Mostrando entradas con la etiqueta Pensamiento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pensamiento. Mostrar todas las entradas

miércoles, 29 de mayo de 2013

Noam Chomsky: El objetivo de la educación

¿Cuál debe ser el propósito de un sistema educativo?, ¿es la educación un fin en sí mismo?, ¿es un medio para la inserción en el mundo laboral?, ¿es más importante estimular el pensamiento crítico de los alumnos o formar gente que aumente el PIB?, ¿qué utilidad tienen los métodos de evaluación estandarizados?

Sobre estos y otros temas relacionados nos habla en el vídeo que incluyo en esta entrada, el filósofo, lingüista y científico cognitivo Noam Chomsky. Una brillante exposición sobre la que merece la pena reflexionar.

      

Transcripción

El objetivo de la educación

"Podemos preguntarnos cuál es el propósito de un Sistema Educativo y, por supuesto, hay marcadas diferencias en este tema. Hay la tradicional: una interpretación que proviene de la Ilustración, que sostiene que el objetivo más alto en la vida es investigar y crear, buscar la riqueza del pasado, tratar de interiorizar aquello que es significativo para uno, continuar la búsqueda para comprender más, a nuestra manera. Desde ese punto de vista, el propósito de la educación es mostrar a la gente cómo aprender por sí mismos. Es uno mismo el aprendiz que va a realizar logros durante la educación y, por lo tanto, depende de uno cuánto logremos dominar, adónde lleguemos, cómo usemos ese conocimiento, cómo logremos producir algo nuevo y excitante para nosotros mismos, y tal vez para otros.

Ese un concepto de educación. El otro concepto es, esencialmente, adoctrinamiento; algunas personas tienen la idea de que, desde la infancia, los jóvenes tienen que ser colocados dentro de un marco de referencia en el que acatarán órdenes, aceptarán estructuras existentes sin cuestionar, etc. Y esto resulta, con frecuencia, bastante explícito. Por ejemplo: después del activismo de los años 60, había mucha preocupación en gran parte de la gente educada, porque los jóvenes se estaban volviendo demasiado libres e independientes. Desde esos tiempos se han tomado muchas medidas para tratar de orientar el sistema educativo hacia uno provisto de mayor control, más adoctrinamiento, más formación vocacional, con estudios tan costosos que endeudan a los estudiantes y los atrapan en una vida de conformismo.

Eso es exactamente lo contrario de lo que yo describo como una tradición proveniente de la Ilustración. Y hay una lucha constante entre estos dos enfoques, en las universidades y escuelas. En las escuelas ciertamente se les entrena o para pasar exámenes o bien para la investigación creativa, entendiendo esta última como dedicarse a intereses que son estimulados por los cursos en los que se profundiza por cuenta propia o en cooperación con otros. Esta lucha se extiende también al posgrado o a la investigación.

Son dos maneras ver el mundo. Cuando uno ve las instituciones de investigación, como esta en la que estamos (MIT), observa que a nivel de posgrado se sigue esencialmente la idea de la Ilustración. De hecho la Ciencia no podría progresar a menos que esté basada en la inculcación del impulso por el desafío, por el cuestionamiento de doctrinas o de la autoridad, a través de la búsqueda de alternativas o del uso de la imaginación, con el trabajo cooperativo que aquí, en esta institución, es constante. Y para verlo, solo se necesita caminar por los pasillos.

Esto es lo que, desde mi punto de vista, debe ser un sistema educativo desde la educación preescolar.

Pero hay estructuras poderosas en la sociedad que prefieren ver a la gente adoctrinada y formateada sin que hagan muchas preguntas, siendo obedientes, realizar la función que se les ha asignado y no tratar de sacudir los sistemas de poder y autoridad. Son opciones que tenemos que elegir sin importar nuestra posición en el Sistema Educativo, como profesores, estudiantes, o gente externa que trata de ayudar a darle forma, en la manera que ellos creen que debe hacerse.

El impacto de la tecnología

Ha habido ciertamente un crecimiento muy sustancial en nuevas tecnologías: de comunicación, información (acceso e intercambio) o en la naturaleza de la cultura de la Sociedad. Pero debemos tener en cuenta que los cambios tecnológicos que están ocurriendo, a pesar de ser significativos, no tienen, ni de lejos, el mismo impacto que los avances tecnológicos de hace alrededor de un siglo. El cambio, si hablamos sólo de comunicación, de una máquina de escribir a una computadora o del teléfono al correo eléctronico es significativo, pero no se puede comparar con el cambio de barcos de vela al telégrafo: la reducción en eI tiempo de comunicación, por ejemplo entre Inglaterra y los Estados Unidos, fue extraordinaria comparada con los cambios que están ocurriendo ahora. Lo mismo ocurre con otros tipos de tecnología: algo tan sencillo como el agua corriente y el alcantarillado en las ciudades tuvo enormes consecuencias para la salud; mucho más que el descubrimiento de los antibióticos. Los cambios actuales son reales y significativos, pero debemos reconocer otros que ocurrieron y cuyos efectos fueron mucho más drásticos.

En cuanto a la tecnología en la educación, debe decirse que la tecnología es algo neutro. Es como un martillo: al martillo no le importa si lo usas para construir una casa o si un torturador lo usa para aplastarle el cráneo a alguien. El martillo puede hacer ambas cosas. Es lo mismo con la tecnología moderna. Por ejemplo: internet es extremadamente valiosa si se sabe lo que se está buscando; yo la uso todo el tiempo en mi investigación. Si se sabe lo que se está buscando, si se tiene una especie de marco de referencia, que nos dirige a temas particulares y nos permite dejar al margen muchos otros, entonces puede ser una herramienta muy valiosa. Por supuesto, uno debe estar siempre dispuesto a preguntarse si el marco de referencia es el correcto: tal vez algo que encontremos cuestionará la forma en que vemos las cosas. No se puede perseguir ningún tipo de investigación sin un marco de referencia relativamente claro que dirija la búsqueda y que ayude a seleccionar lo que es significativo y lo que no lo es, Io que hay de que dejar de lado, a lo que hay que darle seguimiento, lo que merece ser cuestionado o desarrollado.

No se puede esperar que alguien llegue a ser, por así decirlo, biólogo, nada más con darle acceso a la biblioteca de biología de la Universidad de Harvard y diciéndole: "léela". Eso no le sirve de nada, y el acceso a internet es lo mismo: si no se sabe lo que se está buscando, si no se tiene idea de lo que es relevante, dispuestos a cuestionarse esta idea, si no se tiene eso, explorar en internet es sólo tomar al azar hechos no verificables que no significan nada.

Entonces, detrás de cualquier uso significativo de la tecnología contemporánea, como internet, sistemas de comunicación, gráficos o lo que sea, a menos que detrás de ese uso haya un aparato conceptual bien dirigido, bien construído, es poco probable que este resulte útil, y hasta podría ser dañino. Si se toma un hecho incierto aquí y otro allá y alguien los refuerza, terminamos con un panorama que tiene algunas bases objetivas, pero nada que ver con la realidad. Hay que saber cómo evaluar e interpretar para entender.

Volviendo a la biología, la persona que gana el premio Nobel no es la que lee más artículos y toma más notas; es la persona que sabe qué buscar. Cultivar esa capacidad para buscar lo que es significativo y estar siempre dispuesto a cuestionar si estamos en el camino correcto, de eso es de lo que debe tratar la educación, ya sea usando computadores e internet o lápiz, papel y libros.

Costo o Inversión

La Educación es discutida en términos de si es una inversión que vale la pena, de si genera un gran capital humano que puede ser usado en el crecimento económico, y esa es una manera muy extraña, muy distorsionada, de cuestionarse el tema, opino. ¿Queremos tener una sociedad de individuos libres, creativos e independientes capaces de apreciar y aprender de los logros culturales del pasado y contribuir a ellos? ¿Queremos eso o queremos gente que aumente el PIB? No es necesariamente lo mismo.

