domingo, 13 de febrero de 2011

Somos más ricos, pero no necesariamente más felices

¿Por qué el aumento de la riqueza en occidente en los últimos 50 años no ha tenido su reflejo en un incremento del bienestar y la felicidad?

Desde que los científicos sociales de la Universidad de Pensilvania descubrieron que los millonarios norteamericanos que viven en sus mansiones son apenas más felices que los guerreros Masai que viven en chozas en Africa, algunos economistas han estado restando importancia al vínculo entre el dinero y el estar satisfecho.

Ser rico no siempre significa ser feliz. Está claro, y en este mismo blog hemos desarrollado el tema (ver ¿Puede el dinero comprar la felicidad?), pero... ¿qué nos hace felices? El mundo occidental constituye la gran paradoja de la felicidad. Tenemos mayor calidad de vida, una mejor asistencia sanitaria, ganamos más dinero… que hace apenas 50 años, aumenta ininterrumpidamente la riqueza y sin embargo los niveles de bienestar están estancados.




Ya son décadas de trabajo evaluando la felicidad y uno de los datos cruciales que hemos podido observar es que, a pesar del enorme aumento de la riqueza vivido en el último medio siglo en los países ricos, los niveles de felicidad no han aumentado. Los niveles de calidad de vida han aumentado de manera dramática, pero los de felicidad no han experimentado similar aumento y en algunos casos, hasta ha disminuido


Cuando se cruzan las medidas de renta per capita contra porcentaje de felicidad (porcentaje ‘muy feliz’) en Estados Unidos y Gran Bretaña, se encuentra algo sorprendente: si bien la renta crece de manera consistente, la felicidad se mantiene casi horizontal, en niveles inferiores al máximo histórico del lustro 1955-1960. Es decir, aunque a nivel social se mejore el individuo no mejora a ‘más feliz’ similarmente. En Europa, donde los estudios sobre la felicidad sólo comenzaron a partir de 1975, hay una leve tendencia ascendente en la felicidad para algunos países, pero baja en otros. En general, el aumento en felicidad es pequeño si se compara con los cambios en los niveles de ingresos. A quienes se muestran escépticos con las encuestas de opinión, se les podría citar infinidad de estudios que han seguido a las mismas personas durante un periodo de tiempo muy largo. La conclusión es la misma: no llegaron a ser más felices aunque se hicieran más ricos.

Los datos sugieren que, de manera general, los países más ricos tienden a ser más felices que los países más pobres, pero una vez que uno ha conseguido tener un techo, comida y ropa, el dinero extra no hace a la gente más feliz. La World Database of Hapiness de Rotterdam, Holanda, reúne más de 3.000 estudios científicos publicados sobre la felicidad en los últimos 20 años. Allí definen a la felicidad como la apreciación subjetiva de la vida o dicho de otro modo, cuánto le gusta a uno la vida que lleva. Según esos trabajos se puede trazar un mapa de los países más y menos felices de la Tierra. ¿Con qué resultado?: los escandinavos (especialmente Dinamarca, Islandia y Finlandia) a la cabeza, los africanos Tanzania y Zimbabue al fondo de la tabla y los latinos en el medio, registrando un plus de alegría basado en fuertes vínculos familiares que hace que se registre una mayor independencia entre contento e indicadores económicos y políticos. Las principales variables que hacen más felices a los países escandinavos es que se trata de países ricos, democráticos, bien gobernados y que ofrecen un amplio abanico de posibilidades y de libertades a sus poblaciones.


Hoy la sociedad occidental es más rica que nunca en su historia, pero sus integrantes individuales no son más felices. Tienen vidas más cómodas: cuentan con más alimentos, más ropa, coches, casas, clima artificial, vacaciones, semana laboral más corta, trabajos agradables, mejor salud y vidas más largas. Sin embargo, tal parece que su felicidad se ha reducido (especialmente destacado el caso femenino que abordamos al final de la entrada), o como mínimo estancado. Nuestros padres y abuelos no tenían tantas alternativas, en muchos aspectos, su camino estaba escrito y en cambio parecían estar igual de felices que nosotros. Entre tanta abundancia‚ ¿somos capaces nosotros de encontrar la felicidad?

