lunes, 11 de octubre de 2010

¿Pisos de 70 metros por 60.000€? Así era la vida antes del gran pelotazo

¿Qué hinchó el globo inmobiliario? ¿Cómo fue posible el gran pelotazo que ahoga a la economia española?

¿Un piso de 70 metros cuadrados en Madrid por diez millones y medio de las antiguas pesetas? Parecen las batallitas del abuelo, pero tampoco hace falta remontarse mucho en el tiempo. Sólo doce años de burbuja inmobiliaria salvaje y pelotazos indiscriminados al calor de un negocio que ha convertido un bien de primera necesidad en otro de lujo.

Visto ahora, parece casi una broma. Pero el 6 de septiembre de 1998 era tan real como la vida misma, según se puede comprobar tirando hemeroteca. Piso de 71 metros cuadrados en Madrid, tres dormitorios, terraza, exterior, para entrar a vivir. Su precio 63.000 euros de los de ahora. Doce años después, los mismos metros en la misma zona para un piso reformado difícilmente bajan de de los 200.000 euros. Es decir, un 217% más.



El porcentaje de incremento es sencillamente demoledor, quizás pueda pensarse que excesivo. Pero los datos oficiales del Ministerio de Vivienda no andan demasiado lejos. Así, el metro cuadrado para vivienda libre con antigüedad superior a dos años costaba en el tercer trimestre de 1998 alrededor de 770 euros, mientras que la última referencia disponible para el primer trimestre de este año cifra el metro en 1.865,7 euros. Es decir, un 141% más.

¿Cómo empezó a hincharse el globo?

Antes de que se llegara a la efervescencia inmobiliaria, la economía española venía de atravesar entre 1992 y 1994 un periodo de recesión que moderó los precios en el mercado residencial. Pero entre 1995 y 1997 ya se vieron algunos síntomas de estabilización en el mercado inmobiliario, y que coincidieron con la profesionalización de las ventas o la bajada del precio del dinero.

Con este caldo de cultivo, la gran actividad comenzó a cocinarse a partir de 1998 tras recuperar la economía la senda del crecimiento. Junto a los bajos tipos de interés, el incremento de los plazos de las hipotecas con la consecuente rebaja de las cuotas, la generación del ‘baby boom’ de los 70 se hace mayor y comienza a demandar pisos, lo que se ve acompañado por un incremento de los divorcios y las separaciones. Pero es que además hay que tener en cuenta la llegada del euro, que produjo un afloramiento de dinero negro y el aumento de operaciones de lavado de capitales hasta entonces opacos para Hacienda.



El periodo más especulativo fue el comprendido entre 2002 y 2006, eran los años del pelotazo inmobiliario en los que todo se vendía. Comprar un piso a veinte para colocarlo poco después a treinta, el sueño dorado de muchos propietarios. Y también el vellocino de oro de la banca, dispuesta a extender la alfombra roja a cualquiera que pasara por delante por poco más de una nómina y un plan medianamente creíble.

Los ritmos de comercialización eran espectaculares y se vendían entre un 5% y un 10% de las viviendas de la promoción al mes, o sea, antes de acabarla. Así pues, incrementos en estos años de un 100%-200% en las viviendas fueron habituales. La renta media (ratio precio sobre renta familiar) que debía aportar una familia después de impuestos para la adquisición de una vivienda pasó de ser de cuatro años a finales de los 90 a cerca de ocho años en 2007.



Y por mucha envidia que de ver pisos decentes en Madrid capital por menos de 15 millones de pesetas, lo cierto es que estos “chollos” nunca volverán. Son carne de hemeroteca. Para volver a valores de hace doce años la vivienda debería bajar alrededor de un 70%, considerando que en este periodo el IPC se ha incrementado un 40% e incluyendo la rebaja del 10% que el Ministerio dice que ha habido entre 2008 y 2010. En términos numéricos, lo que hoy cuesta 200.000 euros debería valer alrededor de 60.000.

Sería una hecatombe, porque la riqueza de las familias caería hasta niveles que no se podrían asumir. Es más, los bancos y la Administración nunca tolerarían semejante caída puesto que arrastraría a todos los sectores y empobrecería al país hasta niveles insospechados.

Lo que ha sido inevitable y consecuencia directa de esta situación ha sido el parón registrado por del sector inmobiliario. Como muestra el siguiente gráfico que ilustra la evolución de la actividad del sector de la construcción en España desde 1993, mostrándose los visados de dirección de obra por cada mil habitantes, paso previo a la construcción de un inmueble.



La comparación con las líneas de Francia o USA, salta a la vista... Para que se vea la magnitud del desastre, en Murcia se llegó a 42, en USA, y con burbuja también, eran 5. Por comunidades y ciudades autónomas y únicamente contabilizando el año 2009, Ceuta fue la única región en la que aumentó el número de visados, con un incremento del 6,8%. El resto registraron caídas, con La Rioja (-82,7%), Murcia (-82%), Comunidad Valenciana (-71%), Galicia (-69%), Castilla-La Mancha (-65,9%) y Andalucía (-59,2%) a la cabeza. Les siguieron Canarias (-57,6%), Cantabria (-57,3%), Extremadura (-54,2%), Baleares (-53,2%), Navarra (-53,2%), Castilla y León (-52,2%), Aragón (-49,7%), Asturias (-44,3%), Madrid (-41,4%), Cataluña (-34,8%), País Vasco (-29,1%) y Melilla (-6,7%).

Sobrevaloración de la vivienda por provincias

Ante este panorama España sigue siendo uno de los países de la Unión Europea donde, tres años después del estallido de la crisis financiera y económica, el precio de la vivienda sigue más sobrevalorado, aproximadamente un 17% frente al 3% de media en la eurozona, lo que significa que todavía está lejos de completar el ajuste en el sector de la construcción necesario para consolidar la recuperación, según el informe trimestral de la eurozona publicado por la Comisión Europea.



¿Cuánto ha subido en los últimos 25 años el precio de la vivienda nen España?

El precio de la vivienda nueva en España ha crecido de media un 659% en los últimos 25 años. El avance es cuatro veces superior al de la inflación, que ha subido un 161% desde 1985. Todo esto a pesar de la corrección de los últimos tres años, ya que en 2007 el aumento del precio desde 1985 llegó a ser del 791%

Pese a los descensos recientes, según esos datos, el coste de comprar una vivienda nueva en españa ha subido a un ritmo del 8,4% al año (tasa acumulada equivalente). Las zonas que más han subido en este periodo son Barcelona y Vitoria con incrementos de más del 1.000% (es decir su precio se ha multiplicado por más de 11 veces).





Contraste entre precio de vivienda y deterioro salarial y de renta

Durante los últimos 15 años, el Producto Interior Bruto (PIB) español ha crecido más de un 60%. Sin embargo, los beneficios de dicho crecimiento han sido repartidos de forma sumamente desigual. Mientras que las rentas del capital han experimentado un crecimiento extraordinario durante estos años, las rentas de los hogares asalariados han permanecido prácticamente estancadas.

Según datos del Barómetro Social de España, entre 1994 y 2007 los beneficios empresariales experimentaron un crecimiento (en términos reales, una vez descontada la inflación) de casi el 50%. El valor de las acciones y demás activos financieros aumentó un 129%, y el patrimonio inmobiliario se revalorizó un 175% aproximadamente. Durante este periodo el salario medio apenas creció un 1,9%, la pensión media un 16,3% y la prestación media por desempleo se redujo un 16,7%.

Podemos pensar que en los años de alto crecimiento del PIB los salarios deben haber mejorado merced al incremento generalizado de la riqueza del país al crecer el PIB, pero no ha sido así, como muestra la siguiente gráfica de la OCDE que incluye la evolución acumulada del poder adquisitivo de los países de la OCDE, en la que España aparece como el país de menor crecimiento salarial (con un 1.5% )a excepción de Japón.



Como consecuencia de todo ello, el peso que los salarios tienen en la renta nacional no ha hecho sino disminuir durante la última década, pasando del 48,9% en 1995 al 47,6% en 2007. Paralelamente, el ratio entre el patrimonio medio del 25% de hogares más ricos y del 25% de hogares más pobres pasó de 33,4 en 2002 a 41,0 en 2005. Este aumento refleja el incremento de la desigualdad entre asalariados y hogares cuyas rentas provienen en mayor medida de activos financieros e inmobiliarios.



¿Cómo entender entonces que, en este contexto de regresión social, el consumo privado haya actuado como uno de los motores del crecimiento? Debido a que el sostenimiento de los elevados ritmos de consumo se ha asentado en un fuerte nivel de endeudamiento, así como en una sostenida reducción del ahorro medio por hogar.

La felicidad nacional bruta, cuando la riqueza no se mide en dinero...