Una educación como aquella de la que hablaban Bertrand Russell, John Dewey y otros, tiene un valor por sí misma. Independientemente del impacto que tenga en la sociedad tiene un valor, porque ayuda a crear seres humanos mejores. Después de todo a eso es a lo que debe servir un sistema educativo.

No obstante, si se quiere ver en términos de costo y beneficio, tomemos por ejemplo la nueva tecnología de la que hablábamos: ¿de dónde viene? Bueno, pues mucha de ella fue desarrollada exactamente donde estamos sentados [Nota de Transcripción: MIT]. En el piso de abajo había un gran laboratorio en los años 50, donde fui empleado de hecho, y donde había muchos científicos, ingenieros, gente con todo tipo de intereses, filósofos y otros, que desarrollaron el carácter básico y aún las herramientas básicas de la tecnología que es común hoy día. Las computadoras e internet estuvieron exclusivamente en el sector público durante décadas, financiadas en lugares como este, donde la gente exploraba nuevas posibilidades; muchas de ellas eran impensables y desconocidas en ese momento, algunas funcionaron, otras no, pero las que funcionaron fueron convertidas en herramientas que la gente puede usar.

Esa es la manera como el progreso científico tiene lugar. Es la manera en la que el progreso cultural tiene lugar, generalmente. Los artistas clásicos, por ejemplo, son el producto de las habilidades tradicionales que se desarrollaron a lo largo del tiempo con maestros artistas, y a veces con su ayuda se crearon cosas maravillosas.

Todo eso no sale de la nada. Si no existe un sistema cultural y educativo activo, enfocado en la estimulación de la exploracion creativa, con independencia de pensamiento, con disposicion a cruzar fronteras para desafiar las creencias aceptadas... si no se tiene eso, no obtendremos la tecnología que lleva a obtener beneficios económicos. Beneficios, sin embargo, que no creo que sean el objetivo principal del enriquecimiento cultural y la educación.

Evaluación vs. Autonomía

Ha habido, en los últimos tiempos particularmente, una estructuración cada vez mayor de la educación, que comienza a temprana edad y contínúa luego, y que funciona a través de exámenes.

Pasar exámenes puede ser de alguna utilidad tanto para la persona que está pasando el examen -para comprobar cuánto sabe, lo que ha logrado, etc- como para que los instructores se den cuenta qué es lo que hay que cambiar, mejorar, en el desarrollo del curso. Pero más allá de eso no dicen mucho.

Lo sé por mi experiencia de años, he estado en comités de admisión a programas de posgrado avanzado, tal vez uno de los programas más avanzados del mundo, y sí, desde luego, ponemos atención a los resultados de exámenes, pero realmente no mucha. Una persona puede tener resultados magníficos en todos los exámenes y entender muy poco. Todos los que hemos pasado por escuelas, colegios, universidades, sabemos eso. Se puede estar inscrito en un curso que no nos interesa para el que existe el requerimiento de pasar un examen, y se estudia para el examen, se logra pasarlo con la mejor nota y, dos semanas más tarde, no nos acordamos de mucho. Estoy seguro que todos hemos tenido esa experiencia.

Los exámenes pueden ser una herramienta útil si contribuyen a los fines constructivos de la educación, pero si sólo se tratan de una serie de obstáculos que hay que superar pueden no tanto carecer de sentido como distraernos de lo que queremos hacer. De hecho veo esto frecuentemente cuando hablo con profesores: hace un par de semanas estaba yo hablando con un grupo que incluía profesores de escuela y había una profesora de 6º grado, es decir, con alumnos de 10 a 12 años, que vino a hablar conmigo luego y me dijo que en su clase una niña le contó que estaba realmente interesada en un tema: le pedía consejo para aprender más al respecto, pero la maestra se vio obligada a decirle que no podía hacer eso, porque la niña debía estudiar para un examen a nivel nacional que se acercaba y que eso iba a determinar su futuro; la profesora no lo dijo, pero también iba a determinar el de ella, es decir, eso influiría para que la contrataran de nuevo.

Ese sistema no es sino una preparación de los niños para pasar obstáculos, no para aprender, entender y explorar. Esa niña hubiera ganado mucho más si se le hubiera permitido explorar lo que le interesaba y tal vez no sacar una muy buena calificación en un examen de algo que no le interesaba.

Buenas calificaciones vienen por sí solas si el tema coincide con los intereses y preocupaciones del alumno. No digo que los exámenes deban eliminarse, pueden ser una herramienta educativa útil. Pero complementaria, algo que ayude a los estudiantes a mejorar por sí mismos, o para los instructores u otros que necesitemos saber acerca de lo que hacemos e indicarnos lo que debemos modificar.

Pasar exámenes no se puede ni comparar con buscar, investigar, dedicarse a temas que nos atraen y nos estimulan; esto último es mucho más práctico que pasar exámenes. Y, de hecho, si se nos da la oportunidad de este tipo de carrera educativa, el estudiante recordará lo que descubrió.

Un físico mundialmente famoso, aquí en el MIT daba, como muchos catedráticos, cursos a estudiantes nuevos. Un estudiante le preguntó qué temas se iban a cubrir durante el semestre y su respuesta fue: "No importa lo que se cubre, sino lo que se descubre". Y es correcto: la Enseñanza debe inspirar a los estudiantes a descubrir por sí mismos, a cuestionar cuando no estén de acuerdo, a buscar alternativas si creen que existen otas mejores, a revisar los grandes logros del pasado y aprenderlos porque les interesen.

Si la Enseñanza se hiciera así los estudiantes sacarían provecho de ello, y no sólo recordarían lo que estudiaron sino que lo utilizarían como una base para continuar aprendiendo por sí solos.

Una vez más: la educacion debe estar dirigida a ayudar a los estudiantes a que lleguen a un punto en que aprendan por sí mismos, porque eso es lo que van a hacer durante la vida, no sólo absorber información dada por alguien y repetirla."

Fuentes: Vimeo, transcripción vía rebelion.org

sábado, 8 de octubre de 2011

Yo soy yo y mi circunstancia, ¿somos tan libres como pensamos?

"Los hombres se equivocan si se creen libres; su opinión está hecha de la consciencia de sus propias acciones y de la ignorancia de las causas que las determinan" Baruch Spinoza

Nos gusta creer que todos los adultos tenemos la misma capacidad a la hora de tomar decisiones adecuadas y que las que tomamos son totalmente libres. Una idea benévola, sin duda, pero también errónea. Si preferimos creer que las personas toman decisiones totalmente libres respecto a su conducta deberíamos animarnos a examinar más atentamente nuestros puntos de vista. Y es que ya lo decía claramente nuestro gran filósofo José Ortega y Gasset: "Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo".


Si hubiésemos nacido en cualquier otra época, o en cualquier otro país, o en cualquier otra familia, hoy seríamos una persona bastante diferente de la que somos en realidad. Elementos fundamentales que nos definen, y que nos permiten ser lo que somos, no son fruto de una decisión personal, debido a que son elementos que no controlamos. De ahí que podamos afirmar que lo que somos, no es fruto de una decisión plenamente libre. ¿Quién puede asegurar que sería el mismo tipo de persona si hubiese nacido en un barrio desfavorecido y crecido en un entorno desestructurado donde la falta de oportunidades fuese la nota habitual?, ¿y si hubiese pasado la infancia en un lugar de acogida sin sentir el cariño de la familia y de sus padres?.

Cualquier profesor puede confirmar que sus peores alumnos siempre suelen ser aquellos que proceden de familias desestructuradas y que provienen de entornos poco propicios. Obviamente existen casos excepcionales, dignos de admiración, de personas que habiendo crecido en barrios marginales han sido capaces de progresar socialmente, pero se trata de ejemplos aislados poco representativos.

