lunes, 2 de enero de 2012

¿De qué depende la genialidad?


Definir y delimitar en qué consiste la genialidad es uno de los conceptos más antiguos, complejos y fascinantes en la historia de la psicología. ¿Qué es lo que permite que algunos elegidos lleguen a ser grandes científicos, escritores inmortales o grandes filósofos?. Todo indica que no existe una clave única. Los estudios revelan que influyen una amalgama de factores diversos, como el talento innato,  la creatividad  y variables de personalidad como la tenacidad, perseverancia y la motivación, que en conjunto configuran las características distintivas de un genio.



En la primera parte del siglo XX, el genio se asoció con un concepto cuantitativo conocido como el cociente de inteligencia o CI. Pero como veremos, la relación entre un alto CI y el genio creativo no siempre es evidente. Si la genialidad fuese simplemente dependiente de una medida de gran inteligencia, seríamos capaces de identificar fácilmente a un individuo genial en sociedades como Mensa -2% de la población con CI más alto-, pero no es así. Una prueba de esto es el trabajo de investigación de Lewis Terman, un psicólogo de la Universidad de Stanford que se dedicó, tras la Primera Guerra Mundial, a seguir la pista a un grupo de superdotados, persuadido como estaba de que el cociente intelectual era indispensable y suficiente para alcanzar las más altas cotas de virtuosismo. Terman identificó y localizó a 1.470 niños con un CI superior a 140, a los que se conocía popularmente como «las Termitas». Terman siguió con ahínco, y hasta el final de sus días su evolución, convencido de que entre ellos se encontraba la futura élite intelectual, política y financiera de Estados Unidos. 

Pero no fue así: cuando «las termitas» llegaron a la edad adulta, Terman se topó con una triste realidad: aunque algunos de sus niños genios llegaron a publicar libros y ganaron premios científicos, ninguno de ellos llego a ser una figura pública reconocida por sus logros. Ninguno fue premio Nobel, Pritzker, Pullitzer, o algo que se le pareciera. Y no sólo eso, uno de los hombres no incluidos en el estudio de Terman -excluido por tener un CI inferior a los límites impuestos- se convirtió en su edad adulta en ganador del premio Nobel de física: William Shockley, co-inventor del transistor, y ciertamente, un genio.

En realidad la historia está llena de genios con un CI bastante inferior al límite sugerido por Lewis Terman. Tenemos por ejemplo un caso especialmente llamativo, el de Richard Feynman probablemente el físico más importante del siglo XX después de Albert Einstein. El CI de Feynman era de 124, un resultado que si bien es excelente (superior al 95% de la población) podría no resultarnos espectacular si estamos hablando de un genio de la ciencia moderna dada su talla intelectual y aportación científica. De hecho prácticamente todos hemos tenido compañeros de clase en nuestros estudios con el CI que se le atribuye a Feynman y difícilmente esas personas han alcanzado su nivel de genialidad. En realidad y aunque Feynman no era lo que conocemos como un genio renacentista (como él mismo decía: «tengo una inteligencia limitada y la uso en una determinada dirección», para justificar su escaso interés por las artes y las letras), en el amplio y diverso mundo de la Universidad, fue un todoterreno, un número uno en cada reto que afrontaba: investigador puntero, divulgador sin rival y mago de la ciencia al que sus alumnos adoraban y solían votar como su profesor preferido.

Richard Feynman

Todo ello nos deja una clara conclusión, más allá de un cierto nivel de capacidad, otros factores además del cociente intelectual son necesarios para determinar las posibilidades de un individuo de cara a ganar un Premio Nobel o terminar siendo un genio de referencia en su ámbito. Amén de que el CI es una medida rudimentaria de la inteligencia está el hecho de que, a partir de cierto nivel (un CI de 120/130, digamos) los puntos adicionales de inteligencia cuentan cada vez menos para predecir el éxito profesional, tal y como argumenta Malcolm Gladwell en su libro Outliers (Fueras de serie). Gladwell hace una instructiva comparación entre el papel de la inteligencia para ser un genio y el de la estatura para ser un as del baloncesto: Un varón que mida 1,65, ¿tiene alguna probabilidad realista de jugar al baloncesto profesional? Es muy raro. Para jugar en ese nivel hay que medir al menos 1,85; y, si no intervienen otros factores, probablemente sea mejor medir 1,90; y si se mide 1,95, mejor todavía. Pero a partir de cierto valor la estatura deja de importar tanto. Un jugador que mida 2,05 no es automáticamente mejor que otro cinco centímetros más bajo (después de todo, Michael Jordan, el mejor jugador de baloncesto de todos los tiempos, no llegaba a los dos metros).