Hasta hace poco apenas contábamos con datos científicos que nos permitieran responder a estas preguntas. Ahora, diversos estudios de psicología, neurología, sociología y economía nos demuestran que hay factores externos que no dependen tanto de la naturaleza del individuo y que son cruciales para alcanzar la felicidad. En la actualidad prestigiosos economistas han hecho aportaciones a la economía de la felicidad, como pueden ser Richard Layard, Carol Graham, Alberto Alessina o Gary Becker.



Richard Layard, reputado economista británico, argumenta cómo por primera vez se puede medir la felicidad de una población de una manera objetiva. Y que los resultados de décadas de encuestas y escaneos cerebrales muestran que, una vez pasado el nivel de subsistencia, lo que nos importa de verdad es si el pasto del vecino es más verde que el nuestro. "Obviamente, para quienes viven con menos del sueldo mínimo un aumento en el ingreso contribuye a la felicidad. Lo vemos en los países pobres y vemos también que los países ricos son más felices que los pobres. Pero una vez que se supera ese punto, lo que la gente quiere es un mayor ingreso en comparación con los demás. Esto significa que si el país entero se vuelve más rico, no aumenta la felicidad de sus habitantes porque todos se volvieron más ricos y entonces no aumenta su ingreso relativo"

Comparación social y la noria hedonista

La denominada economía de la felicidad contribuye a explicar estos hechos. El aumento de la renta de los individuos les permite disfrutar de mayores bienes y de bienes más caros, lo que les produce un aumento en su satisfacción y felicidad, pero estos logros son temporales porque según aumenta su estatus esos bienes se convierten en necesidades, su posesión no reporta felicidad y su ausencia se toma como una privación.

Los estudios sobre la economía de la felicidad son relativamente recientes pero están extendiéndose rápidamente, especialmente desde que el psicólogo Daniel Kahneman obtuvo el Premio Nobel de Economía en 2002 por sus aportaciones a la teoría de la prospección según la cual los individuos toman decisiones evaluando pérdidas y ganancias.

Como se ha dicho, la influencia de la renta sobre la felicidad no es lineal ni directa. Y esto se cumple tanto a nivel macro como microeconómico. Diversos estudios encuentran que en el caso de países subdesarrollados hay una relación positiva entre nivel de renta y bienestar, pero no la hay en países de renta per cápita superior a 20.000 dólares anuales. Así, en países como Estados Unidos, Japón o Reino Unido el nivel de felicidad no ha variado desde los años cincuenta. A nivel del individuo, el economista Richard Easterling señaló que los niveles de renta absolutos importan pero hasta un cierto punto, a partir del cual importan más las diferencias de renta relativas. Es decir, comprarse un coche de gran cilindrada no proporciona satisfacción si todos los vecinos o los compañeros lo tienen. Esto conlleva a que incrementar las posibilidades económicas de todos no mejora la felicidad. Es decir, el cambio de los patrones de referencia nos dejaría en la misma posición relativa. Esta importancia en la posición relativa y en los grupos de referencia es lo que explica que lo que inicialmente se podrían considerar lujos pasen a convertirse en necesidades.