Estos razonamientos nos llevan a plantearnos las siguientes preguntas, ¿nuestras elecciones son realmente libres?, ¿dependen del individuo exclusivamente?. Dado que en un barrio marginal hay mayor delincuencia que en un barrio acomodado, ¿si tomásemos a chicos de barrios acomodados (estadísticamente con mucha menos delincuencia) y los educásemos en familias de barrios marginales sacarían buenas notas y no delinquirían (y viceversa)?. ¿Qué diferencias reales hay entre unos y otros?. ¿Hasta que punto el hombre tiene influencia en su propia vida y en lo que es?. ¿Somos tan libres como creemos o es una percepción ingenua?



La conducta humana no puede separarse de la biología

La neurociencia está empezando a tocar estas cuestiones que antes eran del dominio exclusivo de filósofos y psicólogos. Cuestiones sobre cómo la gente toma decisiones y el grado en el que dichas decisiones son verdaderamente «libres».

Partamos de la base de que los cerebros de las personas son sumamente diferentes. Un ejemplo: si eres portador de un determinado conjunto de genes, la probabilidad de cometer un crimen es cuatro veces superior a la que tendrías de carecer de estos genes. Es tres veces más probable que cometas robo, cinco veces más que cometas delitos de agresión, ocho veces más de ser detenido por asesinato, y trece veces más de ser arrestado por ataque sexual. La abrumadora mayoría de los presos portan estos genes; el 98% de los internos condenados a muerte también. Incluso se han detectado diferencias cerebrales entre los delincuentes más peligrosos y otros menos violentos. En concreto, los más violentos presentan menor conexión entre la denominada corteza prefrontal ventromedial (relacionada con la empatía y la culpa) y la amígdala (asociada al miedo y la ansiedad).

Sabemos que elevar los niveles de testosterona de alguien le hace más propenso a interpretar una cara emocionalmente ambigua como amenazante. Tener una mutación en un gen particular incrementa las probabilidades de que la mujer sea sexualmente desinhibida en la mediana edad. Pasar la vida fetal en un entorno prenatal particularmente estresante incrementa la probabilidad de comer en exceso de adultos. Desactivar temporalmente una región de la corteza prefrontal en una persona hace que actúe con más sangre fría y utilitaria cuando toma decisiones en un juego económico. Ser un familiar de primer grado, psiquiátricamente sano, de un esquizofrénico, aumenta las probabilidades de creer en cosas "metamágicas" como OVNIs, la percepción extrasensorial, o las interpretaciones literales de la Biblia. Tener una variante normal del gen del receptor de vasopresina hace que un tipo tenga relaciones románticas estables. Las diferentes versiones de un subtipo de receptor de dopamina influyen en la tendencia de una persona a tomar riesgos y buscar sensaciones. La lista sigue y sigue...




Estas estadísticas indican por sí mismas que no podemos presumir que cualquiera viene igualmente equipado en términos de impulsos y conductas. Y esto proporciona una lección mayor de biología: nosotros no somos los que manejamos con total autonomía el barco de nuestra conducta, al menos, mucho menos de lo que pensamos.

La influencia del entorno en el que crecemos

Los genes son parte de la historia, pero no son toda la historia. Estamos igualmente muy influenciados por el entorno en el que crecemos. El abuso de sustancias (como el tabaco o el alcohol) por parte de la madre durante el embarazo, el estrés maternal y el bajo peso al nacer pueden influir en cómo ese bebé se convierte en adulto. Mientras un niño crece, el abandono o el maltrato físico  pueden impedir el desarrollo mental, igual que el entorno físico. Así por ejemplo, el gran movimiento de la salud pública para eliminar la pintura a base de plomo surgió de saber que la ingesta de plomo podía causar daños cerebrales, haciendo a los niños menos inteligentes y, en algunos casos, más impulsivos y agresivos.

Las personas que sufrieron malos tratos en su infancia tienen más probabilidades de presentar anomalías en los sistemas biológicos sensibles al estrés psicológico tanto en la infancia como en la edad adulta y presentan peor respuesta ante tratamientos farmacológicos y psicológicos utilizados habitualmente para la depresión.

Igual de traumáticas pueden ser las consecuencias de una crianza carente de cariño en el entorno familiar. Sabemos que los niños con poco afecto o sin afecto de sus padres contraen más infecciones, pero eso no es todo... Entre los años 30 y 50 del siglo pasado existían gran cantidad de orfanatos y hospitales repartidos por todo el mundo dedicados al cuidado de bebés y niños pequeños. La Segunda Guerra Mundial agravó aún más la situación y muchas de estas instituciones terminaban abarrotadas de bebés que no podían ser atendidos en condiciones. Cuando el psicólogo René Spitz estudió qué ocurría con los bebés en las instituciones en las que eran acogidos, descubrió que tenían los cuidados básicos necesarios: higiene, alimento o atención médica. Sin embargo, la mayoría de ellos no tenían algo que sí tenían los niños al cuidado de sus madres: abrazos, besos, y carantoñas... En definitiva, les faltaba el contacto materno. Las enfermeras y cuidadoras encargadas de los bebés no tenían tiempo para estos menesteres en unos orfanatos abarrotados de ellos. Como resultado los bebés vivían prácticamente en soledad, confinados en sus pequeñas cunas.



Las consecuencias de la ausencia del contacto materno resultaron inimaginables. Bebés (con menos de 18 meses) aparentemente sanos terminaban muriendo antes de llegar a los dos años de edad. La ausencia de caricias, abrazos, besos y el roce piel con piel había terminado matándolos. La mayoría de bebés que lograban sobrevivir más de dos años y medio quedaban traumatizados de por vida: tenían un retraso mental considerable, trastornos motores, retraso en su crecimiento e incapacidad para establecer relaciones sociales. Cuando los bebés se resignaban a la realidad de una vida sin contacto materno adoptaban un comportamiento autista: replegados sobre sí mismos y rechazando cualquier intento de contacto hacia ellos.

Desarrollo cultural y educativo

Si el entorno afectivo en que crecemos es importante, no es menos relevante la influencia de ese entorno en el ámbito educativo. Aunque el sistema educativo uniformice, el entorno familiar cuenta, mucho más de lo que se cree, de hecho son los actores más influyentes en el desarrollo educativo de los niños. Variables como el nivel de formación de los padres, su ocupación profesional, el número de libros en el hogar o los recursos domésticos favorables al estudio determinan el éxito escolar en mayor medida que otros aspectos como el tipo de centro educativo, la repetición de curso o el lugar  donde se viva.

Un ejemplo: en España el 73% de los hijos de universitarios que nacieron en la década de los setenta han estudiado una carrera, mientras que tan sólo lo ha hecho el 20% de aquellos cuyos padres no eran universitarios. La proporción de jóvenes que entre los 18 y 24 años no tienen titulación secundaria post-obligatoria es 11 veces mayor en los hogares en que la madre tiene estudios primarios que en los hogares donde la madre tiene estudios superiores. Si contrastamos estos datos con los datos proporcionados en las pruebas PISA tenemos que un alumno cuyos padres no hayan pasado de los estudios de Primaria sacó en las pruebas una media de 407 puntos. Otro alumno con padres que hayan accedido a estudios superiores sacó de media 504 puntos. Cien más. Los alumnos con padres que hayan cursado la ESO o similar se quedaron en 455 puntos, y los que tengan padres con estudios secundarios posobligatorios (Bachillerato y FP), lograron 479. Las estadísticas lo dejan claro: el grado de formación y estudios de padre y madre influyen en los conocimientos que tienen sus hijos cuando llegan a los 15 años (la edad en la que PISA hace el chequeo).



Otro dato que la OCDE tiene en cuenta es el número de libros que hay en cada hogar. El nivel mínimo es de 0 a 10 volúmenes, y el nivel máximo se alcanza a partir de los 500 libros. La puntuación media del alumno con nivel mínimo de libros en el hogar llega a los 402 puntos, y la de los alumnos con nivel máximo se cifró en los 526. Nada menos que 124 puntos de diferencia, lo que la OCDE calcula como «casi dos niveles de rendimiento».


