domingo, 8 de enero de 2012

¿Cómo afectará la automatización al futuro del trabajo?



El auge de la automatización y la tecnología nos ha llevado a un punto de inflexión único. En el futuro, los que prosperarán serán aquellos que hayan sabido adaptarse al nuevo entorno. ¿Habrá en el futuro suficiente empleo para reubicar y reciclar a las personas que serán desplazadas por la automatización?. ¿Sería posible  establecer un sistema de reparto de la riqueza que sustituya al trabajo?

La digitalización y la robotización de millones de trabajos emerge como una tendencia inevitable. Y este proceso ya se ha cobrado múltiples “víctimas”, es decir, aquellas instituciones, sistemas y organismos que no son capaces de adecuarse a las pautas del nuevo escenario. Y entre estas “víctimas” podemos considerar la pérdida de muchos negocios y empleos que han dejado de ser útiles o necesarios.



Las empresas son cada vez más grandes (en términos de capitalización de mercado), más globales y potentes, sin embargo, son cada vez más pequeñas en términos del número de personas que emplean debido al incremento de la eficiencia. En los viejos tiempos, cada producto, lo realizaban muchas personas de muchas maneras diferentes en muchos lugares diferentes del planeta. Era un proceso ineficiente, pero daba empleo a mucha gente. Ahora, por ejemplo una misma silla de Ikea se puede vender en todo el mundo y no necesitamos tanta gente para su diseño y fabricación.

Prácticamente todas las industrias y sectores productivos han aumentado su eficiencia: ya no hace falta tanta gente como hace décadas para desempeñar el mismo tipo de trabajos. Y para completar el cuadro, hasta hace pocas décadas gran parte de las mujeres no trabajaban (y ese cambio debemos considerarlo como un gran logro social), y muchas manufacturas se hacían en el país, con mano de obra propia, y no deslocalizando empresas como en la actualidad.

Evolución de la tasa de actividad en España

El resultado es que cada vez hay menos trabajo disponible y los aspirantes a trabajar cada vez son más. Ante esta situación y dado que el efecto de la tecnología parece inevitable, deberíamos prepararnos para poder dar una solución a este problema, que pronto se nos presentará en toda su magnitud.

Si nos remontamos a épocas pasadas este proceso de cambio no es nuevo, de forma continuada desde el inicio de la Revolución Industrial, la industrialización y las máquinas fueron poco a poco sustituyendo la fuerza muscular de los humanos y de los caballos. La Era Industrial en gran medida consistió en hacer que los trabajos fueran lo menos importantes y especializados que fuera posible. El objetivo de tecnologías como la línea de producción no era tanto hacer la producción más rápida como hacerla más barata, y a los trabajadores más sustituibles. Ahora que estamos en la era digital, en parte estamos utilizando la tecnología de la misma manera: para aumentar la eficiencia, reemplazar a más gente que pasa a ser prescindible, e incrementar los beneficios.

Muchos trabajos ya han sucumbido y otros sectores pronto empezarán a notar su efecto, el imparable incremento de la potencia de cálculo de los ordenadores, la evolución de la inteligencia artificial y el papel preponderante de internet en el día a día nos dibuja una perspectiva en la que muchos sectores profesionales no tendrán más remedio que adaptarse si quieren sobrevivir al proceso. 

Algunos ejemplos del impacto de la automatización 

Actualmente la explosión de la fotografía digital, los smartphones y un pequeño grupo de personas en Instagram o Flickr, son capaces de hacer caer a un gigante como Kodak y dejar a sus miles de empleados sin trabajo. La caída del rey de la fotografía analógica es un emblema del fin de una época. Pese a que en los últimos tiempos Kodak trató de adaptarse a la fotografía digital la gente hizo el cambio antes de darles tiempo a modificar sus modelos de negocio. Kodak siempre vendió cámaras, pero su verdadero negocio estaba en el revelado de las películas. Durante las décadas de dominio del mercado por parte de Kodak, la empresa construyó una vasta infraestructura especializada de maquinaria, equipos y técnicas de fabricación, distribución de película y papel fotográfico. Todo eso ha dejado de ser relevante en 2012 y su bancarrota ha sido cuestión de tiempo.