¿Es posible medir la felicidad? Hace tiempo que se sabe que la forma de medir la prosperidad de un país a través de su PBI no refleja realmente el bienestar de su población. Para dar un par de ejemplos simples, si un país aumenta su gasto en el sistema carcelario ya que tiene que encerrar a más delincuentes, el PBI aumenta por el aumento de ese gasto, que claramente no refleja una mejoría en las condiciones del país. Otro, si una empresa minera de capitales extranjeros, explota una mina de oro a cielo abierto y solo deja el 2% de su facturación dentro del país, el PIB estará aumentando, sin embargo, la población nacional no se verá realmente beneficiada (sin tener en cuenta los riesgos de contaminación). En cualquier ámbito, privado o estatal, se gestiona sobre lo que puede medir. De esa manera, un gobierno podría aumentar el PIB de un país, logrando “crecer” sin realmente mejorar el bienestar de la sociedad. Incluso a simple vista se podría decir que el PNB (Producto Nacional Bruto) sería un mejor indicador para un país, ya que mide el valor generado por sus ciudadanos, dentro y fuera del país, dejando afuera el generado por capitales extranjeros dentro de su territorio.



En Bután parece que se han dado cuenta, allí el desafío no es el crecimiento del producto interior bruto, sino de la felicidad nacional bruta, la riqueza no es medida por las pertenencias o el oro que una persona pueda tener, sino más bien por el grado de felicidad de sus habitantes. Por más de mil años, este pequeño reino ha sobrevivido en un aislamiento espléndido, un lugar del tamaño de Suiza enclavado en los pliegues montañosos entre dos gigantes: la India y China. Excluido del mundo exterior, el país no tuvo caminos, ni electricidad, ni vehículos de motor, ni teléfonos, ni servicio postal hasta los años sesenta del siglo XX. Incluso en estos días, su hipnótico paisaje evoca un lugar que el tiempo olvidó: antiguos templos en lo alto de los riscos rodeados por la niebla; sagradas cimas inexploradas que se alzan sobre ríos y bosques. No es de extrañar que los visitantes no se resistan a decir que Bután es el último Shangri-la.

Sin embargo, hasta Shangri-la debe cambiar. Cuando el rey Jigme Singye Wangchuck ascendió al trono en 1972, dictó los términos de la apertura de Bután y, en el proceso, redefinir el significado mismo del desarrollo. Para describir su enfoque, inventó la acertada frase: Felicidad Nacional Bruta (FNB). Bután se formula el interrogante que todos deben formularse: ¿cómo se puede combinar la modernización económica con la solidez cultural y el bienestar social?

Parte de la FNB de Bután tiene que ver, obviamente, con satisfacer las necesidades básicas: mejor atención médica, menor mortalidad materno-infantil, mayores logros educativos y mejor infraestructura, especialmente electricidad, agua y servicios sanitarios.

Sin embargo, la FNB va mucho más allá del crecimiento generalizado y a favor de los pobres. Bután también se está preguntando cómo se puede combinar el crecimiento económico con la sostenibilidad ambiental, un interrogante al que ha respondido en parte a través de un esfuerzo integral para proteger la vasta superficie forestal del país y su biodiversidad única. Se está preguntando cómo puede preservar su igualdad tradicional y fomentar su legado cultural único, y cómo los individuos pueden mantener su estabilidad psicológica en una era de cambio rápido, marcada por la urbanización y una avalancha de comunicación global en una sociedad que no tenía televisores hasta hace una década. La tradición budista de Bután entiende la felicidad no como un apego a los bienes y servicios, sino como el resultado de un trabajo serio de reflexión interior y compasión hacia los demás.

Lo que medimos afecta a lo que hacemos. Si nuestros indicadores sólo miden cuánto producimos, nuestras acciones tenderán sólo a producir más. Por eso había que convertir la FIB de una filosofía a un sistema métrico. La materia prima es un cuestionario que responderán los ciudadanos butaneses cada dos años. La primera encuesta se realizó entre diciembre de 2007 y marzo de 2008. Un total de 950 ciudadanos de todo el país respondieron a un cuestionario con 180 preguntas agrupadas en nueve dimensiones:

1. Bienestar psicológico.
2. Uso del tiempo.
3. Vitalidad de la comunidad.
4. Cultura.
5. Salud.
6. Educación.
7. Diversidad medioambiental.
8. Nivel de vida.
9. Gobierno.

Una vez procesada la información de las encuestas, se determina en qué medida cada hogar ha alcanzado la suficiencia en cada una de las nueve dimensiones, estableciendo unos valores de corte. Es feliz aquella persona que ha alcanzado el nivel de suficiencia en cada una de las nueve dimensiones.



En este escenario del poscomunismo y del poscapitalismo salvaje, la esperiencia de Bután constituye el centro de uno de los debates más interesantes que se están produciendo en el pensamiento económico mundial. Un debate al que se han apuntado premios Nobel como Joseph E. Stiglitz o Amartya Sen y líderes occidentales como Nicolas Sarkozy o Gordon Brown.

Bután no debe ser (ni lo pretende) un ejemplo para otros Estados. Las peculiaridades del país hacen su experiencia inexportable. Bután es una de las economías más pequeñas del mundo, basada en la agricultura (a la que se dedica el 80% de la población), la venta de energía hidráulica a la India y el turismo. Y es un país altamente dependiente de la ayuda externa. Probablemente el concepto de FIB les suene a chino a las remotas tribus de pastores nómadas del este, que se visten con pieles de yak, practican una religión animista y ofrecen animales sacrificados a sus dioses en las montañas. Pero en el Mapamundi de la Felicidad, una investigación dirigida por el profesor Adrian White en la Universidad de Leicester (Reino Unido) en 2006, Bután resultó ser el octavo más feliz de los 178 países estudiados (por detrás de Dinamarca, Suiza, Austria, Islandia, Bahamas, Finlandia y Suecia). Y era el único entre los 10 primeros con un PIB per cápita muy bajo (5.312 dólares en 2008, seis veces menor que el español).

Y es que la experiencia de Bután nos enseña que hay vida más allá de las puras variables económicas, y nos resalta la importancia de medir lo que de verdad importa, en ese contexto no quiero dejar de enlazar en este post esta reveladora charla de Chip Conley, un importante directivo del sector hotelero estadounidense que propone a partir de las teorías de Maslow y algunos complementos de actualidad, índices alternativos, con sus respectivos indicadores.

Medir lo que realmente importa, una charla interesante, subtitulada y con un extracto de lo más relevante:


“(…) Y ahí es donde me reencontré con la jerarquía de necesidades de Abraham Maslow. Tomé una clase de psicología en la universidad y aprendimos algunas cosas sobre este tipo, Abraham Maslow, ya que muchos estamos familiarizados con su “jerarquía de necesidades”. Pero allí sentado durante 4 horas, toda la tarde leyendo a Maslow, me di cuenta de algo que puede aplicarse a la mayoría de los líderes. Uno de los hechos más simples en los negocios es algo que a menudo descuidamos. Y es que todos somos humanos. Y que cada uno de nosotros, sin importar nuestra función en el negocio, tiene en realidad una jerarquía de necesidades en su lugar de trabajo.

Maslow, al final de su vida, quería llevar esta jerarquía del individuo y aplicarla a lo colectivo, a las organizaciones y, específicamente, a los negocios. (…) Y eso es lo que hice hace pocos años cuando tomé esa pirámide de jerarquía de necesidades de 5 niveles y la convertí en lo que yo llamo la pirámide de transformación, que consiste en supervivencia, éxito y transformación. No sólo es fundamental en los negocios sino que es fundamental en la vida. Y comenzamos a plantearnos las preguntas de cómo estábamos abordando en realidad las necesidades superiores, estas necesidades de transformación para nuestros empleados clave en la compañía. Estos 3 niveles de la jerarquía de necesidades están relacionados con los 5 niveles de la jerarquía de necesidades de Maslow.

Pero al preguntarnos cómo estábamos abordando las necesidades superiores de nuestros empleados y clientes, me di cuenta de que no teníamos forma de medirlo. No teníamos nada que nos dijese en verdad si lo estábamos haciendo bien. Así que comenzamos a preguntarnos: ¿qué tipo de medida no tan obvia podríamos usar para evaluar realmente la razón de ser de nuestros empleados o la conexión emocional de nuestros clientes con nosotros? Por ejemplo, empezamos a preguntarles a nuestros empleados si comprendían la misión de nuestra compañía, y si sentían que creían en ella, si realmente podían influir en ella, y si pensaban que su trabajo tenía un impacto real. Y empezamos a preguntarles a nuestros clientes si sentían una conexión emocional con nosotros a través de siete posibles respuestas. Milagrosamente, a medida que hacíamos estas preguntas y empezábamos a prestar atención a la parte alta de la pirámide nos dimos cuenta de que creábamos más fidelidad.

Y a medida que salía y empezaba a pasar tiempo con otros líderes y les preguntaba cómo estaban resistiendo ese periodo, lo que me decían una y otra vez era que ellos sólo gestionaban lo que se podía medir. Y lo que podemos medir es esa cosa tangible de la base de la pirámide. Ni siquiera veían la cosa intangible de la parte más alta de la pirámide. Así que comencé a hacerme la pregunta: ¿cómo podemos conseguir líderes que empiecen a valorar lo intangible? Si se nos enseña como líderes sólo a gestionar lo que podemos medir y todo lo que podemos medir es lo tangible en la vida, nos estamos perdiendo una gran cantidad de cosas del tope de la pirámide.