Y parece que la influencia del nivel formativo de nuestros padres no sólo tiene su reflejo a nivel de logros académicos. Existen estudios que sugieren que los hijos de madres que únicamente tienen estudios primarios o inferiores obtienen puntuaciones considerablemente inferiores al promedio de la población en tests de inteligencia como el de Raven.



Otro trabajo realizado por sociólogos de las Universidades de Michigan y Wisconsin, en Estados Unidos, indica que crecer en barrios marginales reduce considerablemente las posibilidades de los niños de graduarse en un instituto y condiciona negativamente a los niños. En comparación con una infancia en un barrio de clase alta, el crecimiento en vecindarios con altos niveles de pobreza y de desempleo reduce las posibilidades de graduarse en Secundaria entre un 75 y un 95%. Los resultados demuestran la incidencia de crecer en barrios marginales durante la infancia, y encajan con otros estudios que sugieren que la residencia en los barrios desfavorecidos pueden tener un efecto negativo en el desarrollo cognitivo de los niños durante muchos años e incluso durante generaciones posteriores.





Pobreza, desigualdad y familia

Abordando el tema de la influencia familiar en el desarrollo futuro de los niños, es necesario mencionar los trabajos del premio Nobel de Economía James Heckman acerca del desarrollo del niño a una temprana edad en todas sus facetas, cognitivas, sociales y emocionales. Su trabajo nos recuerda que si los niños empiezan con recursos muy diferentes desde muy pequeños, se traducirá en adultos con capacidades y opciones de elección muy dispares y, en consecuencia, en un incremento de la desigualdad económica y social.

Sus investigaciones muestran que la familia juega un papel muy importante en los orígenes de la pobreza, y que la desigualdad tiene un enorme componente familiar. El entorno del niño es muy importante para su desarrollo, pero hemos de hacer una distinción entre la calidad de la crianza y el nivel económico. La gente puede ser rica pero proporcionar a los niños un ambiente pobre. Hay niños de entornos pobres con muy buena crianza de los padres, y a la inversa. Lo importante es una buena crianza, no el nivel económico.



Es posible establecer una relación entre un adecuado desarrollo individual durante los primeros años de vida y una mejor capacidad intelectual. El entorno social y familiar se vuelve relevante ya que influye de manera directa y significativa en el desarrollo del individuo sobre su adolescencia y más tarde en su etapa adulta. Un momento crítico es desde el nacimiento hasta los 5 años, cuando el cerebro se desarrolla rápidamente para construir las habilidades necesarias en el carácter para conseguir el éxito en la escuela, la carrera y la vida. Las brechas de desarrollo entre niños de diferente status socioeconómico, emergen durante los primeros años de vida y persisten en el largo plazo, de manera que cualquier compensación posterior se vuelve muy costosa e ineficiente. Ambientes adversos prematuros generan déficit de habilidades y incrementan los costos sociales.



Los datos muestran que una de las estrategias más eficaces para el crecimiento económico consiste en prestar mayor atención al desarrollo de los niños en situación de riesgo y exclusión social. Los costos a corto plazo son más que compensados por los beneficios inmediatos y a largo plazo mediante la reducción en la necesidad de educación especial y rehabilitación, mejores resultados de salud, la reducción de la necesidad de servicios sociales, menores costos de la justicia penal y el aumento de la autosuficiencia y la productividad de las familias.







Yo soy yo y mis circunstancias

Con esta famosa frase, José Ortega y Gasset quiso dar a entender que no se puede entender la vida prescindiendo de las circunstancias en las que está implantada, no puede entenderse la vida de un individuo prescindiendo de las circunstancias en las que vive. Es importante remarcarlo en una época llena de mensajes individualistas e hiperresponsabilizadores como la que vivimos: si te va mal, es por tu culpa, si no estás feliz o no eres exitoso, algo has hecho mal. Tendemos a olvidar el contexto y se ignora la influencia social en una especie que nace, vive y muere en grupo. Es difícil distinguir en qué medida cae bajo tu entera responsabilidad que tu empresa te incluya en un ERE, que te atropelle una moto, que te asalten por la calle o que la chica que te gusta te rechace.

Abraham Lincoln decía que "todos somos hijos de las condiciones, el ambiente, de la educación, los hábitos adquiridos y la herencia, lo cual moldea a los hombres. Si la vida hubiese sido para nosotros igual que para nuestros enemigos, muy probablemente haríamos lo mismo que ellos".

Todos estamos construidos a partir de un patrón genético, y como hemos observado en esta entrada a través de algunos ejemplos de los muchos que se podrían haber empleado, luego nacemos en un mundo repleto de circunstancias que generalmente no podemos controlar en nuestros años principales de formación. La persona en que nos convertimos es una mezcla de determinación genética e influencia del entorno y esas complejas interacciones de nuestros genes y el mundo en el que nos desarrollamos provocan que las personas acabemos teniendo finalmente perspectivas distintas, personalidades distintas, y distinta capacidad para tomar decisiones. 

viernes, 5 de agosto de 2011

¿Qué es ser normal y qué es ser diferente?


¿Cuál es la línea que separa la rareza de la normalidad?. ¿Existe realmente “lo natural”?



Para explicar este concepto nada más apropiado que utilizar la estadística y el azar. Las matemáticas nos ayudan a entender lo subjetivo de la cuestión, y para ello disponemos de la denominada distribución normal (o curva normal): la distribución simétrica y de forma acampanada que nos indica que la mayoría de los sujetos (u objetos) de una población determinada no se aparta mucho de la media: en la medida en que los sujetos se van apartando más de la media (porque se pasan o porque no llegan) van siendo cada vez menos numerosos. Si se repite una experiencia un gran número de veces, los resultados tienden a agruparse simétricamente en torno a un valor medio. Cuantas más veces se repita la experiencia más se acercan los resultados a una curva ideal.

Si representamos esta distribución mediante un histograma simplificado, tendríamos algo así



Lo primero que debemos captar es que la distribución normal nos remite a nuestra propia experiencia. Si nos fijamos en la  estatura  de la gente que nos encontramos por la calle, vemos que la mayoría de la gente es de estatura normal, y aquí llamamos normal a lo más frecuente; de hecho si vemos a alguien que se aparta mucho de la media (de lo habitual) no pasa desapercibido y nos llama la atención. Cuando decimos que alguien es muy abierto y sociable, lo que queremos decir es que es más abierto y sociable de lo que es normal, de lo que solemos encontrar habitualmente, de la misma manera que decimos que una persona es muy callada cuando habla mucho menos que la mayoría de la gente. 

Casi sin darnos cuenta estamos haciendo juicios relativos a lo que es normal encontrar en la generalidad de las personas: el mucho y el poco, o el muy, sobre todo aplicados a las características de las personas, dependen de lo que es más frecuente encontrar en nuestro medio. Si el muy abunda mucho, deja de ser muy para pasar a ser normal o frecuente y ya no merece el muy que solemos reservar para lo excepcional que viene a ser lo raro o infrecuente. 

Estos juicios, y esta distribución normal, son relativos a cada población: un pigmeo de una estatura normal, cercana a la media de su población y muy frecuente en su propio grupo, pasa a ser muy bajito y excepcional si lo incluimos en una población de escandinavos: se aparta  mucho de la media de esa población y será muy difícil encontrar un escandinavo con esa estatura. Sin embargo ese pigmeo tiene una estatura normal, que no se aparta mucho de la estatura media de su grupo. En ambos grupos, escandinavos y pigmeos, encontraremos una distribución normal en estatura, aunque las medias de los dos grupos sean muy distintas.



La  distribución normal que representamos mediante la curva normal, es un  modelo matemático teórico al que de hecho tienden a aproximarse las distribuciones que encontramos en la práctica: estadísticas biológicas, datos antropométricos, sociales y económicos, mediciones psicológicas y educacionales, errores de observación, etc.  ¿Quién diría que una curva exponencial, simétrica, y con forma rara podría describir (siempre aproximadamente) casos tan variados como caracteres morfológicos, psicológicos, de consumo y distribuciones de probabilidades?

