lunes, 6 de junio de 2011

La influencia oculta de nuestras redes sociales

“Para saber quienes somos tenemos que comprender cómo estamos conectados” James Fowler

¿Por qué pertenecemos a ellas? ¿Cómo se forman? ¿Cómo funcionan? ¿Hasta qué punto nos afectan?. Con cada paso que damos nos alejamos del individuo para integrarnos en una red social y el número de vínculos con otros seres humanos y la complejidad de esos vínculos crecen y crecen a gran velocidad. Nuestras conexiones afectan a muchos aspectos de nuestra vida cotidiana. Cómo nos sentimos, lo que sabemos, con quién nos casamos, si enfermamos o no, cuánto dinero ganamos y si votamos o dejamos de hacerlo son cosas todas ellas que dependen de los nexos que nos vinculan los unos a los otros.


Las redes sociales siempre están ahí, ejerciendo una influencia sutil y al mismo tiempo determinante en nuestras elecciones, acciones, pensamientos y sentimientos. Y también en nuestros deseos. Esas conexiones no terminan en las personas que conocemos, más allá de nuestros horizontes sociales, los amigos de los amigos de nuestros amigos pueden impulsar reacciones en cadena que acaben por alcanzarnos, como las olas que, venidas de tierras lejanas, rompen en nuestras playas.

Las personas estamos limitadas por la geografía, por la tecnología e incluso por los genes, y en virtud de todas estas cosas tenemos cierto tipo de relaciones sociales y determinado número de ellas. La clave para comprender a las personas es comprender los lazos que las unen. De igual modo que el cerebro hace cosas que una sola neurona no puede hacer, las redes pueden hacer cosas de las que una sola persona es incapaz.

A grandes rasgos, los científicos, los filósofos y todos los que han reflexionado sobre la sociedad se pueden dividir en dos grupos: los que piensan que los individuos controlan su destino y los que creen que la culpa de todo es de las fuerzas sociales. A ese enfoque le faltaría un tercer factor. Nuestras conexiones con otras personas son lo que más importa. Nuestras relaciones con los demás nos afectan a nuestras emociones, al sexo, a la salud, a la política, al dinero, a la evolución y a la tecnología. Para saber quiénes somos, debemos comprender cómo estamos conectados.


Durante décadas, sociólogos y filósofos han tenido la sospecha de que la conducta puede ser 'contagiosa'. Ya en los años 30 del siglo pasado, el sociólogo austriaco Jacob Moreno empezó a dibujar sociogramas, una especie de mapas de personas interconectadas por relaciones de amistad o trabajo, en busca de posibles correlaciones. Más recientemente, en 2006, un estudio de la Universidad de Princeton concluyó que si alguien tiene un hijo, hay un 15% más de probabilidades de que sus hermanos tengan uno en los dos años siguientes.

Nicholas Christakis empezó a preocuparse por este asunto del contagio social en 2000, a raíz de su experiencia de visitas a enfermos terminales en barrios obreros de Chicago. En 2002, un amigo común le presentó a James Fowler, estudiante de postgrado de Ciencias Políticas en Harvard. Fowler estaba investigando si el voto se contagiaba 'víricamente' de una persona a otra. El médico y el politólogo estaban de acuerdo en que el contagio social era una área importante de investigación. Y llegaron a la conclusión de que la única manera de resolver los interrogantes que planteaba era encontrar o recopilar un conjunto de datos relativo a miles de personas. Durante los años siguientes, Christakis y Fowler dirigieron un equipo que examinó todos esos datos. Cuando terminaron, tenían un mapa de las relaciones sociales de 5.124 personas que dibujaban una red de 53.228 conexiones entre amigos, familiares y compañeros de trabajo.

Con esa información, crearon un diagrama animado de toda la red social en la que cada habitante estaba representado por un punto que se hacía más grande o más pequeño en función de que hubiera ganado o perdido peso desde 1971. Cuando pusieron en marcha la animación, pudieron observar que la obesidad aumentaba por grupos. Los individuos no engordaban de manera aleatoria. Había grupos de gente interconectada que engordaban al mismo tiempo, mientras que en otros grupos permanecían todos igual y en otros adelgazaban todos. Cuando un habitante ganaba peso, había un 57% de probabilidades de que sus amigos también lo ganaran.