Por eso salí y comencé a estudiar un montón de cosas. Y encontré una encuesta que mostraba que el 94 % de los líderes empresariales del mundo creen que las cosas intangibles son importantes en sus negocios, cosas como la cultura corporativa, la fidelidad a su marca. Y, sin embargo, sólo el 5 % de esos mismos líderes tienen realmente los medios para medir los intangibles en sus negocios. Así que como líderes entendemos que los intangibles son importantes pero no tenemos ni idea de cómo medirlos.

Fue esa suerte de pregunta embriagadora sobre lo que cuenta la que me llevó a quitarme el sombrero de director general por una semana y volar a las cumbres del Himalaya. Volé a un lugar que ha estado rodeado de misterio durante siglos, un lugar que algunos llaman Shangri la. Ha pasado de estar en la base de supervivencia de la pirámide a convertirse en un modelo de transformación para el mundo. Fui a Bután. El rey adolescente de Bután es también un hombre curioso pero esto fue en 1972 cuando ascendió al trono dos días después del fallecimiento de su padre. A los 17 años empezó a preguntarse el tipo de cuestiones que uno esperaría de alguien con una mente de principiante.

En un viaje por la India, al principio de su reinado, un periodista indio le preguntó por el PIB de Bután, por el tamaño del PIB de Bután. Y el rey respondió de una manera que realmente nos ha transformado cuatro décadas después. Respondió lo siguiente: “¿Por qué nos obsesiona tanto y nos centramos tanto en el producto interior bruto? ¿Por qué no nos preocupamos por la felicidad nacional bruta?”. En esencia, el rey nos estaba pidiendo considerar una definición alternativa de éxito, lo que ha llegado a llamarse la FNB, o felicidad nacional bruta. La mayoría de los líderes mundiales no le hicieron caso, y los que se lo hicieron pensaron que era sólo “economía budista”. Pero el rey hablaba en serio. Y fue un momento significativo, porque ésta era la primera vez que un líder mundial en casi 200 años había sugerido ese intangible de la felicidad — luego de que otro líder hace 200 años lo hiciera: Thomas Jefferson con la Declaración de la Independencia — 200 años después, este rey estaba sugiriendo que el intangible de la felicidad es algo que deberíamos medir y es algo que deberíamos valorar como funcionarios del Estado.

Durante las siguientes casi cuatro décadas en su puesto de rey comenzó a medir y a gestionar la felicidad en Bután. Y esto incluye haber llevado a su país recientemente de ser una monarquía absoluta a ser una monarquía constitucional sin derramamiento de sangre, ni golpe de Estado. Bután, para quienes no lo sepan, es la democracia más nueva del mundo, tiene solamente dos años.

Así que a medida que pasaba tiempo con líderes del movimiento FNB llegué a comprender realmente lo que están haciendo. Además, logré pasar algún tiempo con el primer ministro. Durante la cena le hice una pregunta impertinente. Le pregunté: “¿Cómo puede crear y medir algo que se evapora, en otras palabras, la felicidad?”. Es un hombre muy sabio, y repondió: “Escuche, el objetivo de Bután no es crear felicidad. Nosotros creamos las condiciones para que la felicidad ocurra. En otras palabras, creamos el hábitat de la felicidad”. Eso es interesante. Y añadió que tienen una ciencia detrás de ese arte. Han creado cuatro pilares esenciales, nueve indicadores clave y 72 medidores diferentes que ayudan a medir su FNB. De hecho, uno de estos indicadores clave es: ¿Cómo se sienten los butaneses respecto de cómo pasan su tiempo cada día? Es una buena pregunta. ¿Cómo te sientes respecto de cómo pasas el tiempo cada día? El tiempo es uno de los recursos más escasos en el mundo moderno. Y sin embargo, claro, esa pequeña pieza intangible de datos no se tiene en cuenta en nuestros cálculos del PIB.

Hoy en día hay 40 países en el mundo que están estudiando su propia FNB. Quizá hayan escuchado el otoño pasado a Nicolás Sarkozy anunciando en Francia los resultados de un estudio de 18 meses hecho por dos economistas laureados con el Nobel centrado en la felicidad y el bienestar en Francia. Sarkozy sugería que los líderes del mundo deberían dejar de mirar el PIB con cortedad de miras y considerar un nuevo índice que algunos franceses están llamando “índice joie de vivre”.

(…) Ciertamente, Robert Kennedy sugirió al final del discurso exactamente eso. Dijo que el PIB “lo mide todo en una palabra, salvo lo que hace que la vida valga la pena”.



Abe Maslow dijo hace mucho algo que han escuchado antes, pero no sabían que era de él. Dijo: “Si la única herramienta que uno tiene es un martillo, todo empezará a parecerse a un clavo”. Nuestra herramienta nos ha engañado. El PIB ha sido nuestro martillo y nuestro clavo ha sido el modelo de éxito de la era industrial de los siglos XIX y XX.”


Fuentes: humanismoyconectividad, elmundoenpositivo, ngenespanol, dreig.eu

lunes, 27 de septiembre de 2010

Sobre la felicidad y nuestras expectativas erróneas...

En el camino hacia la realización de nuestros objetivos y deseos, intentamos darlo todo para lograr lo que, suponemos, nos hará dichosos. Mirando hacia el futuro con grandes expectativas, tratamos de imaginarnos cuáles serán las decisiones correctas a tomar para que todo salga bien.

Terminar una carrera, ejercer una determinada profesión, tener hijos, amasar una fortuna. Cualquiera de estos hechos supone haber alcanzado un objetivo preciado que, por consiguiente, creemos, nos hará felices. Pero, según Daniel Gilbert, profesor de Psicología en la Universidad de Harvard en Cambridge, Massachusetts, la mente nos tiende trampas, no sólo al mirar hacia el pasado, sino también al imaginarnos cómo será el futuro.




De acuerdo con los estudios de Gilbert, toda predicción de cómo será nuestra vida si tomamos tal o cual decisión o seguimos este u otro camino se basan en sofismas, es decir, en conclusiones erróneas. El por qué de esta falla tan humana está en que el cerebro no es capaz de reconocer qué opción de futuro sería mejor que otra, ya que la elección realizada en el momento de planearlo se basa en un concepto de felicidad que es momentáneo. A pesar de ello, pensamos que controlamos nuestra vida.

¿Cómo saber entonces qué es lo que me hará feliz en otra situación? ¿Y si la carrera planeada me trae más problemas de los que pensaba? ¿Y si los hijos resultan más trabajo que alegrías? ¿Y si mi amor se transforma en hastío, o mi pareja me engaña? No importa, ya que los mecanismos de defensa de la mente vendrán entonces de todos modos a socorrernos si el panorama se pone oscuro. Como por arte de magia, lo que no salió bien será anulado y se pondrán de relieve los aspectos positivos, como en el caso de los hijos, o los negativos, en el caso de la relación frustrada, para olvidar y comenzar de nuevo.

Gilbert, condidera que el cerebro tiene un sistema inmunológico-psicológico (término metafórico) para auto engañarnos y hacernos cambiar fácilmente la forma de ver las cosas, con el objetivo de superar las decepciones y seguir adelante. Al cerebro no le interesa la verdad sino sobrevivir... lo que nos permite encontrar la felicidad en condiciones aparentemente adversas y, de la misma manera, continuar siendo infelices incluso... cuando nos vamos de vacaciones. Este sistema, dice Gilbert, nos ayuda a cambiar la perspectiva del mundo para poder sentirnos mejor en él, y conseguir así una felicidad a medida que él llama “felicidad sintética”. Distingue entre lo que llama felicidad natural (la que experimentamos al obtener lo que queremos) y la felicidad sintética, que es la que nosotros “nos fabricamos” al no conseguir lo que queremos. Esta felicidad sintética la conseguimos gracias a procesos psicológicos principalmente inconscientes que nos ayudan a cambiar nuestra visión del mundo para poder sentirnos mejor (“.. casi es mejor que no me haya ido de vacaciones porque si no me iba a esperar mucho trabajo a mi vuelta y además así puedo usar ese dinero que me ahorro para comprarme un coche nuevo..”, después de que tu jefe te niegue las vacaciones). Generalmente pensamos que la felicidad sintética no tiene la misma “calidad” que la felicidad natural, pero resulta que la primera es tan real y duradera como la segunda.