Evolución de la venta de películas y cámaras en los últimos años

No es el único caso hay, muchos más. Un caso interesante es el de las oficinas de correo, que año con año, desde hace una década, han visto cómo el número de usuarios que recurren a sus servicios va desplomándose. En el caso de la oficina estadounidense de correos, el U.S. Postal, ha perdido tantos usuarios que incluso valora la posibilidad de cerrar a corto plazo, lo cual dejaría sin empleo a casi un millón de personas. El verdadero responsable es el email. La gente envía un 22% menos correo de lo que hacía hace cuatro años, eligiendo pagar mediante factura electrónica y prefiriendo otros medios de comunicación en Internet antes que sobres y sellos. 

El periodismo es otro sector en peligro. Está en un proceso de crisis mundial sin precedentes y debe reinventarse a todos los niveles, y no se debe a la crisis económica, se debe a internet y a la democratización del acceso a la información que han cambiado por completo el panorama de su profesión. Los periódicos están sobreviviendo a duras penas. En los viejos tiempos, para cada evento de prensa, había cientos de periodistas que escribían sobre la misma historia de sus periódicos locales. El periódico físico era casi el único medio por el que la gente se enteraba de lo que sucedía en el mundo.



Actualmente los modelos de negocio que funcionan en el periodismo son los de la era predigital. Y hoy ya vivimos en la era digital en la que el acceso a la información es instantáneo y no implica costo, no hay ninguna razón por la cual cientos de periódicos deban escribir y publicar sus propias versiones de la misma historia. Antes la prensa tenía el valor del acceso a la información en exclusiva, algo de lo que el ciudadano normal carecía, hoy si algo sobra es información (webs, blogs, twitter...). El periodismo siempre será necesario pero necesita adaptarse a los nuevos tiempos si quiere seguir manteniendo el mismo volumen de empleo.



La aplicación de la informática, la automatización y la tecnología en nuestro día a día acaba de comenzar realmente, vamos hacia un futuro en el que haremos los pedidos por Internet y donde la única intervención humana será la nuestra. Un futuro en el que habrá cintas transportadoras para la comida en vez de camareros, donde las cajeras de los grandes supermercados sean sustituidas por sistemas de scaneado, donde las oficinas virtuales, los bancos on-line sean la alternativa al cierre masivo de sucursales bancarias, las máquinas expendedoras de comida y bebida, incluso  sistemas expertos que actúen como abogados en base a un conocimiento previo convenientemente procesado. Quizás muchas de estas cosas nos parezcan lejanas pero son planteamientos que ya se están produciendo y pronto se empezarán a aplicar, una muestra:

Incluso el modelo chino de desarrollo basado en mano de obra con sueldos irrisorios, condiciones laborales esclavistas, ausencia completa de protección medioambiental o de seguridad, se está viendo afectado por el auge de la automatización, pues los robots no se suicidan, ni pasan penurias, fatigas o conflictos, no tienen hijos que mantener y cuando ya no sirven se tiran a la basura (desgraciadamente en ese sentido, sí hay más similitudes...). Una muestra: el mayor fabricante mundial de componentes electrónicos, el taiwanes Foxconn, que tiene empleados del orden de 1 millón de trabajadores en China, va a instalar del orden de 1 millón de robots en los próximos 3 años para reducir su mano de obra en China

El ludismo y la falacia de los luditas

En este contexto han empezado a surgir, principalmente entre los sectores profesionales afectados, grupos neoluditas que consideran la tecnología será la culpable del deterioro de las condiciones laborales y sociales. Este movimiento es la versión "evolucionada" del ludismo, un movimiento obrero que adquirió auge en la Inglaterra del siglo XIX a partir del odio hacia las máquinas y el llamado desempleo tecnológico. Sus seguidores se llamaban ludistas o luditas (luddites en inglés), nombre que tomaron del líder del movimiento, Ned Ludd, que fue el primero en romper un telar como protesta. El ludismo representaba las protestas de los obreros contra las industrias por los despidos y los bajos salarios ocasionados por la introducción de las máquinas. 

Luditas atentando contra máquinas de vapor

La economía ortodoxa siempre ha rechazado este hecho utilizando la llamada falacia de los luditas, que afirma que incluso si un sector concreto pierde trabajadores por culpa de la automatización esa pérdida quedará compensada por la creación de otra industria, la que se encargue de la fabricación de esas  máquinas y la encargada de su reparación (u otras industrias que produzcan otro tipo de bienes diferentes) que absorberán los trabajadores perdidos en un sector concreto. Y aunque pasar de un sector a otro requiere un reciclaje laboral, no necesariamente sencillo y no es siempre cierto que el sector de fabricación y el de reparación pueda compensar los despidos, la verdad es que durante el siglo XIX y el siglo XX la progresiva automatización del trabajo no ha repercutido negativamente en la empleabilidad de la población, la productividad ha ido en incremento y ha existido suficiente trabajo a grandes rasgos para ocupar a toda la población activa. Pero... ¿sucederá lo mismo en el siglo XXI?