Fumar, según descubrieron, también parecía ser un hábito que se propagaba socialmente: un fumador incrementaba en un 36% las posibilidades de que un amigo suyo fumara. Y si el amigo del amigo de un amigo empezaba a fumar, las posibilidades de caer en el hábito del tabaco aumentaban un 11%. Beber se transmitía socialmente de una forma parecida. Y también lo hacían la felicidad o la soledad. Descubrieron que las personas que participaban en más círculos de amistad, aparte de tener mejor salud y más dinero, eran más felices que las personas 'aisladas'.


Se preguntaron si había algún componente innato en la capacidad de estar conectado y estudiaron el caso de 500 parejas de hermanos gemelos. Utilizando las técnicas estadísticas que se suelen usar para discriminar el peso de los factores genéticos y los factores ambientales en las diferencias de comportamiento de los hermanos gemelos, concluyeron que el 46% de la diferencia entre el nivel de conectividad de dos gemelos es achacable al ADN. "En general", concluyeron entonces, "una persona con cinco amigos tiene genes distintos que una persona con un amigo".

¿Qué es una red social?

Un grupo se puede definir por un atributo (por ejemplo, el de las mujeres, el de los demócratas, el de los abogados, el de los corredores de fondo) o como una colección específica de individuos a quienes, literalmente, podemos señalar («esas personas de ahí, las que hacen cola para entrar en el concierto»). Una red social es otra cosa. Aunque es, al igual que un grupo, una colección de personas, requiere también algo más: un conjunto específico de conexiones entre las personas que la componen. Estas conexiones y la particular relación que existe entre ellas resultan cruciales para comprender cómo operan las redes.

Pero al igual que los átomos pueden agruparse para formar grafito o un diamante, la manera de estructurar la red tiene un impacto en lo que ésta es capaz de hacer. Por ejemplo, las redes demasiado densas y en las que todos se conocen no son demasiado creativas, al igual que tampoco funcionan las redes en las que nadie conoce a nadie. La mejor forma de conectar a cien personas que tienen que apagar un fuego no tiene nada que ver con la mejor forma de organizar a cien personas que, por ejemplo, tienen que conseguir un objetivo militar.

Las redes sociales reales y cotidianas evolucionan orgánicamente a partir de la tendencia natural de toda persona a establecer relaciones y a hacer pocos o muchos amigos, a tener una familia grande o pequeña y a trabajar en lugares donde se establecen relaciones anodinas o acogedoras. Existen todo tipo de vínculos sociales y, por tanto, todo tipo de redes sociales. Somos nosotros quienes damos forma a nuestra red, los seres humanos organizan y reorganizan redes sociales continuamente. El primer ejemplo de esto es la homofilia, la tendencia consciente o inconsciente a asociarnos con personas que se parecen a nosotros (el término significa, literalmente, «amor a los iguales»). Tanto si se trata de los Testigos de Jehová, de los adictos al café, de coleccionistas de sellos o de aficionados al puenting, lo cierto es que buscamos a aquellas personas que comparten nuestros intereses, historias y sueños. Cada oveja con su pareja, o Dios los cría y ellos se juntan.

Pero también elegimos la estructura de nuestras redes sobre todo de tres formas. En primer lugar, decidimos a cuántas personas estamos conectados. ¿Queremos jugar a las damas y, por tanto, nos basta una sola persona, o al escondite, y entonces es mejor contar con más de una? ¿Queremos mantener el contacto con ese tío nuestro que está loco? ¿Queremos casarnos o seguir explorando el terreno? En segundo lugar, modificamos la forma en que nuestra familia y nuestros amigos están conectados. Al organizar el banquete de bodas, ¿colocamos al compañero de habitación del novio al lado de la dama de honor? ¿Montamos una fiesta para que se conozcan todos nuestros amigos? Si tengo dos socios y no se conocen, ¿los presento? Y en tercer lugar, controlamos en qué lugar de la red social nos encontramos: hacia el centro o hacia los márgenes. ¿Somos los reyes de la fiesta y nos relacionamos con todo el mundo o nos quedamos en un rincón? Las posibilidades son tan diversas que es asombrosa la variedad de estructuras de la red de la que acabamos formando parte.