         


Todo el mundo que ha tratado el tema de la felicidad desde Aristóteles ha subrayado el hecho de que los seres humanos quieren ser felices y lo intentan, pero cuando no lo consiguen encuentran una manera alternativa de crear la felicidad. Esta observación sobre los humanos no es nada nuevo, somos increíblemente capaces de cambiar nuestro punto de vista sobre el mundo para que nos haga sentir mejor respecto al mundo en el que nos encontramos. Hay pocas personas que sean conscientes de hacerlo, muy pocos se dan cuenta de cuándo están modificando los hechos, alterando la realidad, para sentirse mejor; es como si tuviéramos un talento invisible, un escudo invisible, un sistema inmunológico psicológico que nos protege de “los golpes y dardos de la fortuna”, como decía Shakespeare. Creemos que nos enfrentamos al futuro sin contar con un aliado, y sin embargo todos tenemos en nuestro cerebro a un aliado, un amigo, un ayudante, que en caso de que algo negativo nos suceda en el futuro nos ayudará a sobrellevarlo.

Cuando experimentamos traumas verdaderos, que en realidad nos afectan, nos hieren, afectan nuestra autoestima o ponen en peligro la felicidad, es cuando se activa el sistema inmunológico psicológico; por ejemplo un divorcio, la muerte de los padres, la pérdida del trabajo… estos son sucesos muy importantes en la vida, y en cuanto suceden el sistema inmunológico psicológico se activa y ayuda a la persona a encontrar de nuevo la felicidad. Los traumas pequeños, lo que podemos denominar “contrariedades”, no tienen suficiente poder para activar el sistema inmunológico psicológico, o sea que aunque nos hacen sentirnos un poco mal, seguimos sintiéndonos un poco mal. Una forma de explicar esto es que la gente no racionaliza los traumas muy pequeños, pero si me abandona mi pareja yo diré: “nunca fue la persona adecuada para mi y soy más feliz sin ella”. Fabricamos nuevas historias que hacen que cambie la forma en que percibimos el mundo y la forma de sentirse.



Curiosamente, al contrario de lo que solemos creer, tener más opciones generalmente disminuye nuestra felicidad. Esto es así porque, si tenemos muchas opciones, nos atascamos y seguimos rumiando si la opción que hemos elegido es la mejor o no. Pensamos que la libertad, la posibilidad de poder decidir y cambiar de opinión cuando nos parezca es lo mejor para ser felices, porque nos permite elegir entre todos los futuros posibles y decidirnos por el que más vamos a disfrutar. Pero resulta que la libertad de elección (entendida como poder tomar decisiones y poder cambiar de idea luego cuando queramos) es el enemigo de la felicidad sintética. Si no puedes elegir otra cosa, vas a encontrar una manera de estar feliz con lo que sucedió. Las emociones son una especie de brújula que orienta en una cierta dirección, pero una brújula que siempre marca el norte no sirve para nada. Si las emociones siempre están en “felicidad”, dejan de ser una guía útil para reaccionar ante los cambios o nuevas situaciones que nos encontremos. Por eso no se puede estar siempre en un único estado emocional, porque las emociones están hechas para fluctuar como la aguja de una brújula.

Para Gilbert los humanos tenemos la capacidad (y la usamos bastante a menudo) de simular experiencias. Es decir, podemos anticipar cómo nos vamos a sentir en el futuro, si pasara tal o cual cosa. Por ejemplo, puedo imaginarme que voy a ser muy feliz si me voy de vacaciones a Cancún... aunque nunca haya estado en Cancún. El problema es que este simulador de experiencias, como él lo llama, parece ser que tiene la tendencia a funcionar mal y los resultados que prevee no suelen concordar con lo que pasa en la realidad. Diferentes experimentos han demostrado que ganar o perder una pareja, un puesto de trabajo, un ascenso, aprobar o suspender un examen… tienen mucho menos impacto en nosotros (en intensidad y duración) de lo que la gente espera que tenga.




Las personas se equivocan con lo felices que serán y también recuerdan mal lo felices que fueron. La prospección – mirar hacia delante – y la retrospección – mirar al pasado – de la gente a menudo se corresponde bastante bien, pero lo que sucede es que ninguna de las dos se corresponde con la experiencia que tuvieron. Un ejemplo es que si un mes antes de unas elecciones se pregunta a las personas cómo se sentirán si pierde su candidato después de las elecciones, la respuesta es que será terrible. Un mes después de las elecciones se les pregunta cómo se sienten en realidad y la respuesta es: bien.

Todos hemos tenido la experiencia de hacer una gran comida en la que comemos y comemos y comemos... y al final de la comida decimos: nunca más voy a comer. Y si alguien pregunta: ¿qué te gustaría desayunar mañana? Dices: mañana no tendré hambre. Tu “yo” actual ha comido tanto que no puede concebir la idea de un “yo futuro” con hambre. Cuando nos encontramos en cualquier clase de estado emocional: hambre, excitación sexual, miedo, alegría, nos resulta muy difícil imaginar que nuestros “yos” futuros no se encontrarán exactamente en el mismo estado.

Hay que ser escépticos de lo que nos dice nuestra mente porque esta es muy susceptible de cometer errores. Esto tiene que ver con las ilusiones en su memoria y en la percepción del presente, y lo mismo ocurre con nuestra proyección al futuro. La memoria tiende a editar los recuerdos al almacenados. No sólo los fragmenta, sino que también favorece los aspectos más positivos, por eso, cuando proyectamos el futuro en relación a nuestro pasado, lo hacemos partiendo de una base incorrecta, idealizada. Además solemos sobreestimar nuestra individualidad y, tendemos a rechazar las lecciones que las experiencias emocionales de otros tienen para damos.

Hace 50.000 años, el futuro del ser humano se extendía hasta la hora siguiente, o quizá el día siguiente, pero nadie pensaba en términos de años o décadas. Es por esto que predecir nuestra emociones futuras resulta tan difícil: es algo que nuestra especie apenas ha empezado a hacer: considerarse a sí misma extendiéndose hacia largos periodos de tiempo. Y el resultado es que intentamos llevar a cabo esta tarea tan nueva y difícil con un cerebro muy viejo, y naturalmente cometemos errores.

¿El dinero asegura la felicidad?

Según Gilbert el dinero sí compra la felicidad cuando te permite pasar de la pobreza a un estatus de clase media. El dinero no compra la felicidad cuando te permite pasar de la clase media a la clase media alta. Un vaso de vino te hace sentir muy bien, dos te hace sentir maravilloso, pero 100 vasos de vino no te hacen sentir 100 veces mejor, te hacen sentir peor. Hay estudios realizados por economistas y psicólogos que revelan que el dinero sí puede comprar la felicidad, pero solo cuando no se tienen satisfechas las necesidades básicas. Obviamente, a una persona pobre un dólar la hará inmensamente feliz. Pero en otro nivel, una vez que se cubren estas necesidades la curva es decreciente, y a una persona rica más dinero no le reportará mayor felicidad. Es decir que una de las maldiciones de la riqueza es que decepciona, ya que no proporciona lo que se esperaba. Las relaciones sociales en todo el mundo son uno de los mejores índices de predicción de la felicidad humana… Una actitud inteligente sería intentar maximizar la felicidad utilizando la riqueza que se tiene para aumentar el tiempo disponible para las relaciones sociales.

Fuentes: ted.com, dw-world.de

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Cuando la línea recta no es el camino más corto...

Una de las primeras cosas que nos cuentan en el colegio cuando empezamos a estudiar geometría (geometría plana en realidad, pues esta es sólo una de muchas) es que la distancia más corta entre dos puntos en un plano la marca siempre una línea recta.

Años después, esto es algo que seguimos recordando, aunque a esas alturas ya hemos olvidado aquello de «en un plano», que es una parte importante del asunto, ya que por ejemplo sobre la superficie de una esfera, donde se aplica la geometría esférica, esto no se cumple.



De hecho, sobre una esfera tampoco se cumple aquello de que los ángulos interiores de un triángulo suman 180 grados, sino que, al contrario, esa suma siempre excede de ese valor. Otra cosa que aprendemos, o mejor, a la que nos acostumbramos en el colegio, es a ver mapamundis en los que la superficie de la Tierra se representa en un plano, con las distorsiones que esto conlleva.

Si alguna vez habéis intentado aplastar la piel de una manzana o de una naranja sobre una mesa habréis visto como esta tiende a rajarse por ciertos puntos, y esto es un poco lo que pasa al intentar dibujar una superficie esférica -aunque la Tierra en realidad no es redonda- sobre el papel, por lo que es inevitable aceptar algún tipo de compromiso.

Por ejemplo, en la proyección de Mercator, muy habitual, y que de hecho es la que usa Google Maps, Groenlandia parece tener el tamaño de África, cuando en realidad la segunda es como 14 veces mayor que la primera, y Alaska y Brasil parecen tener un tamaño similar, cuando Brasil es unas 5 veces mayor que Alaska (más información).

Estas dos cosas combinadas hacen que si alguna vez se nos da por pensar en las rutas que recorren los aviones, cometamos el error de pensar automáticamente en una línea recta que une los aeropuertos de origen y destino y de pintarla tal cual sobre el mapa, lo que según sea el par de aeropuertos escogidos se puede alejar bastante de la realidad, en especial cuanto más largo sea el vuelo y cuanta más diferencia de latitud haya entre los dos.


