sábado, 28 de noviembre de 2009

Fútbol: una guerra simbólica que se libra entre tribus modernas

Cuentan los historiadores que el fútbol inició su andadura en la Edad Media, entre campesinos del sur de Inglaterra y que sólo empezó a extenderse por Europa en el siglo XIX. Sin embargo, el origen de las pasiones, la identificación total con el propio equipo y la violencia, casi siempre sólo verbal, que rodean al balompié se remontan a un pasado mucho más lejano.

No son muchos los investigadores que han escarbado en este fenómeno social que ha sido y es uno de los más masivos en la última mitad del siglo XX y de lo que llevamos de éste.

Algunos de los antropólogos que sí lo han hecho coinciden en sus tesis principales: los seguidores de dos equipos que se enfrentan en un estadio, representan a dos tribus que, simbólicamente, se enfrentan como si fuera una auténtica batalla neolítica.

Los sociólogos coinciden en afirmar que el fútbol se ha convertido en una metáfora pacífica de la guerra entre los pueblos, la competencia del fútbol se considera como una edición moderna de la guerra. La disputa por los alimentos entre los hombres neanterthales de la selva de Europa antigua y los hombre modernos ha sido escenificada en las actuaciones espectaculares en la cancha de fútbol.


Los héroes son los futbolistas, los más jóvenes, los más fuertes (y también los más caros). Los colores del equipo y la bandera, el tótem que hay que defender del enemigo. Y por el que hay que atacar, porque hasta en el lenguaje la guerra está presente en el césped.

Para el antropólogo Jordi Salvador Duch, autor del libro 'Fútbol, metáfora de la Guerra Fría' (Editorial Proa), hace tiempo que quedó desfasada la idea marxista de que este deporte era un narcotizante de las masas. "En el fondo, somos los mismos que disfrutaban en el circo romano con los gladiadores y los leones, pero ahora el nivel de tolerancia de la violencia es menor. Los estadios son islas de permisividad en los que la gente busca emociones como el peligro o la venganza y donde pueden ser como nunca serían en la calle".

Si cambiamos de partido político o de pareja, ¿por qué no de equipo de fútbol?

Durante la infancia y la adolescencia modelamos la propia personalidad sobre la base de la pertenencia a un grupo: religioso, deportivo, cultural. La elección del equipo de fútbol es una de las primeras decisiones que pueden definir nuestra identidad social. Los niños que no lo eligen por sí mismos, suelen escoger los colores del club de sus padres y si éstos no son aficionados al fútbol, se decantan por los del pariente más cercano.

Sin embargo, la tendencia política o la pareja se escogen más tarde, después de la adolescencia, cuando la personalidad está ya bastante estructurada, por lo que modificar estas decisiones no haría tambalear nuestra identidad. Sí, en cambio, abandonar nuestro equipo del alma, tanto si se es un forofo como si se trata de un simple aficionado.

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