Se puede conocer a centenares de personas de vista y de nombre, pero lo normal es que sólo mantengamos relaciones estrechas con unas pocas. Una de las formas que los sociólogos tienen de identificar a estas pocas es preguntar: ¿con quién habla de los asuntos importantes? O ¿con quién pasa su tiempo libre? Al responder a estas preguntas, la gente mencionará a una heterogénea mezcla de amigos, parientes, compañeros de trabajo, de estudios o de vecinos.

Recientemente se han hecho estas preguntas a una muestra de más de tres mil estadounidenses elegidos al azar y el estadounidense medio sólo tiene cuatro relaciones estrechas y que la mayoría tiene entre dos y seis. Tristemente, el 12 por ciento de los encuestados no mencionó a nadie con quien consultar los asuntos importantes o pasar el tiempo libre. En el otro extremo, el 5 por ciento de los estadounidenses tiene a ocho personas con quien hacer ambas cosas. Por otro lado, casi la mitad de esas personas (las personas con quienes pasar el tiempo libre o hablar de lo que nos importa) son amigos y la otra mitad pueden ser el cónyuge, los socios, los padres, los hermanos, los hijos, los compañeros de trabajo, los colegas del club, los vecinos y profesionales de ayuda. El sociólogo Peter Marsden ha llamado a este grupo de gente que todos tenemos «red de conversación nuclear». Por una encuesta de ámbito nacional hecha a 1.531 estadounidenses sabemos que el tamaño de la red de conversación nuclear disminuye a medida que envejecemos, que en esto no existen diferencias significativas entre hombres y mujeres y que las personas con un título universitario tienen redes de conversación nucleares casi dos veces más grandes que quienes no terminaron el instituto.

En el inmenso tapiz que forma la humanidad, toda persona está conectada con sus amigos, familia, compañeros de trabajo y vecinos, pero estas personas también están conectadas con sus amigos, familia, compañeros de trabajo y vecinos, etcétera, etcétera, hasta más allá del horizonte, hasta conectar a todos los habitantes de la Tierra de una forma o de otra. De modo que, aunque creamos que nuestra propia red tiene un alcance social y geográfico limitado, las redes que nos rodean a todos y cada uno de nosotros tienen muchas conexiones entre sí. Este rasgo estructural de las redes es lo que subyace a la expresión «el mundo es un pañuelo».

Nuestro lugar en la red nos afecta. La vida de una persona sin un solo amigo es muy diferente a la vida de una persona con muchos amigos. Nuestros amigos nos influyen, una de las cosas que más determinan el flujo es la tendencia de los seres humanos a influenciarse y a copiarse entre sí. Lo normal es que toda persona mantenga muchos vínculos directos con una gran variedad de gente, incluidos padres e hijos, hermanos y hermanas, cónyuges (y ex cónyuges simpáticos y amables), jefes y compañeros de trabajo, y vecinos y amigos. Y cada uno de esos vínculos nos ofrece oportunidades de influir y de recibir influencias. Si un estudiante de un colegio mayor tiene un compañero de habitación estudioso, se vuelve más estudioso. Los comensales que se sientan al lado de una persona que come mucho comen más.

Quien tiene un vecino que cuida de su jardín también cuida de su jardín. Así pues, esa simple tendencia que consiste en que una persona influya en otra tiene tremendas consecuencias cuando nos fijamos en algo más que en nuestras conexiones inmediatas. Nuestros amigos y nuestra familia pueden influir en las cosas que hacemos, como ganar peso o ir a votar. Pero los amigos y la familia de nuestros amigos también nos pueden influir. Es lo que se llama difusión hiperdiádica, es decir, la tendencia de los efectos a pasar de persona en persona más allá de los vínculos sociales directos de un individuo.

El experimento de Stanley Milgram y la regla de los tres grados de separación

El célebre experimento del psicólogo Stanley Milgram realizado en una acera ilustra la importancia del refuerzo de múltiples personas. En 1968 en Nueva York, en dos frías tardes de invierno, Milgram observó el comportamiento de 1.424 viandantes mientras caminaban por un tramo de acera de quince metros. Situó «grupos de estímulo» formados por desde uno hasta quince de sus ayudantes. Siguiendo sus indicaciones, estos grupos artificiales se paraban y miraban hacia una ventana del sexto piso de un edificio cercano durante un minuto exactamente. En la ventana no había nada interesante, tan sólo estaba otro de los ayudantes de Milgram. El psicólogo grabó el experimento y, a continuación, sus ayudantes contaron el número de personas que se paraban y miraban adonde miraban los grupos de estímulo. Si el 4 por ciento de los viandantes se detenía cuando ese «grupo» estaba compuesto por una persona, hasta el 40 por ciento lo hacía cuando el grupo estaba compuesto por quince. Evidentemente, que los viandantes se detuvieran o no a imitar un comportamiento tenía mucho que ver con el tamaño del grupo con que se encontraban.


