidad".

Por otro lado la inteligencia emocional no está demostrada como tal, nadie ha podido demostrar que exista. De hecho se sabe que las personas con retraso mental se relacionan peor que las personas con inteligencia elevada. La inteligencia emocional no es un tipo de inteligencia diferente, es la forma en que las diferentes
subinteligencias se adaptan al contexto social.

Sus resultados, dados a conocer en la revista Proceedings of the National Academy of Science (PNAS), revelan que, en vez de residir en una única estructura, la inteligencia general está ubicada una red de regiones en ambos lados del cerebro, concretamente en el lóbulo frontal inferior y el parietal superior del hemisferio izquierdo, con contribuciones del derecho. Y que cuanto más densas son las conexiones entre estas áreas, mayor es la inteligencia.

La eficiencia energética, la misma que hace que podamos iluminar toda nuestra casa gastando el mínimo posible en electricidad, parece ser el factor que explica por qué algunos tienen mayor capacidad intelectual que otros. Cuando realizamos tareas intelectuales complejas, el cerebro gasta más recursos en hacer las conexiones necesarias, lo que limita su capacidad para cubrir otras demandas. Pero hay algunas personas, las más inteligentes, que son capaces de enfocarse en un pensamiento complejo de manera eficiente, ahorrando recursos que se reinvierten en más conexiones neuronales, lo que se traduce en análisis más elevados y la generación de nuevas ideas. La genética y el entrenamiento son las responsables de esta habilidad. Cerca de un 60% de la eficiencia neuronal está dada por los genes, que juegan un papel fundamental, sobre todo en la región prefrontal del cerebro, encargada de la planificación, el pensamiento estratégico, la toma de decisiones y la memoria, todos aspectos vinculados a la inteligencia. La inteligencia no depende de un factor ni de áreas específicas en el cerebro, sino de la capacidad de generar conexiones neuronales eficientes y rápidas, y una red neuronal eficiente es aquella en "la que existe un circuito más automático, que funciona así gracias a más repeticiones".


Definición de inteligencia

La inteligencia humana es una capacidad mental muy general que permite razonar, planificar, resolver problemas, pensar de modo abstracto, comprender ideas complejas, aprender con rapidez y usar la experiencia. En contra de lo que ocasionalmente se supone, la inteligencia humana no es un simple conocimiento enciclopédico, una habilidad académica particular o una pericia para resolver “tests de inteligencia”, sino que refleja una capacidad amplia y profunda para comprender el ambiente, es decir, para darse cuenta, dar sentido a las cosas o imaginar qué se debe hacer.

La inteligencia humana se puede medir, y los tests de inteligencia son el modo de evaluación más preciso de hacerlo. Esto se demuestra mediante los indicadores estadísticos de fiabilidad y validez. Así, por ejemplo, el coeficiente de fiabilidad de las medidas médicas de presión sanguínea o de valores de colesterol se sitúan alrededor del 50%, mientras que supera el 90% en las medidas psicológicas de inteligencia.


Es importante destacar, no obstante, que los tests de inteligencia no miden factores como la creatividad, el carácter o la personalidad, aunque es imperativo tener presente que no es ése su objetivo. Existen diversos tipos de tests de inteligencia. Algunos incluyen palabras o números y requieren un conocimiento cultural específico, como por ejemplo el vocabulario. Otros, sin embargo, no apelan a ese conocimiento, basándose en el uso de formas o diseños, en conceptos universales simples como mucho/poco, abierto/cerrado o arriba/abajo. Sin embargo, todos estos tests miden una misma inteligencia, una misma capacidad mental muy general.

La capacidad general valorada por un extraordinariamente amplio abanico de tests se designa mediante la letra g. Cualquier test mide g, aunque distintos tests pueden también valorar una extensa serie de capacidades cognitivas tales como la capacidad verbal, la capacidad numérica o la capacidad espacial.

El factor g es 10 veces más relevante que capacidades concretas como la comprensión verbal y 20 veces más relevante que capacidades como el razonamiento perceptivo, la memoria de trabajo o la velocidad mental. El hecho de que g sea el componente esencial de la inteligencia humana significa que, en la población, los individuos que presentan un alto rendimiento en una determinada situación o problema intelectualmente exigente tienden a mostrar también un alto rendimiento en todas las demás situaciones. Asimismo, quienes presentan un bajo rendimiento en una determinada situación intelectualmente exigente tienden a mostrar también un bajo rendimiento en todas las demás situaciones. Aunque existen algunas excepciones, ésta es la tendencia general: la persona más inteligente es propensa a serlo en la mayor parte de las situaciones y la persona menos inteligente, también.