Reestructuración y reciclaje del trabajo

Hay quien argumenta que no, que ese punto de inflexión ya ha llegado. Nos gusta creer que la respuesta apropiada es entrenar y educar a los humanos para que realicen un trabajo más especializado. En lugar de recoger los pagos del peaje, el trabajador entrenado arreglará y programará los robots que recogen los peajes. Pero la realidad es que la tecnología sustituye a mucha más gente de la que se necesita para programarla y diseñarla. En 1900, los trabajadores agrícolas pudieron entonces emigrar de los campos a las fábricas e incluso ganar salarios más altos en el proceso. Hoy esa evolución no está tan clara y de existir alguna esperanza esa debe depositarse en los empleos científicos y tecnológicos, la innovación, en aprender nuevas habilidades acordes a los tiempos y necesariamente en la mejora de la educación.



Brillante presentación de Sir Ken Robinson acerca de la necesidad de cambiar los paradigmas educativos



Por ello cada vez se hace más imprescindible aumentar la educación de la población y mover la fuerza de trabajo hacia áreas de mayor valor, y ese mayor valor sólo se adquiere con más formación académica y con empresas y empleos innovadores que sepan adaptarse al siglo XXI. Seguirá habiendo trabajo, pero los empleos van a ser distintos a medio y largo plazo. Antes se necesitaban obreros para trabajos físicos y con una formación básica era más que suficiente. Ahora, cada vez más, se necesita gente con ciertos conocimientos técnicos. El ejemplo de las bajas tasas de paro actuales en los países que más han apostado por la tecnología y la educación, incluso en un escenario de crisis global debería hacernos reflexionar sobre el camino que hay que seguir de cara al futuro.

Las tecnologías de la información y la comunicación (las TIC) están llamadas a constituir un punto de inflexión, como en su día fue la electricidad, al tener la capacidad de cambiar radicalmente los modelos de negocio y aumentar la productividad en muchos sectores diferentes. Los avances que parecían imposibles hace unos años, como los coches totalmente autónomos o la traducción automática de alta calidad, son ahora realidades, o pronto lo serán. Y hay buenas razones para pensar que las TIC tan sólo están empezando a desarrollarse, el horizonte es enorme y fascinante.

                    

Muchos han sido capaces en tiempo record de crear nuevos trabajos rentables y modelos de negocio exitosos en este nuevo contexto, pensemos por ejemplo en Google, Apple, Facebook, Twitter o Amazon. Tecnologías revolucionarias requieren  nuevas formas de combinar trabajo y capital para obtener ganancias. Pero eso no quiere decir que en el futuro todos los empleos deban estar relacionados con la tecnología, por ejemplo se considera que algunos empleos de baja cualificación no tienen malas perspectivas (incluyendo trabajos de limpieza, jardinería, salud en el hogar, cuidado de niños o seguridad) ya que generalmente son puestos que requieren de una cierta interacción personal para lo que el ser humano sigue aportando ventajas. En algún momento, los robots serán capaces de cumplir estas funciones, pero hay pocos incentivos para robotizar estas tareas, además habrá gran cantidad de personas  dispuestas a trabajar por bajos salarios.


Si ahora tratamos de tomar una perspectiva más amplia veremos que hoy en día la gran mayoría de nosotros estamos haciendo trabajos que ningún agricultor del siglo XIX podría haber imaginado. Y aunque hoy nos resulte difícil de creer se estima que antes del final de este siglo, el 70% de los trabajos actuales serán reemplazados por la automatización.

La siguiente imagen clasifica con claridad los diferentes tipos de trabajos y resulta de utilidad a la hora de ilustrar el proceso gradual de reemplazo laboral que provocará la robotización.




En el cuadrante A tendríamos los trabajos que actualmente hacemos los seres humanos, pero que los robots pueden hacer aún mejor. Los seres humanos pueden tejer telas de algodón con gran esfuerzo, pero los telares automáticos pueden hacer tela perfecta de forma mucho más barata y eficiente. El cuadrante B agruparía los puestos de trabajo que los humanos no pueden hacer, pero en cambio sí pueden los robots. Un ejemplo trivial: Los seres humanos tienen problemas para hacer un tornillo de latón sin ayuda, pero gracias a la automatización se pueden producir miles de ellos por hora.