Un porcentaje aún mayor de peatones imitó la acción del grupo de forma incompleta: miraron adonde estaba mirando el grupo de estímulo, pero no se detuvieron. Si la mirada de una sola persona modificó la del 42 por ciento de los viandantes, la mirada de quince personas modificó la del 86 por ciento. Más interesante que esta diferencia, sin embargo, es que el grupo de estímulo compuesto por cinco personas influyera casi tanto en el comportamiento de los viandantes como el grupo de quince. Es decir, en este escenario, los grupos compuestos por más de cinco personas casi no causaban ningún efecto nuevo en la conducta de los peatones. El dato más interesante es que los grupos de estímulo de sólo 5 personas estimulaban tanto a los viandantes como el grupo de 15. Es decir, a partir de 5 personas podemos crear un estímulo suficientemente poderoso en la gente. Un estímulo que probablemente esté detrás de muchos comportamientos colectivos, la histeria de masas o hasta la identificación positiva de ovnis y otros fenómenos sobrenaturales.

Stanley Milgram ideó otro experimento mucho más famoso que demostró que todas las personas del mundo estamos conectadas por una media de «seis grados de separación» (tu amigo está a un grado de ti, el amigo de tu amigo está a dos grados, y así sucesivamente). Este experimento, que Milgram llevó a cabo en la década de 1960, consistió en entregar a cien personas de Nebraska una carta dirigida a un hombre de negocios de Boston que vivía a casi dos mil kilómetros. Milgram pidió a los ciudadanos de Nebraska que enviasen la carta a la persona que, entre todos sus conocidos, más posibilidades tuviera de conocer al hombre de negocios de Boston y contó el número de destinatarios que tuvo la carta hasta llegar a ese hombre. De media, hicieron falta seis destinatarios, incluido el bostoniano. Este hecho asombroso dio pie a diversas investigaciones sobre la idea de que «el mundo es un pañuelo», y caló en la cultura popular. En el año 2002, el físico devenido en sociólogo Duncan Watts y sus colegas Peter Dodds y Roby Muhamad decidieron reproducir el experimento de Milgram a escala global, sólo que esta vez emplearon el correo electrónico en lugar del postal. Reclutaron a más de noventa y ocho mil personas (estadounidenses en su mayoría) y les pidieron que enviasen un mensaje a diversos «objetivos» repartidos por todo el planeta con la condición de que se lo enviasen a aquel de sus conocidos que en su opinión más posibilidades tuviera de conocer a la persona-objetivo. A todas las personas del numeroso grupo inicial se les asignó al azar un objetivo de una lista de dieciocho objetivos posibles de trece países distintos. Entre los objetivos se encontraban un profesor de una importante universidad estadounidense, un inspector de bibliotecas de Estonia, un consultor tecnológico de la India, un policía de Australia y un veterinario del Ejército noruego; es decir, un conjunto variopinto. De nuevo y para pasmo de todos, de media sólo hicieron falta seis pasos para que el mensaje de correo original llegara a cada destinatario final, con lo cual quedaba refrendado el experimento de Milgram sobre la «pequeñez» del mundo.

Sin embargo, que todos estemos conectados con todos los demás por seis grados de separación no significa que tengamos alguna influencia sobre todas esas personas que se encuentran a determinada distancia social de nosotros. El grado de influencia de las redes sociales obedece a lo que llamamos Regla de los Tres Grados de Influencia. Todo lo que hacemos o decimos tiende a difundirse —como las olas— por nuestra red y tiene cierto impacto en nuestros amigos (un grado), en los amigos de nuestros amigos (dos grados) e incluso en los amigos de los amigos de nuestros amigos (tres grados). Nuestra influencia se disipa gradualmente y deja de tener un efecto perceptible en las personas que se encuentran más allá de tres grados de separación. Estamos influidos por amigos que se encuentran a tres grados de separación de nosotros pero, en general, no por quienes están más lejos.