El punto clave aquí es que la Tierra no es plana como en un mapa, es esférica. Y aunque bien es cierto que la distancia mínima entre dos puntos es la línea recta, para unir Frankfurt y Narita mediante una recta tendríamos que atravesar la Tierra.

Si queremos ir por la superficie no nos queda más remedio que seguir un arco. Pero un arco que pase por dos puntos hay muchos. En realidad cualquier intersección de un plano que contenga dos puntos en la esfera de la Tierra es una trayectoria que para nosotros sería como ir en línea recta.



Si hablamos, por ejemplo, de un Madrid – Nueva York, la distancia más corta entre ambos no es la línea negra que se ve en esta imagen sino la roja:




Esto es debido a que sobre una superficie esférica la línea más corta entre dos puntos es el arco de círculo máximo que los une, y que representado en un mapa plano en este caso se corresponde con la línea roja.

Madrid y Nueva York están más o menos a la misma latitud, pero si escogemos la ruta entre Nueva York y Tokio, que están a tan sólo unos cinco grados de separación en cuanto a su latitud, la diferencia es ya muy apreciable y la ruta muy poco intuitiva:



De hecho, el vuelo transcurre casi todo el rato sobre tierra y a menos de 60 minutos de vuelo de un aeropuerto, que son las zonas más claras en el mapa anterior, con lo que casi no sería necesario realizarlo en un avión con certificación ETOPS.

Un último ejemplo, más extremo, sería el de un vuelo entre Pekín y Buenos Aires, si hubiera un avión capaz de realizarlo sin escalas, con cerca de 75 grados de separación en cuanto a sus latitudes.



Después de todo esto, igual estáis suponiendo entonces que los aviones siguen siempre la ruta marcada por el círculo máximo entre dos aeropuertos… Pero la realidad es que no, ya que hay ciertas restricciones para esto.

Por un lado, hay zonas en las que no se puede volar porque están restringidas al tráfico aéreo civil, por otro, la meteorología o un molesto volcán pueden hacer que no se pueda seguir la ruta en cuestión.

Otro motivo para los desvíos, en el caso de los vuelos que van de Europa a los Estados Unidos o de los que atraviesan este país o Canadá, es la presencia de una corriente de chorro que hace que sea mejor desviar la ruta que estar todo el rato luchando contra su empuje, fenómeno que también se da en otros lugares del mundo.

Tampoco todas las aerolíneas tienen tripulaciones y aviones equipados para volar sobre el polo, como en la ruta Nueva York – Pekín, y no hay que olvidar las certificaciones ETOPS, que fijan la distancia máxima a la que un avión puede volar de un aeropuerto en cada momento.

Y para complicar un poco más las cosas, a la hora de cruzar el Atlántico norte hay establecidas también una serie de rutas, que cambian cada día en función de la corriente de chorro, de tal forma que ese espacio aéreo puede ser utilizado con más seguridad.

Finalmente, dentro de Europa o de otras zonas en la que el tráfico aéreo es especialmente denso hay definidas una serie de aerovías que los vuelos tienen que seguir y que raramente coinciden con el círculo máximo, aunque en estas distancias relativamente cortas la diferencia en tiempo -y combustible- no sea muy grande.

¿Por qué el mismo vuelo dura distinto tiempo según sea de ida o vuelta?

La razón por la que se tarda menos en recorrer un trayecto en un sentido que en otro es un fenómeno meteorológico llamado corrientes en chorro.

Son como tubos de varios kilómetros de anchura dentro de los cuales la masa de aire se desplaza de oeste a este a velocidades que pueden llegar incluso a superar los 500 kilómetros por hora, los aviones se montan en estos chorros de aire como si surfearan y empujados por el viento realizan los trayectos en menos tiempo y con menos gasto de combustible.

Se forman por las diferencias de temperatura entre los polos y el ecuador
Estos ríos de aire se forman por las diferencias de temperatura entre los polos y el ecuador. Y giran de oeste a este por efecto del movimiento de rotación de la Tierra. Están a una altura de unos 11 kilómetros y dan la vuelta a la tierra en ambos hemisferios. Las cuatro más importantes se sitúan a la altura de los polos y en las zonas subtropicales.



Cualquier avión que vuele de oeste a este puede usar este fenómeno para acortar la duración del viaje. Por ejemplo, los aviones que viajan de Montreal a Frankfurt, de Miami a París o de Toronto a Roma aprovechan esta corriente.

El fenómeno lo descubrió el meteorólogo japonés Wasaburo Ooishi en los años 20 del siglo XX. Lanzó primitivos globos sonda en el monte Fuji y cuando se elevaban a la altura adecuada comenzaban a recorrer Japón a toda velocidad. Esto le hizo concluir que allí había unas corrientes de aire de gran fuerza.

Los militares no tardaron en fijarse en este descubrimiento y en 1944 lanzaron globos con bombas a Estados Unidos. La idea era que llegaran hasta tierra enemigas surcando el Océano Pacífico hasta la costa de California gracias a las corrientes de chorro.


Fuentes: megustavolar, rtve

martes, 21 de septiembre de 2010

Epigenética: el ambiente modifica nuestros genes



Durante décadas la cuestión de la herencia biológica se ha respondido a través del lenguaje del ADN. Esta visión situaba al ADN como único material hereditario que determina los rasgos que diferencian un organismo de otro y que se transmite de generación en generación.

A lo largo de los últimos años se ha evidenciado que esta visión era incompleta, la ciencia está revelando ahora cómo se interpreta nuestra partitura genética, y parece que la ejecución de esta partitura puede cambiar de forma drástica entre generaciones.



El ser humano es una mezcla de genes y ambiente. A la hora de construir cada organismo, factores como la dieta, el cariño familiar, el tabaco, los estímulos intelectuales o la higiene acaban pesando quizás tanto o más que la estructura genética con la que se nace. Pero no es tan conocido el hecho de que los agentes ambientales actúan sobre los genes e influyen en su funcionamiento. Por eso, ni siquiera los clones, que tienen los mismos genes, son en realidad iguales entre sí; su ADN, el de cada uno de ellos, ha sido alterado por factores ambientales distintos.

La respuesta nos la da la epigenética, una disciplina que se dedica a estudiar los cambios heredables que no dependen de la secuencia de bases del ADN. El envoltorio bioquímico que cubre el ADN como un papel de regalo y permite abrir (expresar) o cerrar (silenciar) los genes es lo epigenético. Los cambios epigenéticos son cambios reversibles de ADN que hace que unos genes se expresen o no dependiendo de condiciones exteriores. Nuestras células sufren cambios epigenéticos durante toda su vida, de hecho, gemelos idénticos acumulan diferentes patrones epigenéticos a lo largo de su vida dependiendo de los factores ambientales a los que se vean sometidos: uno puede fumar y el otro no, tomar más el sol, hacer más deporte, comer diferente,… Y eso se puede traducir en diferencias observables, como distintas alturas, comportamientos, color de pelo, riesgos de padecer enfermedades…

Cada comida, cada molécula de metal tóxico que respiramos, comemos o bebemos y la química que generan nuestros pensamientos pueden modificar la genética. Por decirlo con otras palabras, la genética es el abecedario y la epigenética es la ortografía y la gramática. Se encarga de estudiar los mecanismos moleculares mediante los cuales el entorno controla la actividad génica. Se trata de un nuevo campo biológico que está desentrañando los misterios de cómo el entorno (la naturaleza) influye en el comportamiento de las células. La ciencia avanza a paso de gigante y descubre nuevos indicios de que los genes no son los únicos soberanos en el microcosmos de la vida. La interacción de fenómenos genéticos hereditarios, ambientales y de conducta es mucho más difícil de determinar de lo que se creía. Y es que la epigenética de un individuo viene determinada por muchos factores: exposición a agentes químicos durante la vida intrauterina y después del nacimiento, variantes genéticas en los genes que regulan la epigenética, la radiación, la alimentación...


Un ejemplo en el que se pone de manifiesto la epigenética es el de los animales clonados. En teoría el animal clonado debe ser el mismo, pero sabemos que no lo es porque aunque hemos transferido el ADN, no hemos sido capaces de transferir las modificaciones químicas que afectan a ese ADN debido a los marcadores epigenéticos. Ésa es una de las razones por las que el mecanismo de clonación actual no es seguro. Por eso la oveja Dolly tenía obesidad y diabetes, mientras que su madre estaba sana. El ADN del óvulo fecundado, el zigoto, contiene ya 'marcas' bioquímicas que no son genéticas, pero que determinan su desarrollo. También el ADN de una misma persona, analizado con muchos años de diferencia, contendrá más diferencias epigenéticas que genéticas.