El cuadrante C estarían los nuevos puestos de trabajo creados por la automatización. Con la ayuda de robots y la inteligencia computerizada podemos hacer cosas que nunca pensábamos hacer hace 150 años. Podemos eliminar un tumor en el intestino a través de nuestro ombligo, grabar un vídeo de nuestra boda o programar una aplicación para un smartphone.

De igual forma la propia automatización también va a generar demanda de nuevas profesiones-ocupaciones que no hubiésemos imaginado en el pasado. Es una apuesta segura pensar que el grueso de profesiones que existirán en el año 2050 dependerá en gran medida de automatizaciones y máquinas que no se han inventado todavía.



Pero en cualquier caso muchos argumentan que no será posible crear el suficiente número de nuevas empresas y nuevos empleos, a un ritmo lo suficientemente rápido para poder reubicar a las personas que serían desplazadas por la automatización masiva. Los trabajadores o profesiones asociadas a las nuevas tecnologías que surgirían sólo representarían una pequeña fracción del empleo.

¿Qué nos deparará el futuro?

El hecho es que la solución no pasa por un resurgir del neoludismo, sino por apostar más aún por la tecnología y ser capaces de abrirse a nuevos modelos de negocio y organizativos. Un cambio de paradigma provocado en gran medida por las capacidades que ofrece la tecnología en todos los aspectos de nuestras vidas. Una tecnología que está enmarcada en modelos de negocio obsoletos en gran medida.




No es posible un retroceso y además no tendría sentido (pensemos en la producción de medicamentos y tantas cosas positivas para la vida humana), sino que hay que pensar que este desarrollo sirva no sólo para que una cada vez más exigua minoría de la población acapare toda la riqueza, mientras que la mayoría se vea condenada a la pobreza. La última década ha visto el crecimiento más rápido de la productividad desde la década de 1960, pero los salarios promedio y el empleo se han estancado, dejando a millones de personas en peor situación relativa. Esto presenta una paradoja: si la tecnología y la productividad se mejora tanto ¿por qué millones de personas en el mundo desarrollado se quedan atrás?. Cada vez se crea mas abundancia, pero menos gente puede acceder a ella. La evolución de las mejoras tecnológicas, hasta ahora, no ha ido seguida de una mejora ética, la tecnología se ha desarrollado con el fin de aumentar los beneficios por la reducción del trabajo humano. Quizás la automatización a gran escala sea, de hecho, una oportunidad para el ser humano, pero para ello se impone un cambio fundamental de las escalas de valores y en la forma en que nuestra sociedad opera.

¿Futuro sin empleos?

Pero hay quien plantea escenarios alternativos, es el caso de Douglas Rushkoff, analista socioeconómico, que se ha atrevido a cuestionar en un artículo publicado en CNN la misma naturaleza del trabajo. En realidad él se pregunta si en verdad el desempleo es un problema fundamental o en realidad se trata de una inercia que ya no necesariamente encaja en la vida contemporánea. Según sus propias palabras: “¿Desde cuándo el desempleo se convirtió en un problema? Entiendo que todos queremos nuestro salario, o al menos queremos dinero. Queremos alimento, techo, vestido y todas esas cosas que el dinero puede adquirir. ¿Pero de verdad queremos empleos?”. 

El hecho es que vivimos en una economía en la cual el objetivo ya no es la productividad, sino el empleo. Esto se debe a que en esencia tenemos practicamente todo lo que necesitamos. Occidente es lo bastante productivo como para dar abrigo, alimento, educación e incluso sanidad para toda su población, y para eso bastaría con que trabajara una fracción de los que ahora trabajamos. Según la FAO, hay suficiente comida como para darle a todos y cada uno de los habitantes del mundo 2,720 calorías al día, después de todo quizá no se trata de que no haya recursos para que todos vivamos.



Según Rushkoff nuestro problema no es que no tengamos suficientes cosas, es que no tenemos suficientes maneras para que la gente trabaje y demuestre que se merece estas cosas. "La pregunta que tenemos que comenzar a hacernos no es cómo emplearemos a toda esa gente que es reemplazada por la tecnología, sino cómo podemos organizar una sociedad alrededor de algo más allá del empleo. De lo que carecemos no es de empleo, sino de una forma de distribuir con justicia los bienes que hemos generado a través de nuestras tecnologías en un mundo que ya ha producido mucho más de lo necesario”. 