La Regla de los Tres Grados se puede aplicar a un amplio abanico de actitudes, sentimientos y conductas y a fenómenos tan diversos como las opiniones políticas, la obesidad y la felicidad. Los consejos boca a boca para los asuntos cotidianos (encontrar un buen profesor de piano o un hogar para regalar a un cachorro) también suelen difundirse tres grados. Al igual que las ondas que forma una piedra al caer en un estanque, la influencia que podemos ejercer en los demás acaba por agotarse. Cuando tiramos la piedra, desplazamos cierto volumen de agua, pero la energía de la ola se va disipando a medida que se expande. Así que, tanto si dejamos de fumar como si votamos a este o a aquel candidato, cuando ambos hechos llegan al conocimiento de los amigos de los amigos de nuestros amigos, es muy posible que esas personas no reciban ya información fiable sobre lo que en realidad hicimos. Llamamos a esto explicación de la decadencia intrínseca. En segundo lugar, la influencia puede disminuir porque, a causa de su inevitable evolución, la red misma contribuye a que los vínculos que quedan más allá de los tres grados sean inalcanzables. Los vínculos de las redes no duran siempre: los amigos dejan de ser amigos, los vecinos se mudan, los esposos se divorcian, las personas.

Veamos para terminar algunos campos y ejemplos prácticos en los que la influencia de nuestras redes sociales está demostrado

Comportamiento ético

La gente que nos rodea nos puede moldear más de lo que creemos. Un ejemplo muy ilustrativo de esta afirmación es el relativo a la difusión interpersonal del comportamiento delictivo.

Es típico que los actos de agresión se expandan hacia afuera desde su punto de partida, como en una riña de bar cuando un hombre ataca y otro lo esquiva, de modo que es un tercer hombre el que recibe el golpe y muy pronto los puñetazos vuelan por todas partes. La propagación de la violencia entre personas quizá no debería sorprendernos tanto. Como suele decirse: «los amigos de mis amigos son mis amigos»; pero también: «los enemigos de mis enemigos son mis amigos», al igual que el amigo de mi enemigo es mi enemigo. En Estados Unidos, en el 75 por ciento de los homicidios están involucradas personas que ya se conocían y que a menudo tenían una relación muy estrecha. Si se está preguntando quién puede ser la persona que le quite la vida, fíjese en quienes están a su alrededor. Pero en su red social también está la persona que se la puede salvar.

Si se rompe una ventana y se deja sin arreglar, la gente que pase por delante deducirá que a nadie le importa el asunto y nadie se ocupa de arreglarla. Al poco tiempo aparecen más ventanas con los cristales rotos, y en seguida el edificio afectado transmite cierta sensación de anarquía a toda la calle, con la consigna de que todo vale. La teoría de las ventanas rotas y la del poder del contexto vienen a ser una misma cosa. Ambas se basan en la premisa de que se puede invertir un proceso epidémico con sólo modificar pequeños detalles del entorno inmediato.

Por supuesto, el contagio de la bondad se produce de manera similar. Dejando a un lado que nacemos predispuestos al altruismo y la cooperación (al menos aparente) y que el sentido moral nace de serie, el entorno puede subrayarlo o debilitarlo. Por ejemplo, en un entorno social donde predominan las personas buenas, habrá menos posibilidades de que haya personas malas.

La gente buena tiene más amigos, tiene más gente alrededor para prestar atención a sus anécdotas, a sus gustos literarios, musicales o directamente estéticos, a sus ideas, en definitiva, y eso provoca que la esencia de la gente buena se reproduzca con mayor facilidad en los demás, en el acervo cultural en el que estamos inmersos. La gente amable influye y persuade a un mayor número de personas en su vida.

Felicidad

No hay nada mejor que tener amigos optimistas y alegres para que nuestro cerebro refleje ese estado de ánimo, como un espejo perfectamente pulimentado. Rodearte de amigos felices no sólo te hace más feliz, sino que te permite hacer feliz a más gente; y también a tus propios amigos felices, por supuesto. Las sonrisas se propagan así como el bostezo: basta que veamos a alguien bostezar para sentir la necesidad irrefrenable del bostezo.