Según Easterlin, la privación y la pobreza resultan muy nocivas para la felicidad, pero una vez las necesidades básicas están cubiertas, lo que nos reporta satisfacción no es la renta absoluta sino la relativa y, a lo sumo, el efecto de la renta en términos absolutos es meramente transitorio. La lógica de fondo tiene un origen psicológico. La mente humana carece de una métrica interna que asigne valía a todo bien o condición, por lo que recurre a la comparación como método de valoración habitual. En el caso de los ingresos, les atribuimos más valor cuanto mayor sea su cuantía respecto a dos baremos: lo que perciben nuestros allegados (comparación social) y los propios ingresos de ayer. En la comparación retrospectiva, cabe tener en cuenta que el individuo se adapta eventualmente a casi cualquier situación y, en el caso de un aumento de la renta, esa adaptación conlleva una revisión al alza de las exigencias y aspiraciones: cuanto más ganamos, más aspiramos a ganar (expectativas adaptativas). Esa teoría (estabilidad hedónica o hedonic treadmill) explica por qué un aumento de la riqueza sólo ejerce un impacto temporal y efímero sobre la felicidad.

Desde esta perspectiva, la comparación social justifica por qué si ganamos más dinero que nuestros conciudadanos o que el país vecino, nos sentimos más satisfechos. Por otra parte, cuando la economía prospera, tanto el «listón» social como el retrospectivo se elevan de modo que un aumento de los ingresos, en un contexto de crecimiento económico, no procura una influencia permanente sobre la felicidad. Como mucho, reporta una mejoría transitoria hasta que las aspiraciones se ajusten completamente a las nuevas circunstancias. Ello explica la tendencia humana a permanecer en un nivel relativamente estable de felicidad.

No todo es la prosperidad material

Pero aunque es cierto que la gente deplora la pobreza extrema, una vez que se resuelven las necesidades básicas, hay más en la vida que la prosperidad material, los factores económicos pueden en algunos casos mejorar la sensación de felicidad, pero en ninguno garantizan la felicidad plena. Hay más variables que influyen en la ecuación de la felicidad, y aunque alcancemos un tope en aspectos monetarios, que seamos a partir de ahí más o menos felices depende de otros aspectos ajenos a la acumulación de dinero. Eso explicaría el estancamiento del bienestar promedio en las sociedades occidentales, las mejoras atribuibles al nivel económico ya han sido reflejadas, posteriores mejoras depederían de otros aspectos que no se reflejan en el PIB de un país.

La gente quiere también otras cosas, como la seguridad y la capacidad de confiar en los demás. Richard Layard afirma que las circunstancias familiares, el empleo y la salud eran todos más importantes, hasta cierto punto, que el bienestar de un buen ingreso. Los países ricos pueden ser más felices que los pobres, pero una vez atravesado un determinado umbral la conexión se hace más débil y una mayor cantidad de efectivo no puede comprar una mayor cuota de felicidad, o al menos así lo cuenta la teoría.

Sir Richard Layard, acuñó el término «los siete grandes» para referirse a los principales determinantes de la felicidad: las relaciones familiares; un trabajo estable y gratificante; la comunidad y los amigos; la salud; la libertad individual; los valores personales, y, cómo no, la situación financiera.

Sin embargo, los mismos sondeos sugieren que el dinero no es, ni mucho menos, la dimensión vital que más nos afecta. En una escala de 10 a 100, una separación matrimonial disminuye nuestro bienestar en 8 puntos y quedarnos sin trabajo o el deterioro físico lo reducen en 6, mientras que la pérdida de una tercera parte de los ingresos familiares sólo resta 2 puntos. Así pues, el impacto directo de cambios en la renta sobre la felicidad se anticipa modesto, sobre todo en relación con el que procuran las circunstancias familiares, el desempleo o la salud.




Al analizar las naciones desarrolladas, Layard considera que la prosperidad económica se ha visto contrarrestada por el aumento de la infelicidad derivado de unas relaciones sociales menos armoniosas o a la pérdida de confianza y la destrucción de la vida social, en buena medida motivada por el individualista tipo de vida que promueve nuestra sociedad, acompañadas de la pérdida de valores personales, han contribuido a destruir la percepción de felicidad. La vida no es un juego de suma-cero, en el cual la ganancia de uno es la pérdida de otro. Es un juego cooperativo, la coordinación de acciones que puede llevarnos a niveles de bienestar superiores a los que podríamos alcanzar de manera independiente. Una de las pruebas de la felicidad es preguntarnos si el mundo nos parece un lugar agradable. Necesitamos tener amigos fuera y dentro de nosotros.