Se ha descubierto que la relación entre éxito y CI funciona sólo hasta cierto punto. Una vez se alcanza una puntuación de unos 120, el sumar puntos de CI adicionales no parece repercutir en una ventaja fácilmente cuantificable. Para ser un empresario, abogado, doctor o arquitecto exitoso se requiere mucho más que una inteligencia elevada (para más información remito al lector al post de este blog en el que se compara y analiza la relación entre inteligencia y riqueza).

Las claves cerebrales de la genialidad

Una gran capacidad creativa es una de estas características que forman parte de la genialidad y que normalmente no miden los test de inteligencia. Una de las maneras de medir la creatividad es el llamado “pensamiento divergente”. El “pensamiento divergente” consiste, por ejemplo, en pedirle a los participantes que piensen en todas los diferentes usos que puede tener un objeto común como puede ser un “tetrabrik”. Los participantes en el estudio pueden dar respuestas que van desde “para lanzar por una ventana” –poco creativa-, hasta “gemelos para la camisa de un gigante” –muy creativa-. Para usar una metáfora sencilla, a la hora de pensar, los individuos creativos, tienen el pie más tiempo en el acelerador y menos en el freno en virtud de su organización del lóbulo frontal. Ahora bien, también necesitan un lóbulo frontal lo suficientemente bien organizado para lograr llevar a cabo sus ideas –que no se quede en una mera creatividad infructuosa-. 



El Dr. Simonton ha hecho un trabajo increíble que establece que las personas altamente creativas, genios eminentes incluso, producen un gran número de ideas: son prolíficos, tienen su pie en el acelerador; los creadores de campos menos disciplinados -como la poesía, las artes visuales o la psicología- son más propensos a los trastornos mentales, en promedio, que aquellos en los campos más disciplinado -como el periodismo, el diseño o la física. También se sabe que la característica derrotista que produce un gran poema o un riff de jazz podría estar asociado con la depresión y otros trastornos asociados con hipoactividad del lóbulo frontal.


La baja inhibición latente también parece ser otra norma común en las personas más creativas. Normalmente todos tenemos un filtro mental que esconde la mayoría de los procesos que tienen lugar en nuestra mente. La falta de inhibición latente podría explicar la tendencia de las personas creativas a centrarse intensamente en el contenido de sus pensamientos y desechar el mundo exterior. Esta idea se comprobó en el año 2003 cuando investigadores de las universidades de Harvard y Toronto observaron que las personas más creativas producen más ondas cerebrales en el rango alfa. Los neurocientíficos explican estas diferencias como resultado de una disminución en la activación cortical y una descentralización de la atención. Así, el hecho de que pueda entrar más material a la conciencia, podría ser un aspecto importante para comprender la genialidad. Con una mayor cantidad de datos, las personas podrían recombinarlos de formas más originales, dando lugar a ideas mucho más creativas.


Cerebro genial: Genetica y ambiente por raulespert 

Es muy probable que una combinación de inteligencia elevada, capacidad creativa muy alta, y variables de personalidad -como persistencia/perseverancia, tenacidad, terquedad, motivación etc- sean características distintivas de un genio. Obviamente sin la suficiente inteligencia, uno no tiene las materias primas necesarias para poner ideas juntas de forma novedosa y útil. Y unido a todo esto, sin personalidad y tendencia a "luchar contra molinos de viento" todas las grandes ideas que pueda tener el cerebro genial no saldrán a la luz, permanecerán ocultas y el implacable paso del tiempo las disolverá en el olvido. 

¿Es la regla de las 10.000 horas un mito?

Un umbral mínimo de inteligencia y de creatividad son necesarios para ser un fuera de serie, pero no basta con eso, después de cierta puntuación son más trascendentes otros criterios como el grado de ambición, la perseverancia, las circunstancias, las oportunidades, el esfuerzo invertido, el carácter, y el entorno y nivel socio-económico, que la brillantez intelectual.

El ensayista norteamericano Malcolm Gladwell un atleta, músico, genio científico u hombre de negocios no conquista el éxito únicamente a base de suerte y talento popularizó el concepto de la regla de las 10.000 horas. Antes de Gladwell, en 1973, los teóricos del deporte Simon & Chase estudiaron el juego de ajedrez y plantearon que "se requieren al menos diez años de práctica deliberada para alcanzar el nivel de deportista experto". Esta regla fue estudiada luego por numerosos analistas de disciplinas diversas como la natación (Kalinowski, 1985), las carreras de larga distancia (Wallingford, 1975), el fútbol (Helsen et al., 2000) y la música (Ericsson et al., 1993). Neurológicamente, 10.000 horas de práctica, 10 años de tesón e ilusión, parecía ser el mínimo sugerido por estos estudios para que una persona alcance la excelencia en la realización de una tarea compleja.