¿Dentro o fuera de la campana?

Tras ese primer enfoque puramente estadístico profundicemos algo más en la cuestión, ¿existe realmente “lo natural”? ¿lo natural es sólo una media estadística de procesos históricos exitosos? ¿si existiera “lo natural”, qué pasa entonces con lo que no es natural? ¿Quién podría juzgar a ciencia cierta sobre lo que es natural y lo que no?

Sobre el primer cuestionamiento de más arriba podemos interpretar a “lo normal” como una aproximación hacia lo natural, considerando lo normal como la media estadística del registro histórico de los sucesos. Esto implica una simetría alrededor de esa media y una campana de Gauss que descarta toda posibilidad de eventos no contemplados ni siquiera como raros. Un tsunami es un fenómeno raro pero además es un fenómeno fortuito que trae impredecibles consecuencias. Un tsunami es un fenómeno natural pese a no ser “normal” porque escapa a la campana de Gauss que es la que define las simetrías y la normalidad de los sucesos.

¿Pero qué quiere decir ser raro? Según el criterio que adoptamos nadie se salva de la quema, lo que sucede es que unos ejercen y otros no. En nuestra vida privada podemos encontrar nuestro espacio en el que somos raros, o mejor dicho en el que "somos como somos". Ser raro, en definitiva, significa apartarse de una cierta norma establecida, escrita o no. Pero, ¿qué tiene esto que ver con la campana de Gauss? Pues mucho. En matemáticas este concepto de norma está muy bien definido y tiene relación directa con la distribución normal de la que hablábamos antes: cuanto más cerca te sitúas del centro de la campana, más normal eres. En el sentido matemático, literal y coloquial. Aquí la forma de la campana tiene su importancia: cuanto más estrecha, menos gente rara hay. 


Por otro lado, también es cierto que sin campana no habría convivencia. Hay quien argumenta que ser normal, es sobre todo una forma de convivir con los demás. No significa solamente seguir la norma como un esclavo sin cerebro sino que significa adquirir un estatus frente a los demás y crear un sistema de confianza generalizada. La normalidad reduce considerablemente la presión cognitiva que ejercemos sobre los demás. Por eso el desfase cultural que muchas personas experimentan en entornos sociales nuevos o desconocidos es un fenómeno tan constante y bien documentado. En esencia, se trata de una acumulación de ansiedad y frustración causada por la pérdida de pautas sociales habituales. Una gran parte de esta tensión se debe a no saber distinguir lo “normal” de lo “anormal”. Saludar, ceder el paso, respetar las normas, usar los cubiertos para comer…  Todos esos gestos son actos simbólicos que cumplen una función social importante: es la forma de ganarse la confianza de los demás. 

La campana sirve para definir qué se considera normal y que no. En algunos casos dicha conducta puede ser síntoma de algún tipo de patología. Cuando alguien deja sus zapatos en el frigorífico de su casa podemos sospechar que aparecen los primeros signos de Alzheimer. Y aquí entraríamos en un asunto sumamente espinoso. Cuando hablamos de enfermedades, diagnósticos y tratamientos, una enorme campana de Gauss pende sobre nuestras cabezas. Las colas de esta campana están ocupadas por las enfermedades que actualmente se denominan “raras”. La medicina y especialmente la industria farmacéutica, no suelen emplear demasiados recursos en la investigación de este tipo de enfermedades.

Gente rara

Imaginemos, por ejemplo, a una persona seria, adulta de probada inteligencia y renombre social que en una reunión decide utilizar como atacapipas el dedo de la damisela que está sentada a su lado. Esto cuentan que hizo Isaac Newton en una reunión de sociedad. Y es que Sir Newton era un tipo mucho más raro de lo que la gente se piensa. Éste es un tipo de rareza un tanto escandalosa. Otras, como la de John Napier, creador de los logaritmos, son más de cara a la galería. Napier tenía fama de hechicero y recibía a la gente a las puertas de su castillo, vestido con una capa negra y un cuervo posado en su hombro derecho. Otras rarezas tienen un carácter más privado, como por ejemplo las de Ramanujan, uno de los matemáticos más importantes de su época y el más importante de la historia de India, que siempre hacía sus descubrimientos en sueños. Al despertar se levantaba precipitadamente de la cama y escribía un montón de fórmulas -la mayoría ciertas- que luego se veía incapaz de demostrar. Otra de sus rarezas era que siempre se preparaba él mismo la comida pero, curiosamente, no lo hacía nunca si antes no se había puesto el pijama. Algunas pueden ser más peligrosas y afectar directamente a la integridad física de las personas, como era el caso de Kurt Godel, famoso por su teorema de incompletitud. Godel estaba obsesionado con la idea de que querían envenenarle. Su mujer Adele le preparaba siempre las comidas y las probaba antes de que él las comiera. La cosa iba en serio porque, cuando ella murió, él ya no volvió a probar bocado y murió de inanición.



Estos son sólo algunos ejemplos de matemáticos cogidos un tanto al azar, pero el abanico de gente rara se puede hacer extensivo a todas las ramas de la ciencia o las artes en las que se incluyan unos cuantos genios. Pero que nadie se lleve a engaño, no hace falta ser un genio para ser raro, y esa rareza no sólo se puede manifestar en el ámbito de una manía anecdótica, sino también, y más importante, en infinidad de rasgos humanos de todo tipo.

Quien se sale del promedio puede hacerlo por defecto y por exceso, y si nos centramos en estos últimos tenemos que los individuos más talentosos para una determinada actividad o más dotados en según qué rasgos serían una minoría excepcional desde el punto de vista estadístico, y por tanto difíciles de encontrar, es decir, estaríamos en un escenario en el que los más raros serían los mejores. Esos individuos que se salen del promedio son imprescindibles en la historia de nuestra humanidad y la evolución ha favorecido que sigan existiendo.


Curiosamente para salir del promedio, en realidad, no hace falta ser un genio o un loco, basta con ser simplemente un niño. De forma natural los niños se sitúan siempre en los extremos de la campana, motivo por el que tantas veces nos parecen tan geniales. Bertrand Russell dice en su biografía que su educación finalizó a los doce años, momento en que entró en la escuela. Y es que, entre otras cosas, una de las funciones de la educación infantil es la de meter al máximo número posible de niños dentro de la campana. 

Es una jugada tan arriesgada como inevitable. Se suele hacer de manera sutil. Para ello, hay establecidos una serie de programas curriculares sobre los que hay un amplio consenso para enseñar a los niños una enorme cantidad de cosas con objetivo de tenerlos durante un montón de horas en recintos cerrados, paso previo imprescindible para arrastrarlos poco a poco hacia el centro de la curva de distribución normal. 

Ser diferente, ser distinto, ¿qué significa ser distinto? 

Ahora valoremos el tema en vez de desde una perspectiva estadística, desde un prisma más reflexivo o filosófico. Como anteriormente hemos explicado, podemos pensar que lo normal es lo que hace mayoritariamente la gente, al menos estadísticamente. La sociedad está acostumbrada a calificarlo todo. Una tendencia, una moda, un grupo de personas, una forma de vestir, una forma de vivir. Todos son categorías y subcategorías. Y si una categoría se sale de lo normal rápidamente se le pone nombre. Parece ser que todo tiene que estar catalogado. Y una vez archivado de tal forma, los seguidores de esta tendencia o de esa moda pasan a ser iguales a lo clasificado. Con lo cual dejan de ser distintos. 