Uno de los estudios más importantes sobre el contagio de la felicidad, el Framingham Heart Study, publicó sus análisis en la revista British Medical Journal, en enero de 2009. En él se recogieron y analizaron la información personal, social y clínica desde 1945 de casi 5.000 personas que vivían en la localidad de Framingham, Massachussets. Los resultados confirman que la felicidad se contagia por la red social, y que este contagio se produce entre amigos o familiares, y no tanto entre compañeros de trabajo.

Los análisis matemáticos de la red sugieren que una persona tiene alrededor de un 15 por ciento más de probabilidades de ser feliz si está conectada directamente (con un grado de separación) con una persona feliz. Y la propagación de la felicidad no se detiene aquí. Las personas que se encuentran a dos grados de separación (el amigo de un amigo) de una persona que es feliz tienen un diez por ciento más de probabilidades de ser felices, y las personas que están a tres grados de separación (el amigo de un amigo de mi amigo) tienen alrededor de un seis por ciento más de probabilidades de ser felices. A cuatro grados de separación, no hay incidencia.

Atracción

La mejor forma de que los demás se convenzan de que somos atractivos es que ya haya gente convencida de que somos atractivos. La valoración del atractivo de hombres y mujeres es contagiosa. Para demostrar esto se realizó un famoso experimento en el que se mostraron varias fotografías de hombres un grupo de mujeres para escoger a los más atractivos. Más tarde, se enseñaron varios pares de fotografías de dos hombres igualmente atractivos a otro grupo de mujeres, pero entre par y par de fotografías, se insertó una de una mujer que “miraba” a uno de los hombres.

La mujer en cuestión tenía una sonrisa en la boca o, por el contrario, una expresión neutra. Pues bien, los hombres de las fotos resultaron finalmente más atractivos a las mujeres cuando se interpolaba la imagen de una mujer sonriente. En otro estudio, otro grupo de mujeres valoraba también el atractivo de unos hombres que aparecían en unas fotografías. Las fotos iban acompañadas de unas descripciones breves. Pues cuando en la descripción se incluía el dato de que el hombre estaba casado, la valoración de la mujer mejoraba.

Las fotografías en las que un hombre aparece con su novia también incrementan el atractivo del hombre. Pero cuidado, la novia no puede ser del montón. Sólo aumenta considerablemente el atractivo del hombre en el caso de que la novia sea también atractiva. Esta tendencia tiene sentido desde un punto de vista evolutivo: una forma rápida y eficaz de evaluar las características de un hombre es basarse en su éxito con otras mujeres que probablemente ya las habrán valorado profundamente. Algo así como un atajo. En términos de tiempo y energía, un gran atajo.

El psicólogo Daniel Gilbert demostró que cuando una mujer quiere saber lo bien que se lo puede pasar con un hombre con el que está a punto de salir, la opinión de alguna mujer con quien ese hombre ya haya salido es mucho más valiosa que conocerlo todo de él.

Pero ¿y las mujeres? En esta línea, ¿qué clase de detalles hacen que resulten irresistibles para un hombre? ¿También fotografiarse rodeada de hombres sonrientes?. No. En absoluto: los varones suelen ser menos quisquillosos que las mujeres y, por tanto, la opinión de los demás les importa menos. Por otra parte, la presencia de otros hombres les sugiere otra cosa, a saber, que puede llevar mucho tiempo (y resulta muy estresante) competir por el interés de una mujer tan solicitada.

Elección de pareja

Según el Sondeo Nacional de Salud y Vida Social realizado en EEUU a 3.422 personas de entre 18 y 59 años en 1992 alrededor del 68 % de las personas del estudio conocieron a sus cónyuges después de que los presentara alguien a quien conocían. Esto demuestra que instintivamente depositamos una gran confianza en amigos y familiares a la hora de que nos presenten posibles relaciones. Esto sucedería porque resulta ser un atajo muy interesante. Es decir, cuando conocemos a una persona nada sabemos de ella. Sin embargo, cuando son otros los que nos presentan a alguien, tienen información sobre nosotros y también sobre nuestra potencial pareja. Incluso es posible que conozcan detalles muy importantes y personales que pueden resultar cruciales para trabar una afinidad profunda.