Si aceptáramos que el alimento y el hogar son derechos fundamentales de todo ser humano (existe suficiente de ambas cosas para que a nadie le falte), entonces el resto del trabajo que haríamos serviría para adquirir aquellas cosas que no son indispensables para nuestra existencia pero que sin duda la enriquecen.





Según otra visión alternativa dada por un pionero de la realidad virtual, Jaron Lanier, ya no necesitamos hacer cosas para hacer dinero. Podemos intercambiar productos basados en un intercambio de información. Parte de la base de la necesidad de disponer de una serie de derechos humanos básicos como la comida o el abrigo. A partir de ahí, el trabajo que hiciésemos, el valor que creásemos, sería más una actividad creativa que un "empleo". Podríamos crear juegos unos para los otros, escribir libros, resolver problemas, educarnos e inspirarnos los unos a los otros, todo a través de bits en lugar de 'cosas'. Y podríamos pagarnos los unos a los otros utilizando el mismo dinero que usamos para comprar cosas de verdad.

¿Dar lo básico para vivir a todo el mundo y convertir el empleo en una bonificación, más que en una obligación?. No podemos saber lo que nos deparará el futuro, pero no deberíamos descartar un escenario en el que el reparto de la riqueza no esté basado en el trabajo, pero esto será complejo y en parte peligroso de implementar.

lunes, 2 de enero de 2012

¿De qué depende la genialidad?


Definir y delimitar en qué consiste la genialidad es uno de los conceptos más antiguos, complejos y fascinantes en la historia de la psicología. ¿Qué es lo que permite que algunos elegidos lleguen a ser grandes científicos, escritores inmortales o grandes filósofos?. Todo indica que no existe una clave única. Los estudios revelan que influyen una amalgama de factores diversos, como el talento innato,  la creatividad  y variables de personalidad como la tenacidad, perseverancia y la motivación, que en conjunto configuran las características distintivas de un genio.



En la primera parte del siglo XX, el genio se asoció con un concepto cuantitativo conocido como el cociente de inteligencia o CI. Pero como veremos, la relación entre un alto CI y el genio creativo no siempre es evidente. Si la genialidad fuese simplemente dependiente de una medida de gran inteligencia, seríamos capaces de identificar fácilmente a un individuo genial en sociedades como Mensa -2% de la población con CI más alto-, pero no es así. Una prueba de esto es el trabajo de investigación de Lewis Terman, un psicólogo de la Universidad de Stanford que se dedicó, tras la Primera Guerra Mundial, a seguir la pista a un grupo de superdotados, persuadido como estaba de que el cociente intelectual era indispensable y suficiente para alcanzar las más altas cotas de virtuosismo. Terman identificó y localizó a 1.470 niños con un CI superior a 140, a los que se conocía popularmente como «las Termitas». Terman siguió con ahínco, y hasta el final de sus días su evolución, convencido de que entre ellos se encontraba la futura élite intelectual, política y financiera de Estados Unidos. 

Pero no fue así: cuando «las termitas» llegaron a la edad adulta, Terman se topó con una triste realidad: aunque algunos de sus niños genios llegaron a publicar libros y ganaron premios científicos, ninguno de ellos llego a ser una figura pública reconocida por sus logros. Ninguno fue premio Nobel, Pritzker, Pullitzer, o algo que se le pareciera. Y no sólo eso, uno de los hombres no incluidos en el estudio de Terman -excluido por tener un CI inferior a los límites impuestos- se convirtió en su edad adulta en ganador del premio Nobel de física: William Shockley, co-inventor del transistor, y ciertamente, un genio.

En realidad la historia está llena de genios con un CI bastante inferior al límite sugerido por Lewis Terman. Tenemos por ejemplo un caso especialmente llamativo, el de Richard Feynman probablemente el físico más importante del siglo XX después de Albert Einstein. El CI de Feynman era de 124, un resultado que si bien es excelente (superior al 95% de la población) podría no resultarnos espectacular si estamos hablando de un genio de la ciencia moderna dada su talla intelectual y aportación científica. De hecho prácticamente todos hemos tenido compañeros de clase en nuestros estudios con el CI que se le atribuye a Feynman y difícilmente esas personas han alcanzado su nivel de genialidad. En realidad y aunque Feynman no era lo que conocemos como un genio renacentista (como él mismo decía: «tengo una inteligencia limitada y la uso en una determinada dirección», para justificar su escaso interés por las artes y las letras), en el amplio y diverso mundo de la Universidad, fue un todoterreno, un número uno en cada reto que afrontaba: investigador puntero, divulgador sin rival y mago de la ciencia al que sus alumnos adoraban y solían votar como su profesor preferido.