En nuestra felicidad en la vida adulta influye una combinación de factores. Nuestra situación financiera juega una parte. Otros elementos importantes incluyen el ambiente del trabajo, la calidad de las relaciones familiares y de las amistades, y el estado de salud. Asimismo, son factores clave el grado de libertad personal y la clase de valores personales que tenemos. Estudios realizados en Argentina mostraron que la relación entre nivel de ingreso y felicidad es relativa y que la población puede separar su grado de bienestar económico de otros factores por la importancia que se les da a la familia y los afectos. Así, es común que se declaren a la vez altos niveles de felicidad y bajos niveles de bienestar económico.

El estudio realizado po el centro de Investigaciones en Epistemología de las Ciencias Económicas de la facultad de Ciencias Económicas de la UBA compara los niveles de felicidad medidos en 2006 y 2007. Y mientras en 2006 el 84% de los consultados evaluaba su bienestar económico como "regular", "malo" o "muy malo", el 73,5% decía al mismo tiempo sentirse "feliz" o "muy feliz". El indicador de bienestar subiría en 2007 (de 16% a 26,8% el número de personas que definía a su índice de bienestar económico como "bueno" o "muy bueno"), mientras paralelamente el índice de felicidad bajaba 5,4 puntos porcentuales.

Otras encuestas también muestran que las personas de algunos países en desarrollo relativamente pobres eran más felices que las del mundo desarrollado. Los mexicanos y nigerianos, por ejemplo, puntúan bastante bien en cuanto a felicidad a pesar de los ingresos más bajos de estas naciones. Este resultado sugiere, dice la especialista, que al momento de definir su grado de felicidad, la gente puede dejar de lado su situación económica y decir cómo se siente evaluando ámbitos de su vida personal.





Según Avner Offer, profesor Historia de la Economía en la Universidad de Oxford, las recompensas más importantes a las que podemos acceder son la aceptación y la estima y la aprobación y el amor del resto de la gente. Y esto no suele incluirse en el cálculo económico estándar. Una parte muy importante de nuestro bienestar proviene de fuera del mercado, de nuestras relaciones con otra gente. La familia por ejemplo genera bienestar y afecto a cambio de nada. No se intercambian salarios dentro de una familia. Y el tema es que todos los bienes valiosos en una familia se pueden comprar en algún lugar. Hay un mercado para todo. Hay un mercado para el amor... incluso hay un mercado de bebés. Pero preferimos no comprar a través del mercado, obtenemos gran parte de nuestro bienestar de fuera del mercado, la estima de los demás no es algo que queramos comprar con dinero, se obtiene voluntariamente, y es importante que sea auténtico, que nos aprecien por su propia voluntad. Los bienes de mercado son únicamente bienes intermedios. Los bienes finales están en la mente. Los bienes finales son todo experiencias... El dinero te puede traer buenas experiencias, pero también malas.

Offer sostiene que el sistema de mercado también tiende a promover las recompensas a corto plazo, el individualismo y el hedonismo. Esto mina el compromiso necesario para alcanzar recompensas a largo plazo más satisfactorias que son más difíciles de obtener, pero que realizan más. Offer cree que otro hecho que mina nuestra felicidad es la relativa desigualdad de ingresos. La desigualdad tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos ha empeorado en los últimos años, y éste es el principal factor para explicar la falta de satisfacción con su situación. La gente que disfruta de un aumento de ingresos, pero se ve a sí misma detrás de otros que gozan de un mayor progreso, no consiguen felicidad de su situación mejorada.