Los procesos epigenéticos, son los factores que hacen de intermediarios entre el medio ambiente de un organismo y su herencia genética. Todo lo ambiental impacta sobre cada núcleo celular en todo nuestro cuerpo: lo que respiramos por la contaminación del aire, lo que bebemos y comemos (agrotóxicos u hormonas sintéticas), y cada parte de mis hábitos, si camino o no, si me enfado, si fumo, si tomo alcohol o me drogo, si leo o escucho cosas negativas, todo llega al ADN y se puede modificar. Por ejemplo está comprobado que en el tercer trimestre de embarazo, se trasmite la carga de stress, de hecho, las embarazadas que cursaban el tercer trimestre y sobrevivieron al 11/09/2001, tuvieron hijos con características de stress muy similares al que se lo denomina Stress transgeneracional. El plomo que inhalamos en las ciudades por combustión de la nafta, o el mercurio que llega a nuestro cuerpo desde el pescado contaminado tienen la capacidad de aumentar la oxidación celular y producir mutaciones en el ADN. Los alcohólicos, por ejemplo, tienen un déficit de vitaminas que dan grupos metilo y como consecuencia tienen el ADN hipometilado. El resultado es que son más proclives a tener más enfermedades, como el cáncer.









Es interesante comprobar que mientras la genética de una persona no es fácilmente modificable, la epigenética es más dinámica. La parte buena de la historia es que podemos modificar positivamente nuestro genoma con unos hábitos de vida saludables, la epigenética puede, en parte, explicar la observación de que aunque dos personas tengan la misma mutación genética una desarrolle una enfermedad y la otra no. Lo mismo se puede explicar para la distinta incidencia de dolencias en gemelos monocigóticos, que comparten el mismo genoma. Esto podemos imaginarlo como una partida de cartas. Cuando se reparte la baraja de nuestro genoma a dos jugadores les quedan las peores cartas, supongamos la mutación de un gen supresor tumoral como BRCA- 1. Ambos, por tanto, tienen las mismas posibilidades de entrada de perder la partida. La cuestión es ver cómo se juegan esas cartas. Ciertos hábitos tóxicos y de estilo de vida pueden acelerar los procesos de desarrollo de un tumor, en uno alterando su epigenética, mientras que se previenen estas alteraciones en el otro.


En este punto salta a la palestra la cuestión más inquietante de la epigenética: ¿logran dar el salto a la siguiente generación las características adquiridas por influjo de los factores ambientales? Los patrones epigenéticos derivados de la alimentación, la exposición a situaciones físicas extremas o a sustancias tóxicas en el individuo, ¿se transmiten a los hijos y a los nietos? Hasta la fecha, la idea de una "transmisión hereditaria de caracteres adquiridos" era rechazada por amplios sectores de la biología moderna. Actualmente sabemos que padres y madres proveen a sus hijos de cromosomas portadores de la mayor parte del material genético, pero las secuencia de ADN se completan con otras informaciones que el organismo va adquiriendo durante la vida, que rigen las funciones de los genes y determinan cuándo y cuánto tiempo deben estar activos. Así por ejemplo si tu padre siguió una dieta alta en grasas tendrás más posibilidades de desarrollar una diabetes tipo 2, un factor no genético como la alimentación puede influenciar a la siguiente generación.

Un ejemplo de epigenética bien estudiado fue las hambrunas que sufrieron las mujeres durante la Segunda Guerra Mundial. Más de 20.000 personas se murieron de hambre en los Países Bajos, soportando el duro invierno y severo un embargo de alimentos.Estas mujeres tuvieron hijos de corta estatura y que pesaban poco. Y, además, los hijos de estos hijos, a pesar de haber sido alimentados correctamente, también fueron de corta estatura. Estos hallazgos, de los que se empiezan a describir sus bases moleculares, prometen una revolución en el concepto de salud que tenemos actualmente: ya no sólo nosotros somos los afectados por nuestro estilo de vida, sino nuestra descendencia. Estos hallazgos consideran que el tipo de dieta (qué tipo y la diversidad de alimentos que se ingieren) o el estilo de vida (sedentario o activo, con ejercicio físico e intelectual) o el consumo de tóxicos (tabaco, café, medicamentos o drogas en general) puede hacer que haya genes que sufran cambios reversibles, de modo que debiendo expresarse no lo hagan (se silencien) o, por el contrario, debiendo estar silentes se expresen. Y que ello además, esto es lo nuevo, pueda, como he indicado, ser transmitido a los hijos. Lo interesante que estas herencias epigenéticas puedan ser revertidas por quienes las heredan si desarrollan un estilo de vida determinado o introducen cambios específicos en los patrones de alimentación o también tratamientos farmacológicos adecuados.


De la secuenciación del ADN, del desciframiento de nuestro genoma, se nos dijo que era "el libro de la vida". Pues parece ser que el libro que nos entregaron en los proyectos del genoma humano estaba huérfano de gramática y ortografía: era un inmenso telegrama sin signos de puntuación. Darle sentido a esas palabras es trabajo de la epigenética, un campo de investigación tan innovador como productivo, y que despierta hoy gran interés en el ámbito científico. Los epigenetistas no estudian el orden secuencial de las hebras de ADN, su afán es descubrir de qué factores dependen los 23.000 genes que aparecen en la cadena de ADN. No cuestiona los principios de la teoría de la evolución de Darwin. Sólo añade un grado de mayor dificultad al estudio de la biología moderna, ya de por sí bastante complejo. Y pone fin a la controversia "naturaleza versus cultura". El hombre ni es un robot genético ni un ser etéreo al que modela la cultura.

Nada en la naturaleza ocurre por casualidad, y todo tiene un significado evolutivo, es decir, todo “está pensado” para el bienestar y la supervivencia de la descendencia. Este mecanismo de herencia de caracteres adquiridos, es una maravillosa manera que tiene la naturaleza de “informar” a la nueva generación del ambiente que se van a encontrar en el momento de nacer. Ya no se trata sólo de tener unos buenos genes, sino también de cuidarlos. Si nosotros seguimos unas costumbres perjudiciales, como el fumar, beber en exceso, abusar de las grasas saturadas, el sedentarismo, el estrés,… esto puede traer consecuencias negativas para nuestra descendencia a pesar de que tengamos unos genes “sanísimos”, pero por el contrario, si seguimos un estilo de vida saludable en todos aspectos posibles y durante todo nuestro discurrir vital, llevaremos esa información grabada en nuestras células sexuales y la pasaremos a la siguiente generación, teniendo una mayor probabilidad de que nuestra descendencia tenga predisposición a ser sana y saludable.

Fuentes: ilevolucionista,diariolaizquierda, perfil.com,leolo.blogspirit.com, bitacorabeagle

domingo, 19 de septiembre de 2010

¿Son más creativas las personas con poca capacidad de concentración?

Todos conocemos a personas capaces de sentarse en una sala llena de gente y estudiar, o personas capaces de leer en el metro ajenas a todo lo que les rodea. La capacidad para concentrarse es una cualidad que permite conducir nuestra atención hacia un punto fijo en el horizonte. En el otro extremo tenemos a las personas que se entretienen con cualquier cosa. A este tipo de personas les cuesta fijar el foco, algo similar a lo que ocurre cuando navegas por internet, que empiezas leyendo A y cuando te das cuenta estás en Z.

Si tuvieras que escoger entre estos dos rasgos, ¿con cuál te quedarías?. Mi intuición me lleva a pensar que la capacidad para concentrarse ganaría por goleada. Pero imagína que la pregunta es otra: ¿qué prefieres, poseer la capacidad de concentrarte o la de innovar?. A esta pregunta la respuesta ya no es tan evidente.



Un grupo de neurocientíficos de Harvard y de la Universidad de Toronto han realizado un estudio sobre las ventajas que poseen aquellas personas a las que les resulta complicado trabajar con un pensamiento único. Para ello diseñaron una serie de cuestionarios a través de los cuales se trataba de medir la inhibición latente (capacidad para abstraerse de estímulos externos). Las personas que practican la inhibición latente son capaces de estar pendientes de una conversación en medio de conversaciones cruzadas, no les molesta el zumbido de una mosca mientras están leyendo o son capaces de conducir ajenos al paisaje exterior e interior del vehículo. La inhibición latente es una componente esencial de la atención, pero lo curioso, es que en este estudio la gente con niveles bajos de inhibición latente puntuó 7 veces por encima en lo relacionado con la capacidad creativa.

La inhibición latente es la habilidad de inconscientemente ignorar los estímulos que son percibidos como irrelevantes para lo que uno necesita. Quienes padecen de baja inhibición latente serían, entonces, aquellos que tiene disminuida la capacidad de discriminar los estímulos "útiles" de aquellos que no lo son, convirtiéndose en mentes altamente detallistas, lo que desembocaría en el desequilibrio mental o en mentes con alta capacidad creativa.

Es importante destacar que la inhibición latente es algo indispensable para el ser humano, si se tiene baja, ha de ser en combinación con buena memoria y un coeficiente intelectual alto pues de lo contrario deriva en un trastorno psicológico, ya que como se defiende en muchos estudios sobre el consciente y la mente humana, si el ser humano saliese a la calle un día sin la capacidad de descartar aquello que no es primordial tener en cuenta (no quiere decir que se descarte por completo, depende del momento y de la necesidad de la persona en ese instante) sería incapaz de alcanzar la primera esquina de su calle sin haberse vuelto loco. Son millones de estímulos distintos por segundo que pueden saturar el cerebro en muy poco tiempo.