Richard Feynman

Todo ello nos deja una clara conclusión, más allá de un cierto nivel de capacidad, otros factores además del cociente intelectual son necesarios para determinar las posibilidades de un individuo de cara a ganar un Premio Nobel o terminar siendo un genio de referencia en su ámbito. Amén de que el CI es una medida rudimentaria de la inteligencia está el hecho de que, a partir de cierto nivel (un CI de 120/130, digamos) los puntos adicionales de inteligencia cuentan cada vez menos para predecir el éxito profesional, tal y como argumenta Malcolm Gladwell en su libro Outliers (Fueras de serie). Gladwell hace una instructiva comparación entre el papel de la inteligencia para ser un genio y el de la estatura para ser un as del baloncesto: Un varón que mida 1,65, ¿tiene alguna probabilidad realista de jugar al baloncesto profesional? Es muy raro. Para jugar en ese nivel hay que medir al menos 1,85; y, si no intervienen otros factores, probablemente sea mejor medir 1,90; y si se mide 1,95, mejor todavía. Pero a partir de cierto valor la estatura deja de importar tanto. Un jugador que mida 2,05 no es automáticamente mejor que otro cinco centímetros más bajo (después de todo, Michael Jordan, el mejor jugador de baloncesto de todos los tiempos, no llegaba a los dos metros).

Se ha descubierto que la relación entre éxito y CI funciona sólo hasta cierto punto. Una vez se alcanza una puntuación de unos 120, el sumar puntos de CI adicionales no parece repercutir en una ventaja fácilmente cuantificable. Para ser un empresario, abogado, doctor o arquitecto exitoso se requiere mucho más que una inteligencia elevada (para más información remito al lector al post de este blog en el que se compara y analiza la relación entre inteligencia y riqueza).

Las claves cerebrales de la genialidad

Una gran capacidad creativa es una de estas características que forman parte de la genialidad y que normalmente no miden los test de inteligencia. Una de las maneras de medir la creatividad es el llamado “pensamiento divergente”. El “pensamiento divergente” consiste, por ejemplo, en pedirle a los participantes que piensen en todas los diferentes usos que puede tener un objeto común como puede ser un “tetrabrik”. Los participantes en el estudio pueden dar respuestas que van desde “para lanzar por una ventana” –poco creativa-, hasta “gemelos para la camisa de un gigante” –muy creativa-. Para usar una metáfora sencilla, a la hora de pensar, los individuos creativos, tienen el pie más tiempo en el acelerador y menos en el freno en virtud de su organización del lóbulo frontal. Ahora bien, también necesitan un lóbulo frontal lo suficientemente bien organizado para lograr llevar a cabo sus ideas –que no se quede en una mera creatividad infructuosa-. 



El Dr. Simonton ha hecho un trabajo increíble que establece que las personas altamente creativas, genios eminentes incluso, producen un gran número de ideas: son prolíficos, tienen su pie en el acelerador; los creadores de campos menos disciplinados -como la poesía, las artes visuales o la psicología- son más propensos a los trastornos mentales, en promedio, que aquellos en los campos más disciplinado -como el periodismo, el diseño o la física. También se sabe que la característica derrotista que produce un gran poema o un riff de jazz podría estar asociado con la depresión y otros trastornos asociados con hipoactividad del lóbulo frontal.


La baja inhibición latente también parece ser otra norma común en las personas más creativas. Normalmente todos tenemos un filtro mental que esconde la mayoría de los procesos que tienen lugar en nuestra mente. La falta de inhibición latente podría explicar la tendencia de las personas creativas a centrarse intensamente en el contenido de sus pensamientos y desechar el mundo exterior. Esta idea se comprobó en el año 2003 cuando investigadores de las universidades de Harvard y Toronto observaron que las personas más creativas producen más ondas cerebrales en el rango alfa. Los neurocientíficos explican estas diferencias como resultado de una disminución en la activación cortical y una descentralización de la atención. Así, el hecho de que pueda entrar más material a la conciencia, podría ser un aspecto importante para comprender la genialidad. Con una mayor cantidad de datos, las personas podrían recombinarlos de formas más originales, dando lugar a ideas mucho más creativas.