Con frecuencia se critican comportamientos, actitudes, opiniones, que no entran dentro de lo que se considera ‘normal’. Pero antes de opinar o criticar se debería preguntar:  ¿qué es ser normal y qué ser diferente?. Los conceptos de normal y raro son muy relativos, si nos centramos en las conductas y los comportamientos, ¿lo que realiza una mayoría de gente tiene necesariamente que ser lo más apropiado o normal?, ¿quién está en disposición de definir qué es o qué no es raro?, ¿quién no se sale de los tópicos o se comporta de forma diferente a la mayoría en al menos una faceta de su personalidad?, ¿quién no se ha sentido alguna vez diferente al resto o "raro" en algo? Dentro de lo más profundo de nosotros, todos nos concebimos diferentes, todos nos vemos especiales, ni mejor que otros, diferentes. Solo que a veces lo ocultamos como un secreto bien guardado, con temor a que lo descubran y nos traten de forma “diferente”.



Quizás tengas la sensación de que si últimamente no has leído la trilogía Millenium, acudido a una actuación del Circo del Sol o bebido ginebra con tónica, estás muy cerca de ser un paria social para una gran mayoría. El nuevo paso es la obligación de hacerse con ese algo a riesgo de ser excluido de la adorada masa y su rango establecido de normalidad. Así, comprar un libro descatalogado, ir a ver una película con subtítulos o no tomar alcohol pasa por la bifurcación y etiqueta de lo esnob o el frikismo (se le califica como raro por el simple hecho de que le gusten cosas que no gustan a la mayoría). 

Muchos optan, erróneamente a mi entender, por fingir ser quien no se es -realizando actividades y elecciones no les llenan- para así ganar aceptación social. Pero debemos tener en cuenta que las cosas que consideramos normales no existen. Al igual que no existen las cosas diferentes. Son creación nuestra o de nuestra sociedad. Son razonamientos completamente culturales, educacionales. Todo lo que alcanzamos a ver no es sino el principio de algo. El ejemplo del iceberg serviría, pero para muchas personas lo poco que se puede ver de ellas es lo que consideran importante. Las personas en general ven lo que quieren ver, oyen lo quieren oír y dicen lo que consideran oportuno decir.

Si abriéramos nuestra mente y viésemos las cosas desde varios puntos de vista romperíamos con ese paradigma de lo ‘normal’ y lo ‘diferente’. Nos daríamos cuenta de que lo normal son sólo líneas imaginarias impuestas por las personas. Estas líneas delimitan un rango y todo lo que está situado fuera de ellas o más allá de sus límites es diferente.


Quizás la mejor sugerencia que puede realizarse, es no preocuparse acerca de las rarezas o las normalidades, sino preocuparse en hacer lo que nos permite sentirnos mejor y vivir de acuerdo a nuestras convicciones y lo que mejor se amolde a nuestra forma de ser y objetivos personales. Si nos hace feliz una forma concreta de ser y no se daña a nadie con ello, aunque eso sea percibido como raro externamente porque se sale de la norma, es buena política conservar esa conducta.

Cuando lo normal es lo diferente

Pensemos que la palabra normal según la DRAE, se define como aquella “que no produce extrañeza, que es general, mayoritaria, que ocurre siempre o habitualmente”. Ya partiendo de esta premisa, se puede concluir que si normal es lo que ocurre habitualmente se puede considerar como “normal” la discriminación, la exclusión e incluso el mal uso del poder y así podríamos continuar con una lista interminable de rasgos y actitudes poco recomendables. En dicha definición también se equipara lo normal a lógico, es decir, se queda fuera la diferencia, “la cualidad o aspecto por el cual una persona se distingue de la otra, la variedad”. No podemos olvidar que el miedo que se siente hacia lo desconocido lleva al ser humano a apartarse, a parapetarse en lo propio y calificar lo de los demás como extraño, como raro, descartable, anormal. Se desprecia lo que se desconoce y se enroca en fuentes propias que ratifican sus creencias. Tiende a censurarse a cualquier persona que plantea ideas nuevas, que es capaz de dar nuevos usos a las cosas o que muestra esperanzas en proyectos que para la mayoría parecen absurdos. Es como si de algún modo no se nos permitiera soñar, luchar o innovar, como si salirse de “lo que todo el mundo hace, o piensa” fuera cuanto menos estúpido o una mera fantasía. La ambición y las ganas de pensar y, por qué no, la necesidad, nos hará ser diferentes. La autocomplacencia nos hunde en la normalidad, esa normalidad que para muchos significa refugio. 



Pero el estar generando acciones sin abrir la mente y las expectativas, lo único que va a generar es que nos quedemos atrapados en este paradigma social. Siempre seguiremos haciendo lo mismo y eso no va a generar novedades que aportar a la sociedad. La diferencia aporta diversidad y la diversidad es necesaria e imprescindible en toda sociedad.

Por todo lo comentado con anterioridad querría dejar como ejercicio de reflexión acerca del post la siguiente pregunta. ¿Y si lo preferible fuese la normalidad de lo diferente, la variedad de lo inhabitual, la sorpresa y la más amplia gama posible de sabores, sonidos y formas de vida y ocio? 

Fuentes: Elaboración propia, upcomillas, lostinbergen, ileon, belenpdprado, ensilicio

domingo, 19 de junio de 2011

Cambio, aprendizaje y experiencia

"La mejor forma de pronosticar el futuro comportamiento de una persona es averiguar cuáles fueron sus patrones de comportamiento en el pasado" Pierre Mornell

¿Pueden cambiar las personas? ¿Podemos modificar nuestras conductas más arraigadas?

Es posible que te hayas preguntado alguna vez si los humanos podemos realmente cambiar, los gurús de la autoayuda suelen decir que el cambio en nuestra personalidad es relativamente sencillo, pero la realidad es muy distinta ya que para la gran mayoría de las personas los cambios en la personalidad sólo llegan a través de prolongados esfuerzos. Nuestra personalidad viene determinada en parte por la herencia, pero también es verdad que, fundamentalmente, es el resultado de las miles de interacciones con ambiente que nos rodea, entendiendo por ello las personas, las situaciones, los lugares, los sucesos, la cultura, etcétera; la personalidad, pues, es el resultado de esas miles de vivencias, experiencias y aprendizajes a lo largo, sobre todo, de los primeros años de nuestra vida.



La imposibilidad de cambiar es frecuentemente vista como deprimente o limitante. La investigación en psicología nos dice que la personalidad de la gente es relativamente estable a lo largo de su vida, para la gran mayoría de las personas los cambios en la personalidad sólo pueden llegar a través de intensos esfuerzos.

Pero la personalidad no tiene una estructura completamente inmóvil, sino que está sometida a ciertos cambios en función de los estímulos externos y, sobre todo, de las experiencias que vamos acumulando a lo largo de la vida. Durante la infancia y la adolescencia resulta mucho más fácil introducir transformaciones en la personalidad, ya que ésta no se ha configurado plenamente, con lo que todo tipo de influencias ejercen un mayor poder. Es evidente que es más fácil cambiar cuanto más joven se es, lo que no impide que se puedan realizar cambios a edades más avanzadas. Hasta hace muy poco se creía que las personas no experimentaban cambios psicológicos relevantes después de los treinta años de edad, pero diversos estudios como el realizado por psicólogos de la Universidad de California en Berkeley sobre 130.000 personas de edades comprendidas entre los 21 y los 60 años de edad, han venido a demostrar que en determinados aspectos el carácter de un adulto evoluciona durante toda la vida.

El modelo quizá más conocido y aceptado dentro del estudio de la personalidad, es el llamado "Big Five". Según este modelo, existirían cinco dimensiones o rasgos que definirían nuestra personalidad, neuroticismo (inestabilidad emocional, inseguridad, tasas altas de ansiedad), extraversión (alta sociabilidad, preferencia por la compañía de los demás antes que la soledad), apertura (búsqueda emociones, gusto por lo desconocido, exploración), amabilidad (franqueza, altruismo y la sensibilidad hacia los demás) y responsabilidad (gran sentido del deber, del orden y de la competencia). El estudio ha contrastado que los factores Neuroticismo, Extraversión y Apertura descenderían con el paso del tiempo, de manera que las personas tenderían a ser más estables emocionalmente, más reservadas y orientadas hacia sí mismas y con una menor necesidad de exploración o de búsqueda de nuevas alternativas. Estos estudios demuestran que con la edad la gente en promedio tiende a volverse más segura, responsable, tranquila y estable emocionalmente.