Los cerebros de las personas creativas parecen estar más abiertos a los estímulos provenientes del ambiente circundante. Los cerebros de otras personas pueden cerrarse a esta misma información no haciendo caso de los estímulos de los que la experiencia ha demostrado que resultan inaplicables a sus necesidades. Las personas con bajos niveles de inhibición latente se pasan el día luchando para tratar de filtrar la información que reciben del exterior, su incapacidad para concentrarse deja abiertas las puertas a cantidades ingentes de información. Este sobreestímulo sensorial llena sus cabezas de datos, detalles, emociones y sensaciones que combinadas construyen una enorme caja de herramientas al servicio de los procesos creativos. Las personas creativas se caracterizan por ser de mente abierta, algo que tiene un alto nivel de correlación con los niveles bajos de inhibición latente. A las personas con bajos niveles de inhibición les resulta complicado cerrar sus mentes y centrarse en algo concreto. Esto les capacita para gestionar mejor situaciones inesperadas, donde lo evidente no sirve y lo que realmente funciona es el plan B.

Los científicos se han preguntado durante mucho tiempo porqué la locura y la creatividad parecen estar ligadas, parece probable que niveles bajos de inhibición latente y una flexibilidad excepcional del pensamiento pudieran predisponer a la enfermedad mental bajo algunas condiciones y a la realización creativa bajo otras. Enfermedades como la esquizofrenia se relacionan con niveles extraordinariamente bajos de inhibición latente. Normalmente tenemos una secuencia de ideas "predeterminadas": A lleva a B, B lleva a C, etc. En algunas enfermedades mentales (como esquizofrenia o los estados maníacos) el orden de pensamiento se altera: A lleva a Ch, Ch lleva a Z, Z lleva a 3 y 3 lleva a B. Ese proceso diferente de llegar de A a B está muy relacionado con la creatividad y es la razón por la que muchos de los grandes artistas tenían algún problema mental (desde psicosis a alcoholismo)

Cuando la cantidad de información que perciben nuestros sentidos es excesiva, lo que ocurre es que nos ahogamos en un mar de posibilidades infinitas, confundiendo lo real con lo ficticio y despreciando lo evidente. Bajos niveles de inhibición cuando están están emparejados con una alta inteligencia, buena memoria y la capacidad de analizar y filtrar nuestro exceso de pensamientos conducen a la creatividad, esa capacidad que nos permite ver la luz en medio de la niebla.

Fuente

viernes, 3 de septiembre de 2010

¿Por qué parece que el tiempo pasa más lento cuando viajamos?



¿Has viajado este verano? ¿Llevas 15 días de viaje y parece que llevas meses? ¿No tenéis esa sensación cuando viajáis?

Einstein fue el primero en plantearnos que el tiempo es algo mucho más raro de lo que parece. Entendemos el tiempo como algo lineal, algo que siempre avanza al ritmo que imponen los segunderos, y por supuesto, hacia delante. Además, la creencia de que el tiempo es igual para todos está bastante generalizada. Pero esta creencia comienza a estar en entredicho con los últimos descubrimientos de la comunidad científica.

Parece ser que esta sensación tiene una explicación neurocientífica. Según David Eagleman, neurocientífico y director del Laboratory for Perfection and Action del BCM:

“Puesto que retenemos mejor los recuerdos más densos cuando hemos visto algo emocional o incluso algo nuevo, cuando miramos hacia atrás parece que duró más tiempo. Esto significa que si quieres que parezca que tu vida ha durado más, lo que tienes que hacer es perseguir cosas nuevas. Necesitas probar cosas nuevas todo el tiempo”.



Brain Games II EP10 It's About Time por amberan


¿No es esto lo que hacemos cuando viajamos? Vemos cosas totalmente nuevas, nos emocionamos con paisajes desconocidos, conocemos a personas interesantes… Cuando uno llega al hotel el primer día de turismo parece que lleva una semana en ese lugar, ¿verdad?

La mente humana funciona como una criba y la memoria es subjetiva. Si caminas por una calle repleta de gente, es poco probable que todas las caras, detalles y estímulos con los que te cruzas pasen a formar parte de tus recuerdos, se trata de estímulos intrascendentes a nivel emocional. Ahora bien, si de repente, un coche se dirige hacia ti a toda velocidad con el riesgo de atropellarte, tu mente empieza a tomar nota de todos los detalles, de manera que hasta el más mínimo matiz pasa a tu memoria de forma automática. El tiempo y la memoria están totalmente entrelazados. Cuando una persona recuerda más, es capaz de alargar el tiempo.

Más información sobre qué es el tiempo en el siguiente vídeo de Redes:


domingo, 29 de agosto de 2010

Las personas hostiles y competitivas tienen mayor riesgo cardíaco

Las personas hostiles, podrían estar pagando un precio en términos de la salud cardiaca, según encuentra un estudio reciente.

Estos tipos de personas presentan un engrosamiento en las paredes de las arterias, relacionado con un aumento de hasta un 40 por ciento en el riesgo de que la arteria se estreche. Y eso podría aumentar su riesgo de enfermedad cardiovascular, ataque cardiaco y accidente cerebrovasculares. El informe aparece en la edición en línea del 16 de agosto de la revista Hypertension.



"Con frecuencia, el público se preocupa sobre el estrés, pero a veces es la forma en que nuestras personalidades interactúan con el estrés lo que puede tener un efecto nocivo sobre la salud", anotó el Dr. Ralph Sacco, presidente de la American Heart Association y catedrático de neurología de la Facultad de medicina Miller de la Universidad de Miami.

"El conocimiento es el primer paso en la modificación de la conducta", añadió. "Si sabemos cosas sobre el estrés y el antagonismo, tal vez ayude a las personas a cambiar su conducta, si saben que se relaciona con el riesgo vascular".

Para el estudio, un equipo de investigadores liderado por Angelina Sutin, becaria postdoctoral del Instituto Nacional del Envejecimiento de los EE. UU., recolectó datos sobre más de 5,600 personas en cuatro pueblos de Cerdeña (Italia).

Los investigadores encontraron que los que tenían puntuaciones altas en rasgos de antagonismo presentaban un mayor engrosamiento de las arterias del cuello (las carótidas), en comparación con la gente más complaciente. El grosor de las paredes de la arteria carótida es un factor de riesgo de ataque cardiaco y accidente cerebrovascular, señalaron los investigadores.

Después de tres años, las personas que puntuaron más alto en antagonismo o bajo en complacencia, sobre todo las que eran manipuladoras o se enfadaban con rapidez, siguieron mostrando engrosamiento de las paredes arteriales. Esos rasgos también predecían un mayor engrosamiento arterial. Las personas que puntuaron en el diez por ciento más bajo de complacencia y tenían los niveles más altos de antagonismo tenían un aumento de 40 por ciento en el riesgo de paredes arteriales gruesas, añaden.

En un comunicado de prensa de la revista, Sutin dijo que "las personas que tienden a ser competitivas y a estar dispuestas a luchar por sus intereses propios tienen paredes arteriales más gruesas, un factor de riesgo de la enfermedad cardiovascular".

"Las personas complacientes tienden a ser confiadas, directas y a mostrar preocupación por los demás, mientras que las que puntúan alto en antagonismo tienden a ser desconfiadas, escépticas y, en el extremo, cínicas, manipuladoras, egocéntricas, arrogantes y a mostrar enojo con rapidez", añadió.

En general, los hombres mostraban un mayor engrosamiento de las paredes arteriales que las mujeres. Pero entre las mujeres que eran antagónicas, el riesgo pronto igualaba al de los hombres. "Mientras que las mujeres con rasgos de complacencia tenían paredes arteriales mucho más delgadas que los hombres con los mismos rasgos, el antagonismo tuvo una asociación mucho más firme con el grosor arterial en las mujeres", aseguró Sutin.

Por lo general, el engrosamiento de las paredes arteriales es señal de edad. Sin embargo, las personas jóvenes con rasgos de antagonismo ya presentaban engrosamiento de la pared arterial, añadió.

Los hallazgos, que concuerdan con investigaciones en regiones más urbanas, podrían aplicar a otras personas por el mundo, ya sea que vivan en pueblos pequeños o áreas cosmopolitas, afirmó Sutin.

Las personas iracundas tienden a ser menos saludables, señaló. "El creciente campo de la psicoinmunología revela las múltiples y potentes vías mediante las cuales nuestro estado emocional influye sobre los niveles de hormonas y neurotransmisores, lo que a su vez influye en el funcionamiento de nuestros sistemas inmunitarios y nerviosos, y quizás todo lo demás", comentó Katz.