Cerebro genial: Genetica y ambiente por raulespert 

Es muy probable que una combinación de inteligencia elevada, capacidad creativa muy alta, y variables de personalidad -como persistencia/perseverancia, tenacidad, terquedad, motivación etc- sean características distintivas de un genio. Obviamente sin la suficiente inteligencia, uno no tiene las materias primas necesarias para poner ideas juntas de forma novedosa y útil. Y unido a todo esto, sin personalidad y tendencia a "luchar contra molinos de viento" todas las grandes ideas que pueda tener el cerebro genial no saldrán a la luz, permanecerán ocultas y el implacable paso del tiempo las disolverá en el olvido. 

La regla de las 10.000 horas

Un umbral mínimo de inteligencia y de creatividad son necesarios para ser un fuera de serie, pero no basta con eso, después de cierta puntuación son más trascendentes otros criterios como el grado de ambición, la perseverancia, las circunstancias, las oportunidades, el esfuerzo invertido, el carácter, y el entorno y nivel socio-económico, que la brillantez intelectual.

Como explica el ensayista norteamericano Malcolm Gladwell un atleta, músico, genio científico u hombre de negocios no conquista el éxito únicamente a base de suerte y talento. Antes de Gladwell, en 1973, los teóricos del deporte Simon & Chase estudiaron el juego de ajedrez y plantearon que "se requieren al menos diez años de práctica deliberada para alcanzar el nivel de deportista experto". Esta regla fue confirmada luego por numerosos analistas de disciplinas diversas como la natación (Kalinowski, 1985), las carreras de larga distancia (Wallingford, 1975), el fútbol (Helsen et al., 2000) y la música (Ericsson et al., 1993). 



En 1993, los psicólogos K. A. Ericsson, R. Krampe y C. Tesch-Römer estudiaron a un grupo de 40 violistas de la Academia de Música y de la Orquesta Filarmónica de Berlín. Con similares condiciones de inicio, algunos habían llegado a ser verdaderos genios mientras que otros finalmente debieron conformarse con puestos docentes o burocráticos. Todos los violinistas coincidían en su placer por la música, todos eran talentosos, y no registraban diferencias significativas en cuanto a sus biografías. ¿Qué había causado la diferencia? Los registros eran inequívocos: la cantidad de horas de práctica. Los "genios" habían dedicado un promedio de 3,5 horas por día. El resto, sólo 1,3 horas. Para asegurarse de que no habían asistido a una especie de casualidad, repitieron el mismo tipo de experimento con una clase de pianistas. Y el resultado fue exactamente el mismo. El patrón era idéntico. Los pianistas más sobresalientes siempre habían sumado al menos 10.000 horas de práctica en toda su vida. Ericsson no encontró un solo estudiante talentoso que llegó al estrellato practicando solo una fracción del tiempo de sus pares. Tampoco encontró el caso contrario: Aquél estudiante diligente y esforzado, menos dotado de talentos, que alcanzaba el éxito sólo por practicar duramente.



Este resultado era del todo contraintuitivo: Ericsson no encontró músicos natos, esa clase de músicos que parecen nacer con el don de tocar brillantemente, como si lo llevaran escrito en los genes. Como Mozart. ¿O es que el caso de Mozart no fue exactamente así?. Todos hemos visto películas en las que el pequeño Mozart deleita y asombra a la concurrencia. Pero hay que ser justos en reconocer que las primeras obras de Mozart no eran excepcionales. Los primeros siete de sus conciertos para piano y orquesta son en gran parte arreglos de obras debidas a otros compositores. El primer concierto que contiene música original de Mozart, el nº 9, K. 271, no lo compuso hasta los 21 años de edad. Exacto: Mozart ya llevaba 10 años componiendo conciertos. El crítico de música Harold Schonberg incluso opina que las mejores obras de Mozart no llegaron hasta que llevaba 20 años componiendo. O lo mismo le sucedió a los Beatles: el tiempo que transcurrió desde la fundación de la banda hasta que llegaron los que posiblemente sean sus mayores logros artísticos fue de 10 años, 10 años en los que tocaron jornadas maratonianas de 8 horas diarias 7 días a la semana en un club de Hamburgo. Ericsson concluyó que, una vez uno ha demostrado capacidad suficiente para ingresar en una academia superior de música, lo que distingue al intérprete virtuoso de otro mediocre es el esfuerzo que cada uno dedica a practicar. Y algo más importante: los músicos que están en la cumbre no trabajan un poco más… trabajan muchísimo más.