Pero ¿y las personas que se conocen por azar y no por mediación de otros? Pues resulta que no es exactamente el azar el encargado de juntar a la mayoría de estas parejas. El Sondeo también preguntó a los encuestados dónde suelen conocer a sus parejas. Y el 60 % de los sujetos del estudio conocieron a sus cónyuges en el instituto o en la universidad, en el trabajo, en una fiesta, en la iglesia o en un club social. Es decir, lugares que suelen congregar a personas que comparten determinadas características. Sólo el 10 % conoció a sus esposas en un bar, por medio de un anuncio personal o en el lugar donde pasaba las vacaciones, donde la diversidad es mayor pero el número de tipos de personas que pueden llegar a ser pareja sigue siendo limitado.

Tened los ojos abiertos en los lugares donde acuden personas parecidas a vosotros. Sin embargo, los sitios donde se conoce a la gente para entablar futuras relaciones pueden cambiar con los años. De hecho, ahora mismo están cambiando a pasos agigantados. Por ejemplo, entre 1914 y 1969, del 15 al 20 % de los encuestados de un estudio llevado en Francia a lo largo de la historia del flirteo de todo el siglo XX, declararon haber conocido a las personas con quienes se casaron en el barrio. Pero en el año 1984, el porcentaje descendió hasta el 3 %, lo cual refleja el declive de los vínculos sociales basados en la proximidad geográfica como consecuencia de la modernidad y del crecimiento de las ciudades. Con la llegada de Internet, las cosas cambian aún más deprisa. Año a año, las personas que se han casado a través de las redes sociales de Internet crecen exponencialmente. Según una encuesta realizada en EEUU, casi 3 millones de parejas iniciaron relaciones duraderas o incluso se habían casado gracias a Internet. En el 2006 uno de cada 9 estadounidenses utilizaban servicios de encuentro de parejas en línea. De ellos, el 43% terminaron teniendo una relación de pareja real y 17% terminaron casándose.

Obesidad

La obesidad tiene mucho que ver con los vínculos familiares y sociales. Según un estudio de la Escuela de Medicina de Harvard y la Universidad de California, tener un amigo obeso aumenta las probabilidades de serlo uno mismo en un 57%. En las relaciones familiares parece ser que los porcentajes son menores aunque siguen siendo muy altos: 40% si se trata de un hermano o hermana y 37% si el obeso o la obesa es el o la cónyuge.




El análisis que hacen no ha sido tomando datos a la ligera: 32 años, más de 12000 pacientes y medidas de evaluaciones médicas y de índices de masa corporal para amigos e incluso vecinos. Y, por cierto, el estudio al parecer también implica lo mismo para el lado opuesto: la delgadez también es “contagiosa”.

Conexión entre redes sociales y vinculación social

En Netville, un barrio de las fueras de Toronto, a finales de la década de 1990, se empezó a instalar tecnología de banda ancha gratuita y disponible para todos los vecinos. Todos los habitantes de las 109 viviendas unifamiliares nuevas del barrio de Netville tendría acceso libre a Internet de alta velocidad y una variedad de servicios on line que iban desde la atención sanitaria a foros de debate locales. Bien, la cuestión es que el 60 % recibió este paquete de servicios y el 40 % restante no. Se formaron así dos grupos. Un grupo de conectados y otro de desconectados. Sin darse cuenta, empezaron a formar parte de un interesante experimento natural.

Se estudió el efecto de la nueva tecnología en las interacciones de la comunidad y los resultados fueron diametralmente opuestos a los que promulgan los agoreros o los reticentes a las nuevas tecnologías. Los residentes con acceso a estos servicios desarrollaron conexiones más amplias y profundas con otros y establecieron un mayor número de vínculos con sus vecinos. Una comparación entre los vecinos conectados y no conectados reveló que los primeros conocían a muchos más vecinos por su nombre de pila (25 frente a 8), hablaban con el doble de vecinos de manera regular (6 frente a 3), habían visitado en más ocasiones la casa de sus vecinos en los últimos seis meses (5 frente a 3) y los telefoneaban con mucha mayor frecuencia (22 llamadas al mes frente a 6). Estos vínculos electrónicos también ayudaron a preservar los vínculos e interacciones entre los residentes de Netville y los amigos que tenían antes de cambiar de barrio y que vivían a cierta distancia.

Por si esto fuera poco, los conectados de Netville también ejercieron mejor sus derechos cívicos. Los conectados usaron la tecnología para organizarse mejor y protestar contra el promotor que había construido sus casas debido a que presentaban algunos defectos.