El efecto independiente de la ira crónica parecía ser igual de potente que el de otros factores de riesgo claves, como la hipertensión, aunque este estudio era de asociación, y no de causa y efecto, anotó Katz.

"Tenemos muchos motivos para concluir que la ira crónica es mala para nosotros", enfatizó. "Ahora el desafío es, en un mundo con tantas irritaciones y factores estresantes, cómo deshacernos de la ira y la hostilidad crónicas. Parece muy claro que, si enfrentamos este desafío, habrán muchos beneficios para las arterias carótidas de la gente y la sociedad".

Fuente

sábado, 7 de agosto de 2010

¿Creer o no creer?, ésa es la cuestión

¿Son las creencias y supersticiones un aspecto inevitable de la naturaleza humana?

En una sociedad fundamentada en la ciencia y la tecnología, la superstición sigue gozando de una salud de hierro. La tendencia a creer en lo sobrenatural es común en el hombre moderno. Por ejemplo, nueve de cada diez personas han notado alguna vez, en algún lugar a sus espaldas, que alguien que no veían les estaba mirando. Así lo asegura Bruce Hood, director del Bristol Cognitive Development Centre (Reino Unido), en su libro SuperSense (HarperCollins, 2007). Por muy irracional e infundada que sea esta sensación, parece estar del todo generalizada.



Hace unos años, Hood realizó un experimento con 200 estudiantes de su clase. Les pasó un cuestionario en el que les preguntaba: "¿Crees que puedes notar cuando alguien te mira por detrás?". El 90% de los estudiantes, todos ellos universitarios y expertos en temas científicos, contestó que sí. En este caso, la percepción equivocada se fundamenta en una idea falsa sobre cómo funciona la vista. Esta concepción errónea y común se combina con una experiencia típica: en circunstancias sociales en las cuales una persona se siente incómoda, esa persona puede pensar que alguien la está mirando, girarse y encontrar que, efectivamente, hay alguien aguardando. La mente se olvida fácilmente de todas las veces en las cuales uno se gira y nadie está allí observando y, gracias a esta memoria selectiva, la ilusión se acaba de consolidar. Por eso, tendemos a creer que si alguien nos observa desde detrás nos daremos cuenta de ello. Pero es absolutamente falso.

Convicciones ilusorias como la que acabamos de explicar son frecuentes, según Hood. El cerebro humano ha evolucionado para reconocer patrones, buscar estructura y orden incluso allá donde todo parece azaroso. Si se tira un puñado de granos de café sobre la mesa, por ejemplo, el sistema perceptivo automáticamente los agrupa en un patrón. El caso es que la mente humana no acaba de aceptar que pueda haber sucesos del todo casuales. Pero, además de detectar patrones, los humanos también intentan inferir los mecanismos que los provocan. Esto hace que se llegue a ideas erróneas sobre lo que ha generado el patrón.

Según Hood, las creencias irracionales son la derivación natural de este irreprimible instinto humano hacia la búsqueda de patrones y explicaciones. Para demostrarlo, el investigador cita el caso de su suegro, un neurocirujano muy acostumbrado a ver cómo los daños cerebrales generan alucinaciones. Seis semanas tras la muerte de su mujer, el médico les aseguró a sus familiares que acababa de ver a su mujer en el borde de su cama, aún siendo un ateo convencido. No se trata de un caso aislado. Hood asegura que el 50 % de los cónyuges de personas que han fallecido hace poco están totalmente convencidos de que sienten la presencia de la persona amada que se ha ido. En esencia, según Hood, las creencias son inevitables. Al contrario, lo verdaderamente antinatural es "no creer". Por ejemplo, es necesario un gran esfuerzo para que los niños entiendan la idea de la muerte. Hood cita experimentos con marionetas, en los cuales se les dice a un grupo de niños: "Imaginad que un cocodrilo se come a un ratón". Se les enseña las marionetas del cocodrilo y del ratón, se representa la acción, y luego se les pregunta: "¿Creéis que el ratón necesita comer?" y dicen: "No, no necesita comer, pero se siente solo, está solo ahí dentro del cocodrilo". Entienden algunos aspectos del fin de la existencia, pero la noción de que la mente deja de existir les resulta un concepto muy difícil. Por eso la vida después de la muerte, la idea de que existe algo cuando morimos, resulta completamente coherente y verosímil. Casi imprescindible.



Sin embargo, no es necesario plantearse las grandes preguntas existenciales para encontrar creencias irracionales. Por ejemplo, el tenista John McEnroe evitaba a toda costa pisar la línea blanca, sin ninguna razón consistente. Por otro lado, el futbolista David Beckham, cuando va a una nevera, se asegura de que las latas estén siempre en parejas. Hood no menosprecia estas formas de creencias, en apariencia, ridículas. El investigador cita un artículo publicado en la revista Science que demostraba que, si se pone a las personas en una situación estresante, empezarán a ser más supersticiosas. La explicación es otra vez la incapacidad humana de encararse a la aleatoriedad. Si se pone a alguien en una situación en la que no pueda predecir qué pasará, necesitará crearse un fetiche de seguridad. Es la llamada "ilusión de control".

Sam Harris, licenciado en filosofía y doctor en neurociencias por la Universidad de California, en Los Ángeles (EE. UU.), además de autor del bestseller El fin de la fe, discrepa radicalmente de este punto de vista. Según Harris, las creencias no perviven porque sirvan de algo, sino porque nuestra cultura les ha reservado un estatus especial, que las exime de recibir todas las críticas que recibiría cualquier otra afirmación. El Informe sobre Desarrollo Humano de Naciones Unidas, que clasifica las naciones en función de la calidad de vida, junto a otras variables relevantes —el alfabetismo, las tasas de homicidios, la renta per cápita etc.— sugiere que justamente las sociedades menos religiosas (Europa Occidental, Japón, Australia, Canadá...) puntúan mejor que el resto de países, mientras que las peores son teocracias sin excepción. Según Harris, la idea de que la religión es útil esconde el dogma que afirma que sin religión no hay moralidad, cosa que no es cierta, como demuestran las normas de convivencia que rigen la vida de otros animales sociales. En este sentido, Harris propone un proyecto alternativo. La idea es que hay que liberar a la ética de las invenciones de la fe y anclarla en la sólida base de la ciencia. Su propuesta consiste en desarrollar una "ciencia de la felicidad" que nos diga cómo comportarnos no en base a los dictámenes de antiguos libros sagrados, sino en la de sólidos conocimientos.

En todo caso parece claro que nacemos con un cerebro preparado para darle sentido al mundo, aunque sea a través de explicaciones que van más allá de lo racional y de lo natural. Esta característica nos permite adaptarnos y sobrevivir, pero también ver donde no hay.

En una encuesta realizada en 2005 con 1.000 adultos estadounidenses, se constató que el 73% de éstos afirmaba creer en, al menos, un fenómeno sobrenatural. En percepciones extrasensoriales creía el 41%. En casas encantadas, el 37%. En fantasmas, el 32%. En telepatía, el 31%. En la clarividencia, el 26%. En la posibilidad de comunicarse con los muertos, el 21%. Etc.

¿De dónde proceden todas estas creencias? Según Hood, muchas de ellas tienen su origen en la forma en que los niños piensan, de forma espontánea, el mundo.

El psicólogo argumenta que los niños generan el conocimiento a través del razonamiento intuitivo, un proceso que produce tanto creencias naturales como sobrenaturales. Con la educación científica se aprende que las creencias sobrenaturales son irracionales, pero dado que éstas operan en un nivel intuitivo, en realidad son muy resistentes a la razón y pueden permanecer “dormidas” incluso en las mentes de los adultos más racionales. Según el científico: “estamos pre-equipados con un diseño mental que crea un “supersentido” destinado a dar forma a nuestras intuiciones y supersticiones y que resulta esencial para nuestra manera de aprender a comprender el mundo”. Por eso, afirma, es muy probable que no seamos capaces de eliminar del todo las creencias sobrenaturales o las actitudes supersiticiosas que las acompañan. Además, estas creencias podrían servir para desarrollar los lazos de los grupos sociales, a pesar de que algunas de ellas persigan o marginen a los que no las comparten.

Por ejemplo, llevar objetos especiales o poner una vela encendida cuando alguien va a hacer un examen son actividades muy corrientes que demuestran que todo el mundo es susceptible a las creencias sobrenaturales, señala Hood. Por otro lado, estas creencias se apoyan en experiencias personales de lo sobrenatural en las que tenemos bastante fe. Así, si una vez hemos intuido que alguien va a llamar por teléfono y luego el teléfono suena y es esa persona, ya tendemos a pensar que esta casualidad no es fruto sólo del azar. Asimismo se produce lo que se denomina el “prejuicio confirmatorio”: una vez que creemos algo encontramos cada vez más evidencias de que eso en lo que creemos es cierto. El prejuicio confirmativo es de hecho un fenómeno psicológico bien fundamentado, que consiste en que recordamos y notamos hechos que confirman nuestras creencias y olvidamos aquéllos que las desafían.

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