Igualmente esa posibilidad de cambio debe ponerse en un contexto claro, a partir de una cierta edad (generalmente los 30-35 años) la esencia de una persona es realmente complicado que varíe, se producen muy pocos cambios y muy sutiles, y los más destacados que se producen están muy influenciados por alteraciones hormonales que se escapan de nuestro control. Por ejemplo el aumento en los niveles de amabilidad de la gente a partir de los 50 años está muy relacionado con el descenso de los niveles de testosterona en el hombre, mientras que en el caso de la mujer su mayor asertividad y estabilidad emocional en la madurez se relaciona con el descenso en su nivel de estrógenos. La realidad es que somos como somos. Existen multitud de estudios en psicología (incluso el anteriormente señalado) que demuestran que nuestra personalidad resulta extraordinariamente estable. Si en la guardería somos más cautos que nuestros compañeros, seguiremos siendo más cautos que nuestros vecinos en la residencia de ancianos. Si en la guardería somos más brillantes intelectualmente que nuestros amigos, en la residencia de ancianos seguiremos siendo más inteligentes. Con excepciones, que duda cabe, pero la tendencia, en general, es esa.

Por más que algunos detalles de la personalidad puedan tratar de cambiarse si se consideran "mejorables" y se ve que nos resultan perjudiciales, el núcleo básico y la esencia de una persona y su forma de ser no cambia o cambia muy poco, más aun si se trata de algo asentado en nuestra forma de actuar y que muestra "resistencia al cambio". Como ilustra la cita que abre el post para la mayoría de la gente la mejor forma de predecir lo que hará en el futuro es observar su conducta en el pasado, es decir, tendemos a repetir una y otra vez el mismo tipo de conductas que ya están arraigadas en nuestra forma de ser. Para plantearnos la necesidad de un cambio es necesario tener capacidad de autocrítica, ser capaz de detectar carencias propias o cosas a mejorar y tener deseo de cambio, así como voluntad. Nadie puede obligar a cambiar a nadie si esa persona no está convencida de que ese cambio es lo mejor o más conveniente para ella.


La consecuencia es que resulta muy complejo cambiar. De hecho, es cuestionable que sea terapéutico intentar modificar nuestra personalidad. De ahí la importancia de aceptarnos como somos, y trabajar, llegado el caso, para intentar moldear algunas de las conductas que nos hacen sufrir, perturban a la gente con la que convivimos, o simplemente nos disgustan, sea cual sea la razón.

Las modificaciones de la personalidad en realidad son una necesidad terapéutica para aquellos que tienen un trastorno de la personalidad. Estas personas han ido estructurando una serie de patrones de conducta y mecanismos psicológicos que les dificultan la adecuada elaboración de algunas vivencias, que se traducen generalmente en angustia, ansiedad, agresividad, pérdida del autocontrol, insatisfacción, etc. Esta labor no es fácil, ya que desmontar y sustituir estos patrones de conducta por otros más adecuados requiere siempre bastante tiempo y la colaboración de estas personas, para las que dichos cambios suponen un esfuerzo importante que no da demasiados resultados a corto plazo, por lo que es necesaria una relativa constancia. Por ejemplo, si a partir de cierta edad alguien tímido quiere dejar de serlo en una faceta concreta de su vida, no le queda más remedio que lanzarse y aventurarse a lo desconocido, y arriesgarse a "romper hielos", aunque la primera vez le cueste un mundo, ya que lo que para otro es algo natural, para él será como escalar una montaña. Igualmente y siguiendo con el mismo ejemplo aunque puede paliarse algo y mejorar con la madurez y los años, si alguien es de naturaleza tímida habrá que partir de la base de que siempre le va a costar dar ese primer paso o abrirse a entornos y gente desconocida.

Romper con la zona de confort

Un patrón de conducta se establece mediante la repetición de un cierto tipo de comportamiento como forma de resolver situaciones similares. Por ejemplo, hay personas cuyos patrones de conducta se han estructurado utilizando exageradamente los mecanismos psicológicos de huida o evitación. Si saben que tienen que enfrentarse a una situación en la que no se saben desenvolver adecuadamente, o que les va a generar ansiedad (una situación social, ambiental, etc), reaccionan evitándola, aun a sabiendas de que, a medio o largo plazo, les ocasionará un perjuicio personal. Si, de forma inesperada, se ven envueltos en una de estas situaciones pueden reaccionar mediante mecanismos de huida, escapando de esa situación, con lo que a corto plazo se sienten aliviados. El resultado es que, evitando estas situaciones o huyendo de ellas, dichas personas consiguen evitar el sufrimiento que les producen, pero a medio o largo plazo sufren, si cabe, más, ya que se sienten incapacitadas para llevar una vida normal, encontrándose condenadas, muchas veces, a un mayor o menor aislamiento. Son personas que no están acostumbradas a superar dificultades, sino a evitarlas o, en apariencia, ignorarlas, ya que la puesta en marcha de estos mecanismos psicológicos de huida y evitación forma parte de la estructura de su personalidad, y a fuerza de repetir este tipo de comportamientos, se sienten incapaces de utilizar otros.

Un cambio de personalidad supone el abandono de estos mecanismos patológicos para ser sustituidos progresivamente por otros más adecuados. En el ejemplo anterior estas personas deben intentar enfrentarse a estas situaciones de forma decidida y comprobar cómo, en muchos casos, son capaces de superarlas, lo que además incrementará su seguridad en sí mismos.


Generalmente la representación que hacemos del mundo es sólo un modelo del mismo. ¿Cómo se forman nuestros mapas mentales? Pues a través de la educación, la familia, las experiencias, la sociedad. Pensar "fuera del marco" es un reto, un ir más allá de ti mismo y a veces más allá de tu entorno, un atreverse a hacer algo distinto, ser consciente de que parte de lo que pensamos que es la realidad es una construcción mental, es arriesgarse a equivocarse e incluso es arriesgarse a acertar, es estar dispuesto a escuchar críticas, a que te señalen con el dedo, a no seguir el camino trazado, a llegar a lugares insospechados… La única manera que tenemos de ampliar nuestro mapa, de realizar nuevos aprendizajes es saliendo de nuestra zona de confort. Si permanecemos en ella, lo más posible es que acabemos repitiendo siempre las mismas cosas.

       

Salir de nuestra zona de confort implica un sacrificio, es decir, renunciar a la comodidad de permanecer en algo y a la vez hacer un esfuerzo por hacer algo que no nos gusta, pero esto no lo admitimos conscientemente sino que la mente elabora una serie de excusas para mantenernos igual. Los cambios son difíciles de realizar para la mente, que ama el hábito y se aferra a las ideas. Son innumerables las herramientas que usa la mente subconsciente para sostener un hábito, para no hacer algo o para no abandonarlo. Cuando lo hacemos, estamos empezando a generar nuevas opciones y eso es indispensable para que en un momento posterior podamos realizar las acciones que producirán esos cambios. Cambiar supone enfrentarte a cosas que tal vez no quieras ver, te obliga a tomar decisiones incómodas y a transitar caminos en los que no te sientes seguro. Como dice Carlos Castaneda “A los seres humanos les encanta que les digan lo que deben hacer, pero aún les gusta más luchar y resistirse a hacer lo que se les dice; y de este modo se enredan en aborrecer a quien los ha aconsejado”. En ese volverse contra el que te lo dice, la persona encuentra un modo de enfrentar el miedo al cambio, se queda tranquila y puede volver a su zona de confort, a su zona de seguridad.