Paradójicamente, de los siete grandes factores que afectan la felicidad (relaciones familiares, situación financiera, trabajo, comunidad y amigos, salud, libertad personal y valores personales), son aquellos factores no monetarios los que más nos sacuden ante su pérdida: separaciones y divorcios pueden dañarnos más que el desempleo o la reducción de ingresos. Aunque muchas veces los primeros se deriven de los segundos.

Layard también sostiene que la falta de correlación entre riquezas y felicidad se muestra en los datos relacionados con la depresión clínica y el alcoholismo. La depresión clínica – es decir, circunstancias bien definidas y no sólo el sentirse miserable por un corto espacio de tiempo – ha aumentado en las últimas décadas en Estados Unidos. Y el alcoholismo también está en alza, tanto en Estados Unidos como en Europa. La incidencia de suicidios, especialmente entre los jóvenes, ha aumentado también en algunas naciones occidentales en los últimos años.

El misterio de la felicidad de la mujer

Un estudio reciente y que merece una atención especial revela que los nuevos logros no han hecho que las mujeres se sientan más felices. Las autoras del estudio The Paradox of Declinig Female Happiness son dos economistas de la Wharton School (University of Pennsylvania), Betsey Stevenson y Justin Wolfers. Para medir el grado de felicidad de las mujeres, Stevenson y Wolfers han recurrido a numerosas encuestas realizadas en Estados Unidos y en Europa. Entre las más citadas están la General Social Survey y el Eurobarómetro. Todas, cada una a su modo, plantean el problema con preguntas directas: “¿Se considera usted muy satisfecha, ligeramente satisfecha, algo descontenta o muy descontenta… con su trabajo, su familia, su situación financiera, etc. ?

La felicidad de las mujeres ha descendido en los últimos 35 años, precisamente en un período en el que han mejorado indudablemente su educación, sus ingresos, su situación profesional y social. El estudio no pretende explicar cuáles son las causas que han provocado el descenso de la satisfacción de las mujeres americanas y europeas. Únicamente se limita a analizar una serie de datos para mostrar una desconcertante paradoja: la felicidad de las mujeres ha descendido en los últimos 35 años, precisamente en un período en el que han mejorado indudablemente su educación, sus ingresos, su situación profesional y social. Esas mejoras son datos objetivos, pero la satisfacción que procuran entra en el reino de la subjetividad y depende también de las expectativas que iban asociadas a esas metas.

En los años 60, las mujeres americanas se consideraban, como media, más felices que los hombres. Hoy, la satisfacción de los hombres ha crecido y supera a la de las mujeres. Por otra parte, el mayor descontento femenino traspasa las divisiones de clase y raza. El estudio de Stevenson y Wolfers ha despertado el interés de algunos analistas americanos. La socióloga Lisa Graham McMinn considera que el descenso de la felicidad de las mujeres está relacionado con las expectativas —de signo individualista— que ha ayudado a crear el movimiento feminista contemporáneo. “Compramos la creencia de que merecíamos una vida fácil y feliz, y ejercimos el derecho a ser todo lo que quisiéramos con tal de sentirnos realizadas. Incluso aunque eso nos llevara a romper compromisos, a dejar relaciones y a apartarnos de la fe en que crecimos. Este enfoque individualista no nos hizo felices, sino que nos dejó más solas”.

2 comentarios :

  1. Fantástico articulo, sin embargo no se toma en cuenta uno de los factores mas significativos que si es directamente proporcional a la falta de dinero, al tener ingresos insuficientes se detonan infinidad de problemas psico-sociales y se disparan los indices delictivos. Lo cual nos lleva a vivir en una sociedad insegura y por ende infeliz. En este sentido si es posible aseverar que el factor económico en una sociedad en efecto está estrechamente ligado a la felicidad.

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  2. Me sentiria muy feliz,
    si me pagaran un buen sueldo, para toda la vida,
    y pudiera reunir dinero para comprarme una casa nueva,
    lo cual me haria mucha ilusion.

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