Pero un reciente estudio ha examinado diversas investigaciones en personas con un nivel de habilidad excepcional, y los autores han llegado a la conclusión de que la práctica deliberada tiene importancia, pero que no es el único factor que determina lo que ocurre.

Al examinar seis estudios sobre más de mil jugadores de ajedrez la práctica determinaba un 34% del resultado. Dentro de los grandes maestros los resultados demuestran una variación inmensa de las horas de práctica, desde 832 hasta 24284. Incluso el 13% de los jugadores de nivel intermedio tenía más horas de práctica que la media de los grandes maestros. ¿Y la música? Se llego a la conclusión de que la práctica deliberada representa un 30% de la diferencia en la actuación, según se mide por pruebas formales, valoraciones de expertos y rankings. Muchas personas no consiguieron el nivel máximo a pesar de dedicar bastante más de 10000 horas a la práctica y otros consiguieron el nivel máximo con bastante poca práctica.

Según ese estudio la práctica deliberada tiene una influencia en la excelencia, pero no es lo único que influye. Además influyen cosas como la inteligencia, la capacidad de memoria de trabajo, la personalidad y en general los genes. Los autores de ese estudio recalcan que cualquier persona no puede llegar a destacar en cualquier campo. Y que quizá es mejor que cada uno se dedique a aquellos campos en los que tenga más ventajas competitivas.

En resumen, la práctica deliberada es una condición necesaria pero no suficiente para la creación de un genio. Hay que tener el suficiente talento como para la práctica llegue a resultar realmente productiva.

A partir de ese talento base innato es innegable que la pasión y dedicación absoluta con la que afrontaban sus trabajos e investigaciones gente como Leonardo da Vinci, Isaac Newton, Nikola Tesla o Albert Einstein era un requisito indispensable para que su genialidad fructificase. Y, ¿qué es lo que hace que una persona se tome tan a en serio su trabajo? ¿Qué la induce a una entrega tan incondicional a él?

La respuesta a estas cuestiones parece estar en la noción de trabajo significativo. Un trabajo es significativo si reúne estos tres requisitos: 
  • Autonomía: permite a quien lo tiene ser su propio jefe, tomar iniciativas por su cuenta. 
  • Complejidad: es una actividad desafiante para nuestras facultades, al menos tanto como para que manejar y superar esa complejidad proporcione una alta recompensa intrínseca. 
  • Existe una relación perceptible entre esfuerzo y recompensa (extrínseca). Las recompensas intrínsecas las recauda la persona envuelta en un trabajo significativo mientras lo lleva a cabo y por ejecutarlo cada vez mejor. Las recompensas extrínsecas (fama, dinero, poder, etc.) las obtiene esa persona cuando  concluye su trabajo y presenta ante los demás los resultados del mismo.


6 comentarios :

  1. Interesantísimo, muchísimas gracias por compartir toda esta información de gran valor y ayuda para aquéllos (me incluyo) que siempre hemos pensado que los realmente inteligentes dotados de genialidad eran los que emplean menos tiempo y obtienen mejores resultados, recisamente por su capacidad intelectual.
    Gracias.

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  2. carlos alvarez berlana9 de enero de 2012, 11:10

    Después de mi último post , agradecer el buen criterio y las brillantes recopilaciones de Jesús González – que he revisado en su integridad tras tener la suerte de descubrir su blog -. Sólo una cantidad limitada de datos alcanzan nuestra consciencia , lo demás son ideas ocultas o percepciones subliminales . Jung dijo que la consciencia es un jinete ciego montado en un caballo loco . Yo lo comparo con un automóvil , si conduces un deportivo necesitas mucho control . Si tu mente es excesivamente creativa te asaltan demasiados impulsos , emociones e ideas . A la mente se la educa y se la alimenta . Es un complicado equilibrio , acercarse a la locura sin volverse loco , mantener la disciplina sin matar la creatividad . Además de la motivación , la perseverancia , cierta inteligencia , buena educación , añadiría las dotes sociales – goleman – para conseguir buenos contactos . Y uno de los nuevos aspectos de la inteligencia , la sensibilidad , en su vertiente perceptiva .

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  3. Brillante el artículo.

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  4. Hello, I love reading through your blog, I wanted to leave a little comment to support you and wish you a good continuation. Wish you best of luck for all your best efforts.
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