El coeficiente de inteligencia (CI), pese a contar con sus detractores, suele ser el indicador numérico que permite cuantificar, con relativa rapidez, la capacidad general o g. La distribución de las personas según el CI, desde el nivel bajo al alto, se puede representar adecuadamente mediante la curva de Gauss o distribución normal. La mayoría de las personas se sitúan alrededor del punto medio (CI = 100). Pocos son muy brillantes o muy torpes: aproximadamente un 3% de la población presenta puntuaciones superiores a 130 (considerado habitualmente como el límite de la superdotación) y el mismo porcentaje tiene puntuaciones por debajo de 70 (considerado habitualmente el umbral del retraso mental).

El CI se relaciona intensamente con varios resultados sociales, económicos, ocupacionales y educativos. De hecho, se posee una amplia evidencia sobre la relación del CI con más de sesenta fenómenos relevantes en términos sociales. Algunos de estos son el rendimiento académico, el rendimiento en cursos de formación ocupacional, el rendimiento laboral, el nivel de salud física, la genialidad, la longevidad, los ingresos, el nivel de ahorro, la paciencia, el sentido del humor, la vulnerabilidad a los accidentes, el alcoholismo, la delincuencia, la impulsividad, la mortalidad infantil, el liderazgo, la elección de pareja, la miopía, la respuesta a la psicoterapia, las preferencia en la dieta, las habilidades motrices, la histeria o el hábito de fumar. No existe ningún otro rasgo humano que se aproxime siquiera a esta cifra. Actualmente está fuera de duda el hecho de que las medidas de CI poseen una gran importancia práctica y social.




También sabemos que los niños más inteligentes tardan más tiempo en desarrollar demencias al llegar a la   vejez. Si bien no se sabe con seguridad el motivo una hipótesis bastante factible es que los individuos más inteligentes desarrollan actividades cognitivas durante su vida que ayudan a conservar la integridad cortical en la vejez.



Un alto CI supone una ventaja en la vida, dado que prácticamente todas las actividades requieren algún tipo de razonamiento y de toma de decisiones. Y, a la inversa, un bajo CI supone una desventaja, especialmente en ambientes desorganizados. Por supuesto, un alto CI no garantiza el éxito en la vida, y tampoco un bajo CI garantiza el fracaso en las situaciones vitales.

Las ventajas prácticas de tener un CI alto aumentan a medida que las situaciones se hacen más complejas (novedosas, ambiguas, cambiantes, impredecibles o con muchas alternativas de actuación). Por ejemplo, un alto CI es generalmente necesario para mostrar un buen rendimiento en ocupaciones complejas (profesiones cualificadas, gestión), supone una ventaja considerable en ocupaciones moderadamente complejas (aviones, policía y administración), pero representa una ventaja algo menor en las situaciones que sólo exigen tomar decisiones simples y resolver problemas sencillos (trabajos de baja cualificación).

Según estudios de la especialista Linda Gottfredson es posible estimar el CI promedio de la población en función de su cualificación académica
  • Sin estudios: 80
  • Escuela primaria: 90
  • Escuela secundaria: 100
  • Bachillerato: 113
  • Título universitario: 119
  • Doctorado: 129

Las diferencias en inteligencia no son, por supuesto, el único factor que influye en el rendimiento educativo, el entrenamiento o las ocupaciones complejas, pero sí suelen ser el factor más importante. Cuando ya se ha seleccionado a los individuos, entre personas de alto o de bajo CI, de modo que apenas difieren en éste, como por ejemplo en la universidad, otras influencias cobran importancia. Algunos rasgos de personalidad, talentos, aptitudes, capacidades físicas o el nivel de experiencia, son relevantes para lograr un rendimiento óptimo en determinadas ocupaciones, pero tienen una aplicabilidad más reducida (o desconocida) a distintas tareas y situaciones comparativamente con la inteligencia.



Curiosamente un grupo de investigadores ha constatado recientemente que ni el mercado ni la política son los únicos factores que determinan la riqueza de un país. Otro factor más tendría una gran importancia en este aspecto: la inteligencia de la población. Los científicos tras analizar las puntuaciones en tests de inteligencia de habitantes de 90 países distintos, y constataron que la inteligencia de la población, particularmente del 5% de los más inteligentes de cada país, supone una gran contribución a la fortaleza de las economías nacionales. Así, por cada punto incrementado en la media del cociente intelectual (CI) de los habitantes de un país, el PIB per capita era 229 dólares (164 euros) más alta. Se comprobó asimismo que esta diferencia es aún mayor si el 5% más inteligente de la población es aún más inteligente: por cada punto CI adicional en ese 5% de personas, el PIB per capita del país aumentaba hasta los 468 dólares (335 euros).