El error como maestro

Aventurarse a salir de esa zona de confort implica la necesidad de saber lidiar con la equivocación y con el error. En general, en las culturas latinas y judeocristianas, la equivocación no está bien vista. Parece que cuando alguien comete un error, se interpreta como que ha hecho algo malo, tiene que avergonzarse y por lo tanto, tiene que pagar un alto precio por ello. En el mundo de los emprendedores, se mitifican lugares como Silicon Valley, por muchas razones obvias, pero también porque allí la equivocación, el fracaso en algunos proyectos demuestra que te has arriesgado y que posiblemente has aprendido algo valioso para tus proyectos futuros. El mismo Eric Schmidt CEO de Google respondía en una reciente entrevista a la pregunta de si Europa podría desarrollar un Silicon Valley y que se necesitaba para ello, con la siguiente respuesta: "Tres cosas. Las universidades punteras y las sociedades de inversión ya las tienen, pero a los europeos les cuesta mucho la tercera: permitir el fracaso. Si no fallas, no aprendes".

La idea que subyace es que cuando algo sale mal, no has fracasado por ello, sólo has obtenido un “feedback” o aprendizaje que te obliga a hacer las cosas de otra manera si quieres que te salgan mejor la siguiente vez. La vida consiste en un camino de continuos aprendizajes y sería un poco iluso pensar que en esos aprendizajes nunca meteremos la pata. Demos pues la bienvenida al error como ese maestro, que aunque al principio nos parece un poco duro con los años lo recordamos con cariño, ya que gracias a él logramos romper muchos límites y superarnos a nosotros mismos.


Aprender de los errores implica analizar cómo debemos comportarnos para no volver a repetir modelos de conducta equivocados. Y además, aunque sea contraintuitivo, aprendemos mejor aquellas cosas en las que previamente nos hemos equivocado y luego rectificado, ya que dejan mayor impacto en nosotros. Hay quien dice que el 70% de las decisiones que tomamos, conducen a un error, en promedio, lo que nos dice es que esa es la forma en que funciona el aprendizaje y el desarrollo humano, a base de prueba y error. Si encerramos a un perro y situamos afuera la comida el perro buscará salir hasta que por casualidad presione el dispositivo de salida. Repitiendo la prueba aprenderá, habrá creado un reflejo condicionado. Cuando enfrentamos situaciones nuevas sobre las cuales no hay memoria ni reflejos practicamos por ensayo y error, modificamos el medio y el medio nos modifica: si nuestra conducta nos beneficia la aprendemos, si no sirve desaparecerá. Todos tenemos miedo de cometer errores. Nos encantaría ser perfectos y hacer todo bien en todo momento. Sin embargo, la vida simplemente no funciona así. Cometer errores es simplemente una manera más de aprender, la que a menudo llamamos “el aprendizaje por la experiencia”. El aprendizaje por la experiencia es un aprendizaje que se fija mejor en nuestra mente. El aprendizaje por experiencia no es sólo una manera de incorporar una nueva técnica, sino que también produce el efecto de “cómo no hacerlo”.

Aprendizaje a partir de la experiencia

¿Qué aprendemos de la experiencia, de lo que ha sucedido, de lo que nos ha pasado?. Muchas de las cosas que han acontecido han sido las mismas para todos, pero no a todos nos han hecho aprender lo mismo. No a todos nos han hecho siquiera aprender.

Resulta sorprendente la facilidad con que se repiten los errores habiendo sido víctima de ellos. Hijos que han sufrido incomprensión se convierten en padres que no hacen esfuerzo alguno para comprender a sus hijos. Pacientes que han sido maltratados por la insensibilidad de los médicos y que luego se convierten en médicos insensibles. Alumnos que han sido objeto de evaluaciones rígidas, autoritarias, irracionales y que luego se convierten en profesores que practican una evaluación irracionalmente autoritaria. ¿Cómo es posible que en tan corto tiempo se haya olvidado todo lo que se ha vivido?

No se aprende automáticamente de la experiencia. Lo que nos da a todos la experiencia, de forma inexorable, son años. No nos da, automáticamente, sabiduría, para ello se requiere tener capacidad para analizar críticamente lo que sucede, comprendiendo los significados, las causas y las consecuencias y voluntad para asimilar en la propia historia aquello que se ha descubierto.

¿Pero se aprende sólo de los errores o también de los errores del resto?, la historia es maestra de la vida en dos sentidos. El primero está basado en nuestra propia historia, lo que hemos hecho en el pasado, las experiencias anteriores, nos enseñan cómo afrontar las nuevas. A esto la psicología llama autoaprendizaje o experiencia directa. Es la forma más importante de aprendizaje. Cuando una persona realiza con éxito una actividad aumenta su expectativa de eficacia, sin embargo, los fracasos la disminuyen. El segundo método se basa en la experiencia pasada de los seres humanos, en psicología, un aprendizaje de este tipo se llama "vicario", pues uno aprende no por propia experiencia sino por la experiencia ajena que él observa, y se refiere al aprendizaje por observación o imitación.


Sería bastante limitante entender que solo se aprende de los errores propios. Es mucho mejor si es posible aprender de los errores de los demás. Como escribió Catón hace 2000 años: "los hombres más sabios evitan los errores de los necios". Se aprende no sólo lo que se hace, sino también observando las conductas de otras personas y las consecuencias de estas conductas. Esto es posible porque disponemos de la capacidad para poder representar mentalmente lo que percibimos. Quizás muchos hayamos escuchado esta frase tan popular “no hay que reinventar la rueda”, lo que quiere decir que si un proceso está bien investigado debemos tomar ventaja de eso y no malgastar tiempo y esfuerzo. Una gran parte de la experiencia emocional se adquiere en forma de aprendizaje vicariante. La capacidad de las emociones en cierto modo de «contagiar» a los demás, es la base de la adquisición de la experiencia emocional propia.

Muchas veces la mejor ayuda que podemos recibir la tenemos en los demás y en sus experiencias, pese a que tendemos a no valorarlas. La herramienta más útil que tenemos los humanos para evitar errar en un futuro y saber elegir cada vez mejor es la experiencia, se puede adquirir por uno mismo afrontando directamente las consecuencias de nuestras decisiones -muchas veces es la única forma de aprender-, pero también observando a las personas que han pasado por las mismas circunstancias en el pasado y que saben las cosas que le han ocurrido con sus actos. Generalmente la mayoría de la gente piensa que sus casos son diferentes al resto y piensan que lo que sufren, experimentan o viven otras personas en otros momentos no nos vale para predecir "nuestro futuro". Pero ni somos tan especiales ni las situaciones particulares son tan diferentes a otras, el mismo tipo de casos con el mismo perfil de personas suele provocar el mismo tipo de resultados y conclusiones. Hay muchas vivencias susceptibles de emulación, prototipos humanos a seguir por sus cualidades y virtudes, pero esos modelos y sus observaciones únicamente tienen, en lo que se refiere a la percepción de nosotros mismos, un valor comparativo, de referencia.

El aprendizaje vicario tiene mayor probabilidad de éxito si la experiencia previa del sujeto es escasa, si el modelo resulta de interés y si tiene características similares a él, tanto de ejecución como personales. Tampoco ese modelo tiene que ser necesariamente un genio o un brillante consejero, pero es probable que tenga una gran capacidad de estudio y que haya recopilado tal cantidad de información y habilidades que su ejemplo le haga ampliar su propia perspectiva y le ahorre mucho tiempo y esfuerzo. También se podría solicitar el apoyo explícito del modelo elegido, hablar con él si es posible, y pedirle su colaboración activa, preguntarle qué obstáculos encontró y cómo los resolvió.

El aprendizaje vicariante actúa, pues, como un recurso útil en la toma de decisiones pues hacemos uso del mismo cuando tenemos que tomar rápidamente una decisión o cuando no tenemos la suficiente información o la suficiente capacidad para procesarla. El aprendizaje vicariante es particularmente importante cuando existen problemas de falta de información o incertidumbre sobre el estado actual o futuro. Cuando estamos en situaciones de falta de información, o cuando nos sentimos incapacitados para analizar la situación o la información disponible.