8 comentarios :

  1. Pues haciendo referencia a este post, voy a indicar que me sorprende el hecho de que no haya ningún comentario, al contrario que en otros, ya que me parece igual de interesante que muchos otros publicados por ti. Pero como he dicho, haciendo referencia e inmiscuyendo al propio post en mi respuesta, he de decir que la ausencia de comentarios creo que se debe a la gran extensión del post, y a que a partir de la mitad aproximadamente y después de ver 2 vídeos se hace ligeramente pesado, valga la contradicción, de forma que la gente no comenta porque no puede tener una opinión firme acerca de él ya que no lo termina, y dice "cómo voy a escribir una opinión, si no lo he leído entero". Pues bien, yo voy a ser la primera excepción, me gusta ser la excepción, y a pesar de haber leído sólo la mitad del post, quizás ni eso, voy a escribir el primer comentario. Quizá eso haga que mucha más gente comente, ya que, como bien se explica en este artículo, tendemos a copiarnos y relacionarnos... no?
    Un saludo, y muy buen medio-artículo, jeje..

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    1. Gracias por las palabras y por el apunte Iván, muy amable.

      Siempre se agradecen los comentarios, sin lugar a dudas son unas de las vías que enriquecen más un blog. Pero igualmente no es la única referencia que tengo para saber si un artículo gusta o resulta de interés. Según diferentes herramientas de monitorización puedo ver las visitas por artículo, el tiempo promedio que un visitante permanece en él, las veces que se ha podido compartir en otros medios, etc. La verdad es que aunque hasta hoy no hubiese comentarios sé que el post ha interesado bastante según lo que me indican esas métricas.

      Sobre tu comentario acerca de la extensión... efectivamente la mayoría de los post del blog por lo general tienden a tener una extensión bastante larga. Puestos a elegir prefiero optar por entrar en detalle y profundizar que por lo contrario, pero soy consciente de que en ocasiones si se lleva al extremo puede provocar que el lector se canse a mitad del texto y lo deje, de hecho me parece una buena autocrítica. Al menos en los últimos posts publicados sí que trato de contar y expresar lo necesario en el menor número de párrafos posibles... sin llegar a perder la esencia del blog, que es la de tratar los temas con rigor y con detalle.

      Un saludo

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  2. hola jpgfonseca!! qué métricas son esas? interesante poder saber cuánto tiempo alguien lee un artículo.... interesante el artículo de las redes sociales también ;)

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    1. Hay varias alternativas, pero por ejemplo Google proporciona Google Analytics, un sistema gratuito que te permite monitorizar toda la actividad que hay en un blog/web, saber desde qué fuentes llega la gente, las páginas más visitadas, desde qué lugar geográfico llegan, el tiempo que permanecen en el sitio, etc.

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  3. Estos estudios confirmarían la necesidad del elitismo social semi-hermético para mantener una vanguardia en contextos varios que genere progreso. Como siempre, buen artículo.

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  4. Muy interesante el artículo!

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  5. Muy buen artículo.
    No se me hizo largo, y a pesar de que mucha información ya la había escuchado, vino muy actualizada, con gran parte nueva (cosas que ví en la facultad hace 30 años, pero vistas con herramientas de Google y a una escala global que antes era impensable).
    Me parece que el artículo resulta más interesante a dos grupos de gente solamente:
    - Los mayores (es mi caso), que tuvieron más experiencias negativas y positivas de vida, y a medida que leén el artículo arman comparaciones en su mente, con experiencias ya vividas.
    - Los que son naturalmente curiosos y sociales, los que "les gusta la gente" y tratan de entender su comportamiento.
    Las personas introvertidas, o que se sienten autosuficientes, o los que usan internet como esparcimiento después del trabajo, no van a llegar al final de este artículo, y eso no te tiene que afectar, ni desanimar a escribir otro similar. Como muchos temas (física cuántica, política, o el funcionamiento de un magnetrón de radar), la sociología no es para todos, sin que esto sea un comentario negativo para nadie.
    Muy interesante blog.
    Abrazo.

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  6. exelente informacion, la verdad todo de este bog es muy interesante y de gran utilidad para aclarar duda.
    Las redes sociales..... fue lo que mas me cautivo ya que no me habia percatado que asi funciona la sociedad, por redes, y todo lo que le pasa a uno le pasa al otro, se tran iten, ya sean los estados de animos, la buen suerte o la mala, todo se transmite.
    saludos

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