Influencia de los factores genéticos en la inteligencia

Los individuos difieren en inteligencia debido a factores tanto ambientales como hereditarios. Las estimaciones de la influencia de la herencia van desde 0,4 a 0,8 (en una escala de 0 a 1). Esto implica que, en términos relativos, la genética desempeña un papel más importante que el ambiente en la producción de las diferencias individuales de inteligencia. Desde esta perspectiva, suele comprenderse mal el hecho de que, si todos los ambientes fuesen iguales para todo el mundo, la influencia de la herencia sería del 100%, dado que todas las diferencias de CI que se observasen tendrían necesariamente un origen genético.

Es importante destacar, además, que el hecho de que el CI sea altamente heredable, no significa que el ambiente carezca de relevancia. Nadie duda de que los individuos no nacen con niveles intelectuales fijos e inmodificables. Sin embargo, el CI se estabiliza gradualmente durante la infancia, y generalmente cambia poco desde ese momento de la vida. También hay que resaltar que recientes estudios han comprobado una serie de tendencias en relación a variabilidad de diferentes capacidades relacionadas con la inteligencia según vamos envejeciendo, determinadas capacidades alcanzan su tope en torno a los 25-30 años mientras otras siguen evolucionando hasta los 50 años.
A diferencia de lo que se cree, a medida que los chicos crecen, la influencia de los genes se hace más notoria en su capacidad para resolver problemas, razonar y aprender nuevas cosas. El psiquiatra Robert Plomin, del King´s College London, estudió 11.000 pares de mellizos (la mitad de ellos idénticos genéticamente, es decir, gemelos). Así llegó a la conclusión de que, en la infancia, las variaciones de la inteligencia están dadas por los genes en un 44 por ciento. Cuando llegan a la adultez, la genética es responsable del 70% de la inteligencia general que muestran las personas. Según Plomin, los chicos que tienen una inteligencia alta utilizan el ambiente que los rodea para aumentar sus capacidades cognitivas innatas.También se debe a que las familias dan forma a los ambientes de los niños pequeños, mientras que los niños mayores y los adultos seleccionan ambientes que se adaptan a sus preferencias innatas, lo que refuerza la naturaleza.

Según Matt Ridley en un mundo en que algunos se mueren de hambre y otros son los reyes, las diferencias en inteligencia serían principalmente motivadas por el medio ambiente, por el entorno. En cambio en un mundo donde todos tienen las mismas facilidades la principal diferencia la aportaría la genética. A mayor igualdad de oportunidades más probabilidad hay de que las personas que llegan a la parte superior sean los que son genéticamente talentosos. Lo que implicaría que cuanto mejor sea la economía, la educación, y el bienestar, el coeficiente intelectual será más heredable será. Y esto trae una última paradoja: un mundo con movilidad social perfecto mostraría un CI altísimamente ligado a la heredabilidad (ya que los condicionantes externos tendrían muy poco peso al haberse igualado).

Igualmente el entorno del individuo es crucial para el desarrollo de la inteligencia; situaciones muy opresivas pueden limitarla al generar inestabilidad emocional. El medio sociocultural es muy importante en el desarrollo intelectual de un individuo. Un sujeto que crezca en un ambiente con adecuados estímulos cognitivos puede desarrollar mayores aptitudes intelectuales frente a un sujeto que se críe en un ambiente con pobreza de estímulos. Un individuo puede desarrollar mejor su inteligencia si es motivado por su familia o personas de su entorno a mejorar su percepción cognitiva.

10 comentarios :

  1. Me alegra, encantado de que te haya gustado

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  2. Que interesante este artículo, contestó muchas de mis inquietudes respecto al tema.

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  3. Me interesó mucho... aunque requiere una segunda lectura para poder recordar muchas de sus aseveraciones. Quizás eso se deba a mi edad... Si la memoria es importante para determinar la inteligencia, entonces ésta (la inteligencia) debe declinar con el transcurso del tiempo vivido. Al menos en una buena proporción de personas. ¡Jajajaja! yo soy un buen exponente de esto. ¿La experiencia de vida tiene algo que ver? Porque ahí compensaríamos la falta de memoria...

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  4. De donde obtuviste información, sobre que autores.

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  5. Muy cierto, amigo. La inteligencia es una sola,y alguien verdaderamente inteligente va a resolver todas las áreas intelectuales que se le presenten.

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  6. Muy cierto, amigo. La inteligencia es una sola,y alguien verdaderamente inteligente va a resolver todas las áreas intelectuales que se le presenten.

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  7. Somos nìños hasta los 16 años de 17 en adelante son grandes

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