Estudios relacionados conducidos por Benjamin Bloom en la Universidad de Chicago han demostrado que se requiere al menos una década de esfuerzo enfocado antes de alcanzar renombre mundial en cualquier área de especialidad. Bloom estudió la vida de un conjunto de 120 expertos en áreas tan diversas como atletismo, artistas, bioquímicos, artistas y matemáticos y vio que cada uno de ellos se dedicó una década de trabajo duro y esfuerzo constante antes de llegar a ser un experto en su área.

En una colección de reseñas de expertos de la Universidad de Cambridge (Cambridge Handbook of Expertise and Expert Performance, Cambridge University Press, 2006) se concluye que lo que comúnmente se denomina como "genio", es producto de una habilidad natural que no necesariamente sea extraordinaria, un mentor excelente, instrucción de calidad y una considerable inversión de trabajo y esfuerzo.




El neurólogo Daniel Levitin lo expresa así "La imagen que surge de tales estudios es que se requieren diez mil horas de práctica para alcanzar el nivel de dominio propio de un experto de categoría mundial, en el campo que fuere. Estudio tras estudio, trátese de compositores, jugadores de baloncesto, escritores de ficción, patinadores sobre hielo, concertistas de piano, jugadores de ajedrez, delincuentes de altos vuelos o de lo que sea, este número se repite una y otra vez. Desde luego, esto no explica por qué algunas personas aprovechan mejor sus sesiones prácticas que otras. Pero nadie ha encontrado aún un caso en el que se lograra verdadera maestría de categoría mundial en menos tiempo. Parece que el cerebro necesita todo ese tiempo para asimilar cuanto necesita conocer para alcanzar un dominio verdadero."

Neurológicamente, 10.000 horas de práctica, 10 años de tesón e ilusión, es el mínimo requerido para que una persona alcance la excelencia en la realización de una tarea compleja. Y para ello es necesario la dedicación intensiva a la actividad durante un tiempo prolongado. Estas diez mil horas son el equivalente del «noventa y nueve por ciento de transpiración» de Edison. Pero esa práctica deliberada, es una condición necesaria pero no suficiente para la creación de un genio. Hay que tener el suficiente talento como para la práctica llegue a resultar realmente productiva.

Estos hallazgos sugieren que, una vez que un estudiante logra entrar a una escuela de buen nivel y tiene un destacado nivel intelectual, lo que lo distinguirá de sus pares es el tiempo y el esfuerzo que invierte en sus estudios. Y los mejores no se distinguen por trabajar más, sino por trabajar mucho, mucho más. Y es que si hay algo que tenían en común -además de inteligencia- Leonardo da Vinci, Isaac Newton, Nikola Tesla o Albert Einstein era la pasión y dedicación absoluta con la que afrontaban sus trabajos e investigaciones. Y, ¿qué es lo que hace que una persona se tome tan a en serio su trabajo? ¿Qué la induce a una entrega tan incondicional a él?

La respuesta a estas cuestiones está para Malcolm Gladwell en la noción de trabajo significativo. Un trabajo es significativo si reúne estos tres requisitos: 
  • Autonomía: permite a quien lo tiene ser su propio jefe, tomar iniciativas por su cuenta. 
  • Complejidad: es una actividad desafiante para nuestras facultades, al menos tanto como para que manejar y superar esa complejidad proporcione una alta recompensa intrínseca. 
  • Existe una relación perceptible entre esfuerzo y recompensa (extrínseca). Las recompensas intrínsecas las recauda la persona envuelta en un trabajo significativo mientras lo lleva a cabo y por ejecutarlo cada vez mejor. Las recompensas extrínsecas (fama, dinero, poder, etc.) las obtiene esa persona cuando  concluye su trabajo y presenta ante los demás los resultados del mismo. Sólo quienes están inmersos en un trabajo significativo se implican voluntariamente  las diez mil horas que son precisas para convertirse en un experto consumado en una ocupación. Y es que parece ser que... la práctica no es algo que se hace una vez que se es bueno en algo. Es lo que se hace para volverse bueno en